De Argel a Mongolia: un diálogo entre los cardenales Vesco y Marengo: "Nuestra Iglesia se parece a la Iglesia de los comienzos"

Marengo y Vesco
Marengo y Vesco | Fides
Marie-Lucile Kubacki
24 jun 2026 - 18:33

(Agenzia Fides) - En la escuela de los Hechos de los Apóstoles, los cardenales Jean‑Paul Vesco, arzobispo de Argel, y Giorgio Marengo, prefecto apostólico de Ulán Bator, aceptaron volver sobre su experiencia para Fides en Argelia y Mongolia. Entre el desierto del Sáhara y la estepa del Gobi, describen una misión entendida no como activismo, sino como una presencia humilde, relacional y llena de esperanza, llamada a anunciar el Evangelio en el corazón de sociedades que no han sido modeladas por el cristianismo.

Pregunta. En su carta a los cardenales de abril, el papa León XIV habla de la «necesidad de relanzar» la exhortación apostólica Evangelii gaudium en relación con la misión de la Iglesia. ¿Cómo resuena para ustedes la palabra «misión»?

Respuesta. Cardenal Jean‑Paul Vesco. Para mí, la palabra «misión» resuena ante todo como una pregunta: «¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué nos quedamos? ¿Qué queremos vivir?». Creo que esta pregunta del «por qué» es más fecunda que la del «cómo». Viviendo en un país donde nuestra Iglesia es minoritaria y jurídicamente limitada, he aprendido que la misión no se mide por la cantidad de cosas que hacemos ni por la visibilidad de nuestras iniciativas, sino por la autenticidad de nuestra presencia y la calidad de nuestra esperanza. A menudo comparo nuestra Iglesia con una persona con discapacidad: desde fuera se ve sobre todo lo que no puede hacer, pero aquello que sí hace tiene un gran valor. Del mismo modo, la misión no es una prestación, sino una fidelidad. Lo esencial no pasa en primer lugar por las palabras. Predicamos a un Mesías crucificado con lo que somos, con nuestra manera de vivir las relaciones respetando la fe del otro. La misión, para mí, consiste en dejar transparentar nuestra esperanza, a menudo de manera discreta, casi frágil.

R. Cardenal Giorgio Marengo. Cuando oigo la palabra «misión», especialmente a la luz de Evangelii gaudium, pienso inmediatamente en una relación: la que une a quien envía y a quien es enviado. El sustantivo «misión» viene del verbo latino mittere, enviar. Supone una relación viva entre quien envía y quien es enviado. No es simplemente: «hazme este encargo, ve a llevar este libro»; es otra cosa. La misión se vive en un nivel profundo, allí donde nos damos a nosotros mismos; de lo contrario, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie, de «hacer» descuidando el «ser». En un contexto como el de Mongolia, donde el anuncio explícito está regulado y la Iglesia es muy pequeña, la misión adopta el rostro de la discreción y la cercanía. Cito a menudo la observación de una catequista mongola que un día dijo: al principio, en Mongolia, la Iglesia no envió paquetes de libros, sino que envió personas. La misión se vive en esta presencia humilde y relacional que permite a Cristo llegar a los corazones a través de mediaciones humanas muy sencillas.

Marengo y Vesco
Marengo y Vesco | Fides

P. Ambos viven en países marcados por grandes desiertos —el Sáhara o el Gobi—. ¿De qué modo esta experiencia ha modelado su forma de comprender la misión?

R. Cardenal Jean‑Paul Vesco. En Argelia, la mayor parte del país es efectivamente un desierto. Pero el 80% de la población vive en el 20% del territorio: el desierto es inmenso, pero está poco habitado. A mi llegada, a principios de los años 2000, viví un año y medio en Béni Abbès, donde Charles de Foucauld había fundado su primer eremitorio, para aprender árabe. En cierto modo, fue él quien me llevó a Argelia. Allí experimenté realmente el desierto: la inmensidad, el encuentro con los nómadas. Creo que fue el año más feliz de mi vida. Es mi paraíso perdido. Cuando fui elegido prior de la Provincia dominicana de Francia y tuve que regresar en veinticuatro horas, mientras era vicario general de la diócesis de Orán, atravesé una crisis existencial. Uno de los signos era que ya no lograba rezar a Charles de Foucauld, al que había dejado en Argelia: tenía la impresión de haberlo perdido. Un día, en París, entré en la iglesia de Saint‑Augustin, precisamente donde él se había convertido. Releyendo la oración de abandono, todo se pacificó en mí: comprendí que podía volver a ser feliz allí donde estuviera, en París o en cualquier otro lugar, con Charles de Foucauld. En el desierto hace falta un guía. Caminé mucho con un amigo nómada al que me costaba seguir, y comprendí la diferencia entre caminar tras las huellas de alguien y caminar exactamente en sus pasos. Cuando lograba poner mis pasos en los suyos, todo cambiaba: tenía su energía. Me dije: caminar siguiendo a Cristo y caminar en sus pasos son dos cosas distintas. Para mí, la misión es aprender poco a poco a caminar en sus pasos más que limitarse a seguir su rastro.

R. Cardenal Giorgio Marengo. Cuando me convertí en obispo, dado que la Iglesia en Mongolia no es todavía una diócesis sino una prefectura apostólica, recibí el título de una antigua diócesis que ya no existe: Castra Severiana, en Argelia. Me alegró estar vinculado a esa parte del mundo, al desierto y a Charles de Foucauld. No he vivido en el desierto, pero pasé catorce años en una región de Mongolia muy cercana al desierto del Gobi, el mayor desierto frío del mundo. Allí Teilhard de Chardin realizó sus estudios y compuso su meditación «La misa sobre el mundo». He ido muchas veces por visitas y exploración. Para mí, el desierto es ante todo la experiencia del vacío: la extensión incalculable del espacio. Cuando me encuentro en medio del desierto, me siento invitado a pasar a un nivel superior, porque la escasez de relaciones hace que todo adquiera más peso. Se pueden tener conversaciones que en la ciudad son más difíciles, porque cada uno se abre más. La inmensidad y la intimidad están ligadas. Se percibe la propia pequeñez y, paradójicamente, las sombras de la mañana y de la tarde son muy largas, porque el sol sale y se pone muy bajo en el horizonte. Como si estuviéramos llamados a algo más grande de lo que imaginamos. Esto modela mi manera de comprender la misión: menos como una multiplicidad de iniciativas y más como algunas relaciones muy densas, en ese vacío que hace que todo sea más valioso.

Cardenal Jean-Paul Vesco
Cardenal Jean-Paul Vesco

P. Hoy viven en grandes capitales. ¿En qué cambia la ciudad la manera de vivir la misión respecto al desierto?

R. Cardenal Jean‑Paul Vesco. Para mí, el desierto está en la ciudad. Experimenté el oasis de Béni Abbès como un lugar de sociabilidad extremadamente intensa, donde siempre se está en relación. En Orán ya es distinto y, cuanto más crece la ciudad, más se convierte para mí en un desierto: las personas están más aisladas, es más difícil entrar en relación. Ser cristiano en una sociedad musulmana es mucho más fácil en Béni Abbès que en Argel. Pensemos en la experiencia de René Voillaume, fundador de los Pequeños Hermanos de Foucauld. Queriendo seguir el ejemplo de Charles de Foucauld, se fue a El Abiodh Sidi Cheikh, en el desierto, y allí fundó un monasterio. Pero después de la guerra, los hermanos comprendieron que el desierto estaba en la ciudad, donde se encuentran las pobrezas, y la familia de Foucauld realizó un cambio completo de espiritualidad. La misión, para nosotros, consiste entonces en habitar estos «desiertos urbanos», hechos de soledad y pobreza relacional.

R. Cardenal Giorgio Marengo. Para mí, es más fácil estar en relación con Dios en el desierto que en la ciudad. Esto no significa que sea imposible, pero en el desierto uno se ve ayudado por el paisaje y el contexto. Se está naturalmente más dispuesto a pensar, mientras que en la ciudad uno se distrae. Las ciudades son lugares de gran soledad, pero a menudo se trata de una soledad negativa, en medio de la multitud, mientras que en el desierto se puede experimentar una soledad positiva. Ulán Bator, por ejemplo, es una ciudad muy congestionada. Después de los años 2000 ha experimentado una explosión demográfica: hoy la mitad de la población del país se concentra en un espacio reducido, aunque sigue pensando de manera nómada. Los desafíos de la convivencia son grandes. Estoy convencido de que se necesitan espacios de silencio en el corazón de las ciudades, posibilidades de escuchar una palabra de sabiduría. Los monasterios budistas diseminados en la capital son para la gente lugares de gran reflexión. En la Iglesia, deseamos que también nuestras parroquias sean lugares de paz y de encuentro con Dios y entre nosotros. Esta es, a mi parecer, la primera vocación de las parroquias en las ciudades de hoy.

P. En sus países no se trata de proselitismo, y las Iglesias viven con fuertes limitaciones legales y culturales. ¿De qué modo estos límites redefinen la misión?

R. Cardenal Jean‑Paul Vesco. Cuando se me dice: «Están limitados», a menudo el tono es peyorativo y no me parece justo. Tomo dos ejemplos. El primero es el de la danza clásica. Las bailarinas dan la impresión de tener un cuerpo sin límites, con gran ligereza, pero eso es fruto de un trabajo inmenso dentro de un marco muy exigente. El segundo es el de las personas con discapacidad que mencionaba antes. Para mí, ambos ejemplos convergen. En mi misión de evangelización, ¿hay algo esencial que no pueda hacer en Argelia? En el fondo, ¡muy poco! Predicamos con lo que somos y con nuestra esperanza.

R. Cardenal Giorgio Marengo. Me reconozco en lo que dices. La cuestión del límite nos ayuda a permanecer en contacto con lo esencial. A veces, cuando se piensa que se puede hacer todo, se corre el riesgo de perderse y de agotarse en una multiplicidad de actividades. En este sentido, paradójicamente, vivir la fe en un contexto minoritario con mayores límites externos es un ejercicio hacia una libertad más grande. Nos empuja a adherirnos a lo que es verdaderamente esencial. La limitación legal y cultural se convierte en una ayuda indirecta para ir a lo que realmente importa.

El cardenal Marengo
El cardenal Marengo | captura de pantalla

P. ¿Se puede todavía hablar de misión cuando el anuncio explícito está limitado y todo debe vivirse con gran discreción?

R. Cardenal Jean‑Paul Vesco. No puedo reducir la misión a una dialéctica explícito/implícito. Lo que sé es que hablo mucho más de Dios en Argelia que en Europa, porque la gente me pregunta mucho más, sin cesar. La cuestión más profunda para mí es la de la verdad que reconozco en la fe del otro. Pienso en la frase de Pierre Claverie: «Soy creyente, creo que hay un Dios, pero no pretendo poseer ese Dios… Dios no se posee. No se posee la verdad, y yo necesito la verdad de los otros».

R. En mi experiencia concreta, «discreto» significa poco visible, pero también respetuoso. Nuestra presencia es discreta porque respeta la voz del otro. La discreción puede ser signo de finura, de respeto y de realismo: no hacer la pregunta de más, la que rompería una relación de confianza apenas naciente. Recuerdo mi primera Navidad en Argelia: ningún signo exterior en las calles, y sin embargo en nuestras comunidades una alegría muy fuerte, de la que muchos guardan nostalgia. Cuando regresé a Francia, me dije: por fin una Navidad tradicional. Y, sin embargo, echaba de menos la Navidad de Argelia, que es incomparable. A veces se nos reprocha hacer obras sociales sin hablar de Cristo. No nos lo prohibimos. Me gusta esta frase de Desmond Tutu: «Mi vida es el evangelio que muchas personas leerán». No se trata de hablar de Él sin cesar, sino de hacerlo visible a través de nuestras vidas. Y es en la pregunta que nace en el otro —«¿por qué están aquí?»— donde reside, creo, una gran fuerza misionera.

R. Cardenal Giorgio Marengo. Conozco bien esa cita de Pierre Claverie, a quien admiro mucho. Cada año reflexionamos con los misioneros sobre el hecho de que la misión debe vivirse en un nivel profundo, dando una parte de nosotros mismos; de lo contrario, corremos el riesgo de quedarnos en la superficie, de «hacer» descuidando el «ser».

R. ¿Tiene sentido hablar de misión cuando el anuncio es tan limitado? La respuesta es sí, como explicó el papa Francisco en Evangelii gaudium. La misión no es ante todo una acción exterior, sino una presencia humilde y relacional, llevada por la alegría del Evangelio. En Occidente, a veces he constatado que se acogen de buen grado los proyectos de desarrollo, pero se molestan cuando se dice: «Estamos aquí por Cristo». Lo importante es volver a esta relación con Cristo. Como decía una de nuestras catequistas, Rufina: «La Iglesia envió personas, no envió paquetes de libros». Si la misión consistiera solo en difundir un mensaje, bastaría con enviar un SMS a todos. Pero la misión es mucho más hermosa: es una relación viva con Cristo, que nos toma tal como somos y nos introduce en una circulación de amor, de alegría y de plenitud.

Fieles, sacerdotes y religiosos de una parroquia en Ulán Bator, Mongolia
Fieles, sacerdotes y religiosos de una parroquia en Ulán Bator, Mongolia

P. En Europa, la fe ha modelado catedrales; en Mongolia los nómadas viven en estructuras ligeras como la ger. ¿Qué formas de Iglesia les parecen más adecuadas para la misión hoy?

R. Cardenal Jean‑Paul Vesco. Pienso en el hermano Roger Schutz, fundador de Taizé. Al principio, los hermanos se reunían en la pequeña capilla románica del pueblo. Luego, misteriosamente, comenzaron a llegar jóvenes y un hermano arquitecto comenzó a construir una iglesia de hormigón. Un día, el hermano Roger fue a ver las obras y se marchó furioso, porque le parecía que todo se había rigidizado. Pero algunas semanas antes de Pascua, los hermanos se dieron cuenta de que la iglesia era demasiado pequeña. El hermano arquitecto dijo: «Solo hay una cosa que hacer: derribar la fachada». Desde entonces, la estructura inicial de piedra se ha mantenido, acompañada de una parte modulable. Es lo que el hermano Roger llamaba la «dinámica de lo provisional».

R. En Argelia, nuestra relación con el lugar es particular: la primera evangelización tuvo lugar antes de san Agustín, luego vinieron la islamización y la colonización. La mayoría de las iglesias que existieron están en ruinas o se han convertido en mezquitas. Vivimos entre huellas de patrimonio y fragilidad presente. Las dos dinámicas, la de la piedra y la de la tienda, son importantes. La arquitectura es también una manera de existir; es un poder. Cuando se construye una catedral, inevitablemente entra también en juego el ego de quienes la construyen. Y luego está la trascendencia, la belleza, y esta belleza sostiene la oración. Pero, ¿qué es justo y qué no lo es? Es un discernimiento constante.

R. Cardenal Giorgio Marengo. Para las Iglesias jóvenes, es importante mirar a las sociedades en las que la fe cristiana ha modelado el arte, la música y la arquitectura sagrada. Uno de los efectos de la evangelización es que el encuentro con Cristo modela no solo la vida de las personas, sino también un estilo de vida, opciones políticas y artísticas. Al mismo tiempo, aprecio la idea de la «provisionalidad» y de la ligereza, propias de la cultura nómada mongola, con su sobriedad: no gastar demasiado dinero en mantener edificios. El riesgo para nosotros, misioneros, es llegar y construir inmediatamente cosas. Venimos de realidades en las que la Iglesia es también un lugar físico y a veces construimos primero los edificios, pensando que la comunidad vendrá después. En Mongolia somos 64 misioneros de 29 nacionalidades distintas: cada uno lleva consigo el modelo de Iglesia de su país y a veces desea reproducirlo. El deseo de construir iglesias hermosas nace de una intención muy buena. Pero para mí sigue siendo una cuestión abierta: cómo articular la ligereza y lo provisional, muy en sintonía con la cultura mongola, con la dimensión positiva y legítima de un lugar de culto estable. Quizá estamos llamados a inventar formas híbridas.

Ruta argelina del Mediterráneooccidental
Ruta argelina del Mediterráneooccidental | Mallorca Global

P. Última pregunta: ambos viven en Iglesias que están todavía en sus inicios, aunque ambas estén marcadas por una presencia antigua. ¿De qué manera la Iglesia de los orígenes, la de los Hechos de los Apóstoles, puede ser una fuente de inspiración?

R. Cardenal Jean‑Paul Vesco. Es cierto que nuestra Iglesia se parece a la Iglesia de los comienzos descrita en los Hechos de los Apóstoles, y constatarlo nos sostiene mucho. Como la Iglesia primitiva, aspiramos a ser un solo corazón y una sola alma; y, como ella, estamos atravesados por desgarramientos, conflictos, desconfianzas y celos. Como ella, tenemos regularmente la impresión de tener que empezar de nuevo desde cero y reconstruir, y percibimos de manera muy concreta y encarnada las dificultades que aparecen tanto en los Hechos de los Apóstoles como en las cartas de Pablo. Como en los tiempos de la primera Iglesia, nos maravillamos de lo que el Espíritu puede hacer en las vidas de manera humanamente inexplicable. Y al mismo tiempo vemos al Divisor actuar dentro de nuestra comunidad. Entre el número muy pequeño de cristianos argelinos de nuestra Iglesia, cuatro han fallecido en los últimos tres años, entre ellos uno de nuestros dos seminaristas, acogido como un don de Dios. Dos bautizados en la Pascua de 2025 subieron al cielo dentro de los seis meses siguientes a su bautismo, y otra fue gravemente herida en un improbable accidente doméstico dos días después de haber pedido el bautismo. Es sin duda la gracia de los comienzos: vivir de forma directa estas tribulaciones del Maligno y también la fuerza del soplo del Espíritu.

R. Durante la visita del Santo Padre el pasado mes de abril, esperaba presentarle una Argelia sonriente y bañada de sol. En cambio, una furia de los elementos puso a dura prueba parte de lo que habíamos preparado. Me sentí herido, hasta que comprendí que, lejos de la imagen de postal que había deseado, era una pequeña Iglesia de corazón ardiente, luchando contra viento y marea, la que se mostraba en su verdad.

R. Cardenal Giorgio Marengo. En Mongolia nos referimos a menudo a los Hechos de los Apóstoles como nuestra inspiración. Allí encontramos descrita nuestra realidad cotidiana, con sus luces y sombras, y de ahí sacamos confianza y esperanza. Sentimos con fuerza la responsabilidad de acompañar a la primera generación de cristianos, que tienen mucho que darnos con la frescura de su adhesión a la fe. En particular, nos interesa la dinámica testimoniada en los Hechos del anuncio del Evangelio al mundo no judío. En esas fases primordiales de la Iglesia naciente se maduró la convicción de que el Evangelio era para todos y, por tanto, había que dirigirse también a los pueblos no directamente vinculados a la experiencia de Israel. Como nos sucede a nosotros en el encuentro con las tradiciones religiosas de Asia. En la escuela de los Hechos, sentimos que estamos llamados a «susurrar el Evangelio al corazón de Mongolia», a través de un testimonio sencillo y discreto que florece en relaciones de auténtica fraternidad.

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