Del saber seguro al procedimiento científico: Construyendo puentes entre la teoría y la realidad
A propósito del libro Theory and Reality. An Introduction to the Philosophy of Science (2a. ed., Chicago-Londres: The University of Chicago Press, 2021, 395 pp.) del profesor P. Godfrey-Smith
La filosofía de la ciencia nace no de una teoría del conocimiento como filosofía de la subjetividad frente a lo objetivo, sino en la distinción entre opinión (doxa) y conocimiento cierto (episteme). De ahí que es en el fondo epistemología si bien esta se ha usado (o se sigue usando) para designar a la teoría del conocimiento. De todas formas, este conocimiento cierto se ha trasladado o aplicado a procedimientos, pues la ciencia se ha reducido de alguna forma a la tecnología con la finalidad de facilitarnos la vida y, sobre todo, para guiar u orientar nuestros empeños para el avance del conocimiento de la realidad que nos rodea y que nos toca vivir. De ahí que se formulen teorías al respecto. La cuestión es si podemos siempre reconciliar dichas teorías con la mencionada realidad.
En catorce capítulos desarrollados con estilo ameno y con documentación esencial o mínima, con la mayor objetividad posible pero con huella propia del autor, Godfrey-Smith, docente en la Universidad de Sydney, nos presenta una visión panorámica histórica que comprende los últimos cien años acerca de lo científico. Lo que se palpa en esta narrativa cautivadora es el constante empujón del conocimiento, propuesto como teoría, en a esfera del conocimiento. Con este modo de acercamiento, el autor logra poner de manifiesto que las cuestiones fundamentales se encuentran en un estado constante de ebullición.
Esta segunda edición, aparecida durante la fase más aguda de la pandemia que sigue provocando la curiosidad de los científicos e investigadores, es una versión actualizada y ampliada de la primera que ya puede considerase como un clásico contemporáneo por ser un texto con alto valor pedagógico para estudiantes universitarios que cursan la carrera de filosofía. A la vez abre vistas para posibles investigaciones sobre todo para estudiantes de posgrado.
Desde las primeras páginas, el lector puede percatarse de que este libro lo llevará a una aventura
Desde las primeras páginas, el lector puede percatarse de que este libro lo llevará a una aventura. Esta obra con alto valor didáctico es cuaderno de bitácora, una guía para navegar mares tempestivas, comenzando con la denominada revolución científica (Cap. I) que pasa por la escuela del empirismo (Cap. II) que ha impactado tanto la noción común de científico. Bien pudiera haberse detenido el autor en la escuela racionalista, pues esta también influyó en la formulación de las teorías que tienen el propósito de fundamentar la comprensión humana de la realidad exterior y circundante. Pero no cabe duda de que el empirismo impulsó el anhelo o la obsesión para la evidencia y el problema de la inducción (Cap.III) que, a mi juicio, nos ha llevado a un impasse.
Tal vez por esto a partir del capítulo IV, el autor expone a figuras eminentes en medio de tanta polémica y problemática, como Popper (Cap. IV), Kuhn (Cap. V), Lakatos, Laudan y Feyerabend (Cap.VI – si bien cada uno de estos merecen un capítulo aparte) y la escuela mertoniana en la sociología de la ciencia (Cap. VII). Pienso que la escuela de Mead también hubiera sido merecedor de un capítulo. Después pasa a los aspectos que son al parecer consecuencias de estos capítulos, como la dimensión política de la ciencia (Cap. VIII), el reto de la filosofía naturalística con Quine en el centro (Cap. IX). Es obvio que el autor aboga el realismo científico (Cap. X) por lo que este capítulo ha de leerse junto con el dedicado a la explanación, las leyes y las causas (Cap. XI). Luego, el autor regresa a los fundamentos gnoseológicos como la criteriología (con el capítulo dedicado al bayesianismo y la evidencia que es el XII), la cuestión de la verdad (que es la cuestión gnoseológica o de la teoría del conocimiento fundamental o el Cap. XIII). Finalmente, hace proyecciones con los retos, sobre todo de los cambios, del empirismo, naturalismo y realismo científico (Cap. XIV).
Con un glosario muy claro y logrado pese a su brevedad, un listín suficiente de páginas webs relevantes y una bibliografía nutrida se cierra esta obra que no solo es libro de texto para cursos universitarios sino también mapa de orientación sobre todo en la incesante tarea de mapear una disciplina tan vibrante como es la filosofía de la ciencia. En mi opinión, las proyecciones, cuyos acordes gradualmente empezaron a percibirse sobre todo a partir del capítulo X, constituyen lo más logrado de esta exposición, pues en ellas el autor, de frente ya a los retos actuales y venideros, hace gala de una precisión conceptual muy aguda y no muy común en círculos cuya vocación es presentar modelos o paradigmas que involucra personalmente a todos. Una laguna al respecto es la ausencia de las aportaciones de M. Polanyi en esta obra benemérita, pues este químico convertido en filósofo nos regaló unas reflexiones agudas sobre la dimensión personal y tácita de la ciencia. Quizá esto pueda remediarse en una nueva edición en el futuro. Pero lo que está claro es que el espectro del criticismo de Kant vuela sobre el valle de estas reflexiones y también el mismo espectro sigue lanzando un canto de sirena incesante para atraernos hacia el vórtice de preguntas que no tienen respuestas.
Siendo así, en las mismas proyecciones se ponen de manifiesto los presupuestos de tipo metafísico que subyacen tanto a la filosofía de la ciencia como a la teoría del conocimiento (gnoseología) en el debate actual que comienza con la demarcación, dicha popperianamente, de estas dos disciplinas muy relacionadas entre sí. Dicho esto, este libro se sitúa por derecho propio entre los textos propedéuticos de la filosofía de la ciencia, desde una perspectiva contemporánea, de mayor relieve para nuestras calendas en que se sigue debatiendo acerca de la fundamentación adecuada de los saberes (¿ciencia?) y de los procedimientos (¿arte?) a partir de los mismos o para lograr los mismos.
Sin pretenderlo, debido a su estilo sobrio pero dialogal, se palpa una tensión en el drama que se desarrolla en estas páginas muy esclarecedoras. Quizá un cauce posible para salir de este impasse consistiría en revalorar o redescubrir cómo desembocan las aguas en el arte o el arte como desaguadero. No solo en lo estético sino sobre todo en lo referente a la creatividad, intuición, hallazgos que no se pueden predecir, predeterminar, preconceptualizar conforme a los esquemas ‘previos’ de la denominada ciencia (o lógica o técnica o parámetro empírico). Pese a ello, el autor habla a las aulas y no a la galería de partidarios en espera de una arenga. Este libro no es teatrero pero sí es en sí un entablado, un teatro de polémicas y polarizaciones dentro de una dialéctica cuya resolución tal vez nunca se plasmará.
Bien, a tenor de lo ya dicho, podemos rematar nuestras reflexiones citando a A.N. Whitehead, que también debía haber figurado en este bosquejo meritorio, al referirse a la literatura o bibliografía del siglo XIX (y por extensión la del siglo XX del corriente). Dice que ‘…es un testimonio a la discordia entre las intuiciones estéticas de la humanidad y los mecanismos de la ciencia’ (Science and the Modern World, Cambridge: Cambridge University Press, 1946, 108).
