Cardenal Vesco: “La fuerza de Francisco era su imprevisibilidad; la de León es su previsibilidad”
El arzobispo de Argel defiende la continuidad entre ambos pontificados, reclama límites al poder episcopal y propone la fraternidad como alternativa al repliegue identitario
El cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel, cree que León XIV continúa el rumbo abierto por Francisco, aunque con una forma distinta de gobernar. “La fuerza de Francisco era su imprevisibilidad y la fuerza de León es su previsibilidad”, afirma en una entrevista concedida al periodista Christophe Herinckx, publicada por el medio católico belga CathoBel el pasado 23 de octubre.
Para el arzobispo de Argel, las diferencias de carácter no implican un cambio de dirección en la relación de la Iglesia con el mundo, las periferias o las otras religiones. Al contrario, considera que el nuevo Papa puede consolidar las aperturas de su predecesor reuniendo a sensibilidades distintas. “Hay puertas que Francisco abrió y que León no habría podido abrir, pero el carácter de León permitirá avanzar más lejos todos juntos”.
La conversación del periodista con el cardenal dominico recorre también la vida de la pequeña comunidad católica argelina, las relaciones con los musulmanes y la necesidad de compartir responsabilidades dentro de la Iglesia. Su hilo conductor es la fraternidad, una palabra que Vesco convierte en criterio para evaluar tanto la presencia cristiana en la sociedad como el ejercicio de la autoridad eclesial.
“Los cardenales querían continuar en la dirección abierta por Francisco”
Vesco participó en el cónclave que eligió a León XIV y habló con él durante las congregaciones generales previas. De aquellos encuentros conserva la imagen de un hombre “sencillo y humilde”, que escucha y decide.
“Para mí, es un hombre seguro”, explica. Y describe así la transformación que acompaña a la elección pontificia. “Cuando un cardenal se convierte en Papa, sigue siendo la misma persona y, al mismo tiempo, es otra”.
Según su percepción de los intercambios anteriores al cónclave, una amplia mayoría de cardenales compartía una expectativa: “Querían que la Iglesia continuara en la dirección abierta por Francisco, pero con una gobernanza diferente. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo”.
El cardenal atribuye a León un sentido de la institución distinto del de su predecesor. En su lectura, Francisco buscaba salir de sus condicionamientos, mientras que Prevost trabaja desde dentro. “León entra en la institución sin dejar de ser completamente libre. Pero la respeta y, por tanto, será respetado por ella, lo que le dará capacidad de actuar sobre la institución”.
Vesco no circunscribe esa tarea al gobierno interno. “Es evidente que León será un Papa que contará para la Iglesia, pero también para el mundo, donde le espera, en mi opinión, su tarea más importante”.
Argelia: “Tuve la impresión de ver marcharse a un amigo”
El arzobispo recuerda la visita de León XIV a Argelia como un acontecimiento cuyo alcance empezó a desplegarse después de la partida del Papa. “Tenía la intuición de que el viaje comenzaría cuando el Papa abandonara Argelia. Eso es exactamente lo que ocurrió”, explica. La presencia del Pontífice permitió que la población descubriera a alguien recibido como una gran figura mundial, pero “humilde, sonriente”, con una palabra “justa, valiente, benévola, una palabra de paz”.
Para Vesco, era fundamental que el viaje no se viviera como una visita reservada a los católicos. Quería que el pueblo argelino se sintiera visitado. Por eso conserva en su mente y en su corazón una frase de una mujer que lo conmovió: “Cuando vi despegar el avión del Papa, tuve la impresión de ver marcharse a un amigo”.
El cardenal reconoce la prudencia inicial de las autoridades y el valor que, a su juicio, supuso organizar la visita. Pero rechaza medirla únicamente por las ventajas que pudiera reportar a la Iglesia en sus relaciones institucionales.
“La fuerza de una visita apostólica es su gratuidad. Lo importante es sembrar una semilla”. Y añade una advertencia contra la tentación de apropiarse de sus resultados: “El resto no nos pertenece”.
Una Iglesia ‘mosaico’, arraigada y abierta
La comunidad católica de Argelia reúne a personas de una treintena de nacionalidades. Vesco la define como una Iglesia ‘mosaico’, llamada a reconocer tanto a los cristianos del país como a quienes llegan de otros lugares.
“Si no hay cristianos del país, es una Iglesia extranjera; y si no se reconoce su internacionalidad, es una Iglesia nacional”, resume. La catolicidad exige, desde su perspectiva, mantener juntas esas dos dimensiones: arraigo local y apertura universal.
También reclama una Iglesia integrada en la vida del país, no encerrada en sí misma. “Somos la Iglesia de este pueblo. No una Iglesia proselitista, no una Iglesia que está ahí para convertir, sino una Iglesia que aspira a ser uno de los componentes de este pueblo”.
Su propuesta no renuncia a la identidad cristiana, pero la sitúa en una relación de pertenencia y servicio a una sociedad con la que comparte la vida.
Frente a la “fortaleza asediada”, apostar por la fraternidad
Después de casi un cuarto de siglo en Argelia, Vesco cuestiona que todos los conflictos entre comunidades se expliquen por la diferencia religiosa.
“Mi convicción profunda es que el diálogo no debe situarse en el plano religioso”, señala al referirse a problemas como la integración o la convivencia en los barrios europeos. En las relaciones entre Francia y Argelia, considera decisivas las heridas de la historia y de la memoria. “La diferencia religiosa es instrumentalizada sobre el trasfondo de una historia no reconciliada”.
“Si no trabajamos sobre esa herida, todos nuestros discursos sobre el diálogo son vanos”, advierte.
El cardenal rechaza, además, que la pertenencia al islam impida aspirar a la democracia. Y pide a los cristianos que elijan cómo quieren situarse ante los demás. “¿Nos pensamos como una fortaleza asediada? […] ¿O elegimos la fraternidad? Para mí, es la única opción que vale la pena”.
Frente a quienes alimentan los temores mediante discursos sobre el “gran reemplazo”, el purpurado sostiene que “los cristianos tienen otra carta que jugar que restablecer un régimen de cristiandad”.
Su crítica al proselitismo es igualmente contundente. “En los monoteísmos, el proselitismo es un veneno, porque implica considerar falsa la religión del otro”. Para explicarlo, imagina a un interlocutor que elogia a la persona mientras desprecia su fe. “Eso pone fin al diálogo”.
Obispos obligados a escuchar, no sólo dispuestos a hacerlo
La entrevista adquiere especial fuerza, cuando aborda el poder dentro de la Iglesia. Vesco considera que el proceso sinodal ha ampliado la participación de los laicos hasta un punto en que “ya no es posible volver atrás”. La conciencia de que “la Iglesia somos todos” se ha fortalecido, aunque queda por articularla con una estructura jerárquica vinculada al sacramento del orden.
Su propuesta no se limita a pedir buena voluntad a los obispos. Reclama garantías. “Hoy, el obispo se identifica con una figura de realeza, de poder absoluto. Posee el poder judicial, el poder legislativo y el poder ejecutivo”, observa. Reconoce que ese sistema puede favorecer la unidad, pero plantea una pregunta: “¿No habría que establecer instancias vinculantes para que el obispo no escuche a los fieles sólo por buena voluntad, sino porque tiene la obligación de escucharlos?”.
Su experiencia como superior provincial dominico le sirve de referencia. La autoridad recibida dentro de un marco de responsabilidades compartidas no queda, a su juicio, anulada por esos límites. “La vida religiosa muestra que este tipo de exigencias no resta nada a la autoridad. Quizá incluso la refuerza”.
“Lo que se pierde en poder se gana en autoridad”
Vesco aplica esa reflexión a la gestión de los abusos. Explica que el obispo debe recurrir a los servicios competentes y no realizar por sí mismo toda la investigación en la que después basará su decisión. “Eso me ha ocurrido hace poco y puedo decir que la limitación del poder libera y puede dar más fuerza”, asegura.
La frase que resume su propuesta es inequívoca: “Lo que se pierde en poder se gana en autoridad”. Compartir la responsabilidad no debilitaría necesariamente al obispo; podría permitirle decidir con mejores fundamentos y menos aislamiento.
En esa misma línea, interpreta la participación sinodal como un cambio que afecta a la imagen del conjunto de la Iglesia. Llega a sostener que el proceso ha “enterrado toda posibilidad” de imaginar un futuro Vaticano III compuesto únicamente por obispos.
Un católico reconocible por su manera de ser hermano
Al final de la conversación, Herinckx pregunta a Vesco por su sueño para la Iglesia. El cardenal no responde con un programa organizativo, sino con un modo de relación.
“Mi sueño para la Iglesia sería que se pudiera reconocer a un católico por su manera de ser hermano”.
Esa fraternidad, explica, exige reconocer la misma dignidad en personas diferentes y aprender a “sufrir con” ellas. No es una convivencia sin dificultades, sino una disposición que impide convertir la diferencia en una razón para excluir.
“Soñaría con que se dijera esto de la Iglesia, de los cristianos, de los católicos: viven una fraternidad abierta a todos”.
