"Tres dimensiones del Misterio que estamos celebrando: la acción de gracias, la memoria y la presencia" Papa: “Es urgente que el mundo recupere la fragancia buena y fresca del pan del amor”

Papa, en Corpus
Papa, en Corpus

"La buena costumbre en algunas culturas al recoger y al besar el pan cuando cae al piso, para recordar que este es demasiado valioso como para ser desechado, aun después de haber caído al suelo"

"El egoísmo no conduce a la libertad, sino a la esclavitud"

"La libertad no se encuentra en las cajas fuertes de los que acumulan para sí mismos, ni en los sofás de los que perezosamente se acomodan en el desinterés y el individualismo"

Esta tarde, el Papa Francisco dejó el Vaticano en coche, para desplazarse a San Juan de Letrán, su catedral, donde presidió los ritos del Corpus Christi, entre ellos la celebración Eucarística en la Basílica de San Juan de Letrán y, a continuación, la procesión del Corpus, por la Vía Merulana, hasta la Basílica de Santa María la Mayor, donde el Papa impartió la Bendición Solemne con el Santísimo Sacramento.

En la homilía de la misa, Francisco explicó los tres misterios del Corpus: : la acción de gracias, la memoria y la presencia. Recordó que, en algunas culturas, se besa el pan cuando cae al suelo y que “hay una expresión muy hermosa para definir a una buena persona, se dice que “es un pedazo de pan”. Por eso, a su juicio, “la libertad no se encuentra en las cajas fuertes de los que acumulan para sí mismos, ni en los sofás de los que perezosamente se acomodan en el desinterés y el individualismo”. Y, por eso, “Dios se nos da como pan, para enseñarnos a ser a su vez ‘pedazos de pan’ los unos a los otros” y que, de esta forma, “el mundo recupere la fragancia buena y fresca del pan del amor”.

El viaje de tus sueños, con RD

Tucho Fernández
Tucho Fernández

Texto íntegro de la homilía del Papa 

«Tomó el pan, pronunció la bendición» (Mc 14,22). Este es el gesto con el que comienza el relato de la institución de la Eucaristía en el evangelio según san Marcos. Y nosotros podemos partir de este gesto de Jesús —bendecir el pan— para reflexionar sobre las tres dimensiones del Misterio que estamos celebrando: la acción de gracias, la memoria y la presencia. 

Primero la acción de gracias. La palabra “Eucaristía” significa precisamente decir “gracias”, “agradecer” a Dios por sus dones, y en este sentido el signo del pan es importante. Es el alimento de cada día, con el que llevamos al altar todo lo que somos y lo que tenemos: la vida, las acciones, los éxitos, y también los fracasos, como lo simboliza la buena costumbre en algunas culturas al recoger y al besar el pan cuando cae al piso, para recordar que este es demasiado valioso como para ser desechado, aun después de haber caído al suelo. La Eucaristía, precisamente, nos enseña a bendecir, a recibir y a besar, siempre, en acción de gracias, los dones de Dios, y esto no sólo en la celebración, sino también en la vida. ¿De qué manera? 

Por ejemplo, no desperdiciando las cosas y los talentos que el Señor nos ha dado. Pero también perdonando y levantando al que se equivoca y cae por debilidad o por error; porque todo es don y nada se puede perder, porque nadie puede quedarse tirado, y todos deben tener la posibilidad de volver a levantarse y retomar el camino. También saludándonos cada mañana, con gratitud y con alegría, para decirnos, junto al buenos días, “gracias” por existir, por el don que somos los unos para los otros, especialmente en la familia, entre los padres, hijos y abuelos; y en la oficina, la fábrica, la escuela, en la calle, con los amigos y los compañeros. Sólo una vez en la vida se puede mirar una persona de arriba abajo, para ayudarlo a levantarse.

Además, haciendo nuestro trabajo con amor, con precisión, con cuidado, viviéndolo como un don y una misión, cualquiera que este sea, incluso si es humilde, recordándonos que toda acción buena del hombre es sagrada y única ante Dios. Finalmente, compartiendo entre nosotros, al atardecer, los gestos de amor de los que fuimos testigos y protagonistas durante la jornada, como dones que merecen recordarse y celebrarse, especialmente cuando nos reunimos juntos alrededor de la mesa, para que no pasen desapercibidos y contribuyan al bien de todos.

Corpus
Corpus

¿Ven cuántas maneras hay para dar gracias? Y ciertamente podríamos agregar más. Son actitudes “eucarísticas” importantes, porque nos enseñan a comprender el valor de lo que hacemos, de lo que ofrecemos durante la Misa cuando llevamos al altar el pan para la consagración, como haremos dentro de un momento. En ese pan está nuestra propia vida, y esa es la ofrenda agradable al Padre (cf. Hb 10,6-7), que la acoge y la transforma en el Cuerpo y Sangre de su Hijo. Dios no nos pide cosas grandes y llamativas, es feliz con lo poco que tenemos para ofrecerle, cuando lo hacemos con la alegría y la humildad del que es agradecido. 

Segundo, “bendecir el pan” quiere decir hacer memoria. ¿De qué? Para el antiguo Israel se trataba de recordar la liberación de la esclavitud de Egipto y el comienzo del éxodo hacia la tierra prometida. Para nosotros es rememorar la Pascua de Cristo, su Pasión y su Resurrección, con la que nos ha liberado del pecado y de la muerte. Es volver al momento en que Él mismo partió el pan diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19), y al episodio en el que, de rodillas, lavó los pies a los apóstoles indicando: «Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,15). Y en todo esto Jesús, el Hijo de Dios, arrodillándose libremente ante nosotros como «el que sirve» (Lc 22,27) y dándose a nosotros como pan, no sólo nos ha liberado, sino que también nos ha mostrado el modo de vivir como hombres libres (Ga 5,1). 

Hay quien dice que es libre aquel que sólo piensa en sí mismo, que goza de la vida y que, con indiferencia y quizás con prepotencia, hace todo lo que quiere, sin importarle los demás. Pero esta no es libertad, es esclavitud, y lo vemos bien en las situaciones en las que la cerrazón y el repliegue en uno mismo provocan pobreza, soledad, explotación, guerras y adicciones. En todos estos casos se ve bien cómo el egoísmo no conduce a la libertad, sino a la esclavitud. 

La libertad no se encuentra en las cajas fuertes de los que acumulan para sí mismos, ni en los sofás de los que perezosamente se acomodan en el desinterés y el individualismo. La libertad se encuentra en el cenáculo donde, sin otro motivo más que el amor, nos inclinamos ante los hermanos para ofrecerles nuestro servicio, nuestra vida, como “salvados” que quieren traer salvación y “liberados” que quieren traer libertad. Esto es lo que también nos recuerda el hacer memoria de la Pascua en el pan partido de la Eucaristía. 

Corpus
Corpus

Por último, el Pan eucarístico es presencia real de Cristo. Y con esto nos habla de un Dios que no es lejano ni celoso, sino cercano y solidario con el hombre; que no nos abandona, sino que nos busca, nos espera y nos acompaña; siempre, hasta el extremo de ponerse, indefenso, en nuestras manos, a merced de nuestra aceptación o de nuestro rechazo. 

Y esta presencia suya nos invita también a nosotros a hacernos próximos a nuestros hermanos allí donde el amor nos llama. A estar cerca de los que están solos, de los que están lejos de casa y de los que nos necesitan diciendo sin miedo: “¡Aquí estoy! Te ofrezco mi ayuda, mi tiempo, aquello que puedo dar”. Hay una expresión muy hermosa para definir a una buena persona, se dice que “es un pedazo de pan”, precisamente para indicar que tiene un gran corazón, que es disponible, que se entrega gratuitamente, que se da sin pretensiones, aun a costa de sacrificios, que “se deja comer”. Por eso Dios se nos da como pan, para enseñarnos a ser a su vez “pedazos de pan” los unos a los otros. 

Y cuánta necesidad hay en nuestro mundo de este pan, de su aroma y de su esencia, que sabe a gratitud, a libertad y a proximidad. Vemos cada día demasiadas calles, que quizás alguna vez estuvieron perfumadas por el olor a pan horneado, ser reducidas a montones de escombros a causa de la guerra, del egoísmo y de la indiferencia. Es urgente que el mundo recupere la fragancia buena y fresca del pan del amor, para seguir esperando y continuar reconstruyendo, sin cansarse nunca, aquello que el odio destruye. Seamos nosotros los primeros en dar ese paso, entregando nuestra vida y transformándola en “trigo de Dios molido […] para que se convierta en pan puro de Cristo” (cf. S. IGNACIO DE ANTIOQUÍA, Carta a los Romanos), como escribía un santo obispo y mártir de los primeros siglos, dirigiéndose precisamente a la Iglesia de Roma. 

Y este también es el significado del gesto que haremos dentro de poco con la procesión eucarística. Partiendo del altar, llevaremos a través de los hogares de nuestra ciudad la Hostia consagrada. No lo hacemos para exhibirnos, ni tampoco para ostentar nuestra fe, sino para invitar a todos a participar en el Pan de la Eucaristía, en la vida nueva que Jesús nos ha donado; para invitar a todos a caminar con nosotros siguiéndolo a Él, con corazón agradecido y generoso, para que en nosotros y en cada hombre y mujer que encontremos pueda aumentar la alegría y la libertad de los  hijos de Dios (cf. Rm 8,19-21). 

Papa, en el Corpus
Papa, en el Corpus

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