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Las 'monjas rebeldes' abandonan Belorado

La puerta

Cuando nuestras hermanas llegaron por primera vez a Izozog, poblado Guaraní del oriente boliviano, sus habitantes hacían vida al aire libre, sus casas eran pequeñas y servían más que todo para guardar algunas pertenencias y para defenderse de algún peligro eminente: fieras, inclemencia del tiempo, etc.

Puerta

Las mujeres al ver a las hermanas, recogieron a sus hijos, como hace la clueca con sus pollitos, y se metieron a toda prisa en sus diminutas casas, cerrando la puerta tras ellas. Las pobres hermanas quedaron un tanto desoladas al ver aquel panorama. Los padres jesuitas que residían en Charagua, una ciudad importante del oriente boliviano, y que eran quienes solicitaron a las hermanas para hacer una labor sanitaria y social entre la mujer de aquella región, las animaron diciendo que a ellos les había ocurrido otro tanto cuando llegaron para evangelizar la zona. Se requiere mucha paciencia, comentaron, porque estas gentes están muy escarmentadas del trato que han recibido de los foráneos.

Y así fue con paciencia un día y otro día, la población femenina se convenció de que aquellas mujeres iban en son de paz y buscaban su bien.

Junto a los padres jesuitas pudieron realizar un buen trabajo cristiano, social y sanitario, esto sí, la paciencia tenía que ir por delante. Los padres se ocupaban de los hombres tanto guaranís como de los terratenientes que los explotaban mandándolos a la zafra sin condiciones, muchos caían enfermos y con unos salarios injustos. Y como estos señores se tenían por buenos católicos, los jesuitas les decían que no podían ser buenos cristianos si no eran justos con sus jornaleros.

Unos años más tarde gocé mucho al constatar los adelantos realizados y ver la armonía de aquellos indígenas, gente pacífica y acogedora cuando te conoce pero también conocedora de sus derechos. El jefe, al que llamaban gran capitán, me dijo: Si vienes para llevarte a la hermanas ya te puedes marchar, no lo vamos a permitir, si vienes para visitar y ver lo que hacen tus hermanas y como nos ayudan se bienvenida. Suerte que aquel jefe hablaba castellano, como casi la mayoría de los hombres no así las mujeres que solamente hablaban guaraní por lo que nuestras hermanas tuvieron que aprender su lengua.

Al reflexionar hoy, sobre esta experiencia, me he dicho por mis adentros. Y yo, ¿como tengo la puerta de mi corazón, abierta a Cristo y a mis hermanos, o cuando pienso lo que el Señor me va a pedir o lo que me va a molestar este o aquel, cierro herméticamente la puerta de mi corazón para que me dejen tranquila?

Cuanta razón tenía Juan Pablo II cuando decía: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”. Sí, que entre Cristo en mi vida y con él todos los hombres pero para estar dispuesta el Señor tiene que tener más paciencia que la que tuvieron que tener mis hermanas con los guaranís. “He aquí que estoy en la puerta, si alguien abre entraremos y cenaremos con él”.Texto: Hna. María Nuria Gaza.

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