Toda una Vida Dedicada a la Misión
Ser misionero es una dimensión que debe estar presente en la vida de cada bautizado. Cuando uno dedica su vida a la misión ad gentes todo eso se intensifica y podríamos decir que se hace más radical. Hoy quiero traer hasta aquí a uno de esos miles de hombres y mujeres que han dedicado su vida a la misión, André de Witte, obispo de Ruy Barbosa.
Podría decir que son dos los motivos de esto, el primero que en estos días está visitando a los misioneros españoles que en los últimos años han trabajado en su diócesis para agradecer a sus familiares, obispos y diócesis por su presencia misionera y el segundo que hoy se cumplen veinte años de su ordenación episcopal.
Nacido en Bélgica, estudió en el Seminario para América Latina de Lovaina y en los primeros años de su ministerio sacerdotal fue enviado a la diócesis de Alagoinhas, en el estado brasileño de Bahia, donde trabajó como misionero durante dieciocho años, para después serle confiada la misión episcopal, que ha llevado a cabo en los últimos veinte años en la diócesis de Ruy Barbosa.
En Don André se podrían destacar su simplicidad y su misericordia. Es un hombre que vive con gran austeridad, siguiendo el mandato evangélico que Jesús hace a sus discípulos cuando les envía en misión, de no llevar nada para el camino. Formado en agronomía, a lo largo de este tiempo en que ha caminado al frente de las comunidades de la diócesis de Ruy Barbosa siempre ha insistido en la necesidad de unir fe y vida, acompañando a la gente, especialmente a los más pobres, promoviendo todo aquello que haga posible la mejora de las condiciones de vida para quienes nunca fueron tenidos en cuenta por una sociedad tan desigual e injusta como la brasileña, especialmente en algunas regiones, como son éstas en la que él ha vivido en los últimos cuarenta años. Son varias las anécdotas que él mismo cuenta y que nos hacen descubrir como se ha hecho presente en muchas situaciones, a veces conflictivas, para defender a los pequeños agricultores, hostigados por el afán de lucro sin medida de los grandes terratenientes.
Su visita a España se produce después de cincuenta años en que, siendo seminarista, pasó un mes en el Pozo del Tío Raimundo, aprendiendo español, como parte de su formación, aunque después acabó siendo enviado a un país donde se habla portugués. Además de encontrarse con los misioneros españoles, también lo ha hecho con Monseñor Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, Anastasio Gil, Director de OMP España y de la OCSHA (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana) y los delegados de Misiones de Madrid y de Sigüenza-Guadalajara, José María Calderón y Juan José Plaza. A todos ellos les ha expresado su agradecimiento personal y diocesano por los misioneros que la Iglesia española ha enviado a colaborar en la misión en la diócesis de Ruy Barbosa.
Al respecto, cabe destacar, que Don André siempre resalta que un sacerdote, misionero o no, siempre debe estar al servicio de la diócesis como un todo, dando preferencia a ésta por encima de la misión concreta que el obispo le encomienda. Esta visión de la Iglesia como un todo ayuda a ser más abiertos de miras y a no agarrarse a la pequeña parcela que uno va construyendo en torno de sí y que nos lleva a sentirnos propietarios de aquello que no es nuestro.
Podría decir que son dos los motivos de esto, el primero que en estos días está visitando a los misioneros españoles que en los últimos años han trabajado en su diócesis para agradecer a sus familiares, obispos y diócesis por su presencia misionera y el segundo que hoy se cumplen veinte años de su ordenación episcopal.
Nacido en Bélgica, estudió en el Seminario para América Latina de Lovaina y en los primeros años de su ministerio sacerdotal fue enviado a la diócesis de Alagoinhas, en el estado brasileño de Bahia, donde trabajó como misionero durante dieciocho años, para después serle confiada la misión episcopal, que ha llevado a cabo en los últimos veinte años en la diócesis de Ruy Barbosa.
En Don André se podrían destacar su simplicidad y su misericordia. Es un hombre que vive con gran austeridad, siguiendo el mandato evangélico que Jesús hace a sus discípulos cuando les envía en misión, de no llevar nada para el camino. Formado en agronomía, a lo largo de este tiempo en que ha caminado al frente de las comunidades de la diócesis de Ruy Barbosa siempre ha insistido en la necesidad de unir fe y vida, acompañando a la gente, especialmente a los más pobres, promoviendo todo aquello que haga posible la mejora de las condiciones de vida para quienes nunca fueron tenidos en cuenta por una sociedad tan desigual e injusta como la brasileña, especialmente en algunas regiones, como son éstas en la que él ha vivido en los últimos cuarenta años. Son varias las anécdotas que él mismo cuenta y que nos hacen descubrir como se ha hecho presente en muchas situaciones, a veces conflictivas, para defender a los pequeños agricultores, hostigados por el afán de lucro sin medida de los grandes terratenientes.
Su visita a España se produce después de cincuenta años en que, siendo seminarista, pasó un mes en el Pozo del Tío Raimundo, aprendiendo español, como parte de su formación, aunque después acabó siendo enviado a un país donde se habla portugués. Además de encontrarse con los misioneros españoles, también lo ha hecho con Monseñor Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara, Anastasio Gil, Director de OMP España y de la OCSHA (Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana) y los delegados de Misiones de Madrid y de Sigüenza-Guadalajara, José María Calderón y Juan José Plaza. A todos ellos les ha expresado su agradecimiento personal y diocesano por los misioneros que la Iglesia española ha enviado a colaborar en la misión en la diócesis de Ruy Barbosa.
Al respecto, cabe destacar, que Don André siempre resalta que un sacerdote, misionero o no, siempre debe estar al servicio de la diócesis como un todo, dando preferencia a ésta por encima de la misión concreta que el obispo le encomienda. Esta visión de la Iglesia como un todo ayuda a ser más abiertos de miras y a no agarrarse a la pequeña parcela que uno va construyendo en torno de sí y que nos lleva a sentirnos propietarios de aquello que no es nuestro.