El nuncio Cona, en pueblos cristianos sirios: "He venido a poner mi corazón cerca del vuestro"
En la provincia de Idlib, Yaqubie, Knaye y Ghassanieh acogieron a finales de junio al representante pontificio en Siria, quien desarrolló varias actividades, como un encuentro institucional y un coloquio con los jóvenes, deseosos de oportunidades laborales y de promoción social, entre otras.
(Antonella Palermo / Vatican News).- Los habitantes de los pueblos de Yaqubie, Knaye y Ghassanieh, en el noroeste de Siria, conocidos por la histórica y activa comunidad cristiana, reservaron una festiva bienvenida a monseñor Luigi Roberto Cona, nuncio apostólico en el país nombrado el pasado mes de marzo, que se desplazó a la región del 26 al 28 de junio. Situadas en una zona montañosa de vocación agrícola, son comunidades que forman parte de la provincia de Idlib, antiguo bastión del Estado Islámico.
Aquí los frailes franciscanos, gracias a los cuales fue posible la visita del representante pontificio, continúan manteniendo una fuerte presencia en las iglesias locales, custodiando su fe y alimentando la esperanza, antorcha encendida entre los escombros de la larga guerra y del terremoto de hace tres años.
Además del encuentro con los habitantes, tuvo lugar el mantenido con algunos representantes institucionales, entre ellos el viceministro del Interior Abdel Qader Tahan, la Secretaría General para los Asuntos Políticos Ahmad Hassinat, el parlamentario Mustafa Moussa, el director del distrito de Al-Shughur, Abdel Razzaq Alloush, y el director del hospital Al-Rahma de Darkush, Ahmad Ghandour. Frente al convento de los frailes fueron izadas las dos banderas, la de la Santa Sede y la siria. Un gesto simbólico "muy hermoso", dijo monseñor Cona en presencia de las autoridades, recordando el "modelo de convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes" que durante largos siglos caracterizó al país. Ahora esas dos enseñas son «como si fueran dos brazos levantados al cielo".
Entre gente hospitalaria, fiel y tenaz
La exultación popular, de sabor plenamente mediooriental, estalló cuando el nuncio hizo su entrada en los pueblos, hasta el punto de inducir a algunos hombres a llevarlo en brazos entre la multitud durante un tramo del recorrido. Gente humilde y probada por tantos sufrimientos abrazó al representante de la Iglesia universal -"es como si el Papa estuviera aquí entre nosotros"-, que se sumergió en sus dolores. Danzas, aclamaciones, tambores, cantos: a esta extraordinaria hospitalidad el prelado respondió con implicación y calidez, secundando un clima de gran familiaridad.
El nuncio en Siria conversa con algunas autoridades locales en el pueblo de Yaqubie
"Los cristianos que viven aquí encuentran en nosotros la fuerza para continuar viviendo", subrayó el padre Louai Bsharat OFM, párroco de Yaqubie. El religioso, de origen jordano, destacó cuán antigua es la historia de los cristianos en estas tierras, remontándose a la época de los apóstoles, y cuánto los franciscanos han sido siempre percibidos como un punto de referencia, "una roca" en la que apoyarse.
"Si encuentran a los cristianos que viven aquí pueden percibir el perfume de los cristianos de los primeros siglos, que vivían clandestinamente. Aquí han experimentado la misma condición sin abandonar su propia tierra. Ellos siguen siendo hombres de paz y, lamentablemente, han sido víctimas de violencias e insultos por ambas partes en conflicto". Bsharat alude a los daños infligidos, por un lado, por el antiguo régimen, que no dudó en bombardear sus iglesias precisamente mientras ellos se esforzaban por acoger a los desplazados, mujeres y niños, de cualquier religión. Un duro precio ha sido pagado por estos cristianos: "Son verdaderos mártires de la fe. Y me enseñan cómo aferrarse a las raíces de la fe".
A la escucha, «mi corazón cerca de los de ustedes"
Pétalos de rosas distribuidos por niños y niñas y el ondear de pequeñas banderas sirias y del Vaticano acogieron a monseñor Cona en el convento de los frailes. Con un estilo sencillo y cercano, el nuncio se puso a escuchar las preocupaciones y las invocaciones de la gente, la cual apreció mucho la disponibilidad del arzobispo para interactuar y garantizar apoyo. Entre otros, tomó la palabra un hombre que, al citar las Escrituras "Las puertas del Infierno no prevalecerán", reavivó la esperanza. Una mujer no ocultó sus propios temores: "¿Pueden tranquilizarnos sobre la situación de los cristianos en Siria?". Los frailes menores recordaron que la Iglesia y la comunidad internacional están cerca de ellos, interesadas por su destino. "Aunque para un futuro mejor -subrayaron- debemos ante todo creer en Dios. Es Él quien nos protege".
Apoyar las seguridades sobre la fe
Hablando a las comunidades, monseñor Cona quiso recordar la enseñanza de Juan XXIII, un Papa, dijo, que para él "es un modelo": "Estoy aquí ante todo para poner mi corazón cerca de sus corazones". Y añadió: "Nuestra seguridad no depende de unas condiciones políticas, de los gobiernos, sino que depende de nuestra fe en Cristo Jesús. Si han resistido durante 14 años bajo un régimen que los ha mortificado y causado tanto dolor y tanta violencia, ¿qué es lo que nos espera? Hay que seguir confiando en la providencia, en la misericordia de Dios que nunca nos abandona, incluso en los momentos más oscuros".
Las preocupaciones de la comunidad: corremos el riesgo de desaparecer
Cona fue guiado en un recorrido por los espacios gestionados por la Custodia de los Frailes Menores de Tierra Santa: el policlínico dedicado a Santa Isabel de Hungría y la escuela anexa al convento. Destacaba un cartel con varias fotografías de la vida comunitaria: "¡Bienvenido, monseñor Cona!". Un joven se mostró preocupado por la probable desaparición inminente de toda una población "si no se adoptan estrategias". "Aquí, en cinco o seis años, hemos celebrado solamente dos matrimonios. Si seguimos así, dentro de cincuenta años ya no habrá nadie. Les pedimos que apoyen a los jóvenes, para que la vida en los pueblos pueda continuar", fue su llamamiento en nombre de muchos.
El pueblo de Ghassanieh, que el nuncio visitó por último, fue efectivamente vaciado completamente de sus habitantes cristianos (latinos, ortodoxos y protestantes). Ahora, poco a poco, se está repoblando, animan los frailes.
El joven reside en el pueblo de Knaye y quedó complacido por el hecho de que el nuncio hubiera escuchado profundamente los temores, las necesidades y las incertidumbres surgidas desde la base. Se trató de un encuentro muy auténtico y libre, refirieron los presentes: "Nosotros querríamos seguir viviendo aquí, si Dios quiere. Estamos contentos porque el nuncio nos ha dicho que querría apoyarnos de todos los modos posibles. Hoy ha sido un encuentro hermosísimo".
Foto de grupo en la iglesia de Knaye
Dar a los jóvenes formación y aliento
Una mujer se convirtió en portavoz de las demandas de las nuevas generaciones recordando los sufrimientos de los hijos de esta nación, de los hijos de los cristianos en particular, con los continuos traslados entre las escuelas, tanto estatales como religiosas.
"Muchas organizaciones han llegado aquí para financiar proyectos pequeños y grandes -precisó-, pero algunos jóvenes no han tenido el valor de arriesgarse al iniciar una actividad por cuenta propia. Por eso esperamos que puedan ayudarnos a incorporarlos al mundo laboral con cursos de formación, cursos de actualización, de manera que encuentren oportunidades en las grandes empresas".
Un deseo concreto y compartido abiertamente al que siguió una de las sugerencias del nuncio: reestructurar algunos edificios en el estilo tradicional local para crear una especie de hotel disperso capaz de acoger turistas. Es una de las direcciones hacia las que poder orientar las energías para hacer que este pulmón de la cristiandad vuelva a respirar plenamente.
Entre estos pocos centenares de personas (vinculado a los dos pueblos de Yaqubie y Knaye está también Jdaide, enteramente greco-ortodoxo) no hay rencor ni tampoco resignación, pero hace falta un nuevo impulso económico y social. "La comunidad greco-ortodoxa y la armenio-ortodoxa fueron abandonadas por sus respectivos pastores, que se marcharon cuando los rebeldes se apoderaron de la zona en 2012. Nuestros frailes ofrecieron los servicios espirituales y de asistencia humanitaria a estas comunidades sin ninguna distinción", recordó el padre Bahjat Karakash OFM, delegado del Custodio de Tierra Santa en Siria y párroco de Alepo.
Bassem, la cárcel y las torturas: "Dios me decía que no tuviera miedo"
Monseñor Cona, durante estos dos días, tomó conocimiento de episodios particularmente dramáticos que han marcado la vida de núcleos familiares y de personas individuales. Bassem Artin contó, por ejemplo, las persecuciones, comenzadas durante la guerra, y los frecuentes secuestros. Un día también lo tomaron a él. Fue él mismo secuestrado por algunos fundamentalistas, permaneció en prisión durante dos semanas, sufriendo torturas e insultos de todo tipo: "Nos golpeaban continuamente", testimonia.
"Después pasaron a las amenazas de muerte: 'quiero matarte', me repetían obsesivamente", hasta que alguien le puso un cuchillo en la garganta. 'Hazlo si quieres', le dije. Me respondió: “Despídete de la vida”. “Solo si Dios lo quiere”, le dije. Yo estaba tendido en el suelo y él estaba sentado sobre mi cuello manteniéndome la cabeza inmovilizada. No podía más. Fue un momento terrible. En cierto momento sentí como una voz que me decía que no tuviera miedo, “yo estoy contigo”, me decía. Comencé así a responder a cada cosa de mi verdugo. Respondía a cada pregunta. Hasta que él, molesto: “¿pero tú en quién confías?”. Le respondí: “en Dios”. “¿Porque tú conoces a Dios?”. “En realidad eres tú quien no lo conoce”. Al final me dejó y se marchó».
En sus palabras, evocó además lo sucedido al entonces párroco y hoy obispo Hanna Jallouf, Vicario Apostólico de Alepo, también él entre los encarcelados por obra del extremismo islámico durante la guerra, precisamente él, entre las figuras más activas en el ámbito del diálogo interreligioso y de la promoción de la paz.
Salim, de la guerra al terremoto: "Terminamos en el suelo, como si nada"
En la historia de Salim Jallouf se entrelazaron múltiples traumas, estratificados. "En el invierno de 2013 sufrimos un robo en casa. Mi padre estaba muy afectado y después le diagnosticaron un tumor maligno. En julio del año siguiente los aviones bombardearon nuestra casa. Sufrimos bombardeos intensos y continuos: lanzamientos de cohetes, ataques aéreos, disparos desde el frente de la capital provincial. Un día, una bomba alcanzó nuestra casa y una esquirla me golpeó en la pierna. Perdí mucha sangre, se me seccionó una arteria. Los médicos intentaron intervenir, pero la operación no salió del modo correcto. La prolongada isquemia terminó por insensibilizar el pie. También mi madre resultó herida, pero permaneció a mi lado, de pie; yo estaba en un estado desesperado. Al final me amputaron la pierna, que estaba infectada".
Monseñor Cona con los frailes de la Custodia de Tierra Santa en Siria
Salim relata con mucha nostalgia el amor por aquella casa situada en la plaza: "Era de mi tía. Decidimos invertir todos nuestros bienes para restaurarla. Ella vendió todas las joyas de oro con tal de volver a ponerla en condiciones. Deseábamos solamente un lugar bonito en el que poder vivir. Terminadas las obras, permanecimos allí durante un año. Después llegó el terremoto de 2023 que la arrasó".
A los daños de la guerra interna se suman los infligidos por una tierra que tembló en la frontera con Turquía causando en Siria más de siete mil muertos. Todos los sacrificios de una vida desvanecidos. "Nos quedamos sin nada. Al principio dormimos en tiendas de campaña. Ahora esperamos la temporada de la vendimia y de la recogida de las aceitunas para poder seguir adelante".
Salim quiere decir que no se rinde, que se esfuerza porque no es el tipo de persona que se queda con los brazos cruzados. Un fuerte y prolongado abrazo selló el relato. La esperanza es levantarse de nuevo, continuar circulando con su taxi y vivir serenamente, en su tierra, en paz.
El párroco de Knaye: ayudamos a reconstruir iglesias y casas
Del padre Khoukaz Mesrob OFM, párroco de Knaye, su lugar de nacimiento, llega el mismo deseo de recuperación: trabajar por su propio pueblo: "Comenzamos la restauración de la escuela primaria mientras todavía había guerra; cuando terminó estábamos a mitad de las obras. Hoy, con el regreso de las familias desplazadas, estamos intentando reconstruir también las casas, casas dañadas por la guerra, por el terremoto y por los actos vandálicos.
Las familias que regresan desde otras ciudades sirias viven en condiciones de extrema pobreza. Nuestro papel como Iglesia -recordó- es proveer a las necesidades de estas personas de cualquier modo para ayudarlas a comenzar de nuevo: techo, trabajo, escuela. No nos ha faltado la Providencia y gracias a Dios la situación parece mejorar gradualmente.
Llevamos en el corazón grandes esperanzas para el futuro. Rezamos para que los sufrimientos de los cristianos aquí no se pierdan, sino que sirvan como testimonio vivo de fe y esperanza, para el bien de toda la Iglesia y de los creyentes en el mundo".