La fe y el patriotismo de Antoni Gaudí toman la palabra en Prada en el centenario de su muerte

La mesa redonda de la 58.ª Universitat Catalana d’Estiu reivindica al arquitecto de Reus como un hombre de fe, catalanista y creador de un lenguaje universal

El obispo Daniel Palau, uno de los participantes en el debate.
El obispo Daniel Palau, uno de los participantes en el debate. | Agencia Flama

"Primero el amor y después la técnica". La sentencia de Antoni Gaudí, convertida este año en una de las frases más evocadas de su centenario, sobrevoló este sábado el anfiteatro de Prada, en la Cataluña Norte, y acabó dando sentido a una mesa redonda que quiso mirar al arquitecto más allá de la obra construida. Durante más de una hora, arquitectura, catalanismo y fe confluyeron en un mismo retrato: el de un creador que hizo de sus convicciones una manera de entender la belleza.

La sesión, titulada "Antoni Gaudí, arquitecto, hombre de fe y catalanista. A los 100 años de su muerte", reunió al obispo de Lleida, Daniel Palau; al arquitecto reusense Josep M. Adell, de la Universidad Politécnica de Madrid; al periodista Joan Safont, y a Joan Amorós, presidente del Movimiento Gaudí. Jordi Casassas, presidente del equipo rector de la Universitat Catalana d’Estiu, abrió el debate recordando que, después de los homenajes a Pau Casals y Pompeu Fabra, "ahora le toca a Antoni Gaudí", en una sesión que definió como un "debate de lujo".

Josep M. Adell situó la figura de Gaudí en el contexto de la arquitectura de su tiempo. Recordó que en 1883 el edificio más alto del mundo era la catedral de Colonia, mientras Gaudí comenzaba a trabajar en una obra que acabaría transformando radicalmente la concepción de la arquitectura religiosa. El contraste permitía medir la magnitud de un creador que, sin renunciar a la tradición, abrió un lenguaje que todavía hoy parece pertenecer al futuro.

El arquitecto evocó a Gaudí tumbado en un prado, con la mirada dirigida al cielo, observando las ramificaciones de los árboles crecer hacia arriba. La imagen condensaba su relación con la naturaleza: no como una simple fuente de inspiración formal, sino como un sistema vivo de estructuras que el arquitecto sabía observar e interpretar. En Gaudí, la naturaleza se convierte en una gramática y la arquitectura, en su traducción humana.

Adell durante su intervención.
Adell durante su intervención. | Agencia Flama

Adell recuperó en este punto la frase de Gaudí que ha hecho fortuna este año: "Primero el amor y después la técnica". La sentencia resume una jerarquía en la que la técnica, por sofisticada que sea, queda subordinada a una fuerza anterior y más profunda. La arquitectura no nace del cálculo, sino de una mirada sobre la realidad que después necesita de la técnica para tomar forma.

La intervención de Adell incluyó también un llamamiento a preservar el legado del arquitecto. Y advirtió que hay que procurar que "ninguna distracción haga desaparecer la Sagrada Familia en el futuro", porque una obra como esta no volverá a repetirse. Gaudí, sostuvo, consiguió un hito excepcional: "Es sombra de todas las catedrales anteriores".

Por su parte, Joan Safont desplazó el foco hacia el catalanismo de Gaudí. Su definición fue contundente: "Gaudí es catalanista, pero no publicista". Su catalanismo, explicó, no se encuentra tanto en las proclamas como en "la obra y en la actitud". La identidad no es en Gaudí un discurso añadido a su arquitectura, sino una dimensión inherente a su manera de crear.

Safont ilustró esta actitud con el episodio de la visita de Alfonso XIII a la Sagrada Familia. El rey, recordó, solo escuchó el catalán de boca de Gaudí. La lengua aparece así como una expresión natural de un hombre que no necesitaba convertir el catalanismo en propaganda para vivirlo con plena coherencia.

El periodista también recurrió a Josep Pla para subrayar esta dimensión. Según la formulación de Pla evocada por Safont, cuanto más se habla de Gaudí, más se amplía su raíz catalanista. La paradoja revela precisamente su fuerza: la universalidad de Gaudí no borra la raíz, sino que la proyecta mucho más allá de su lugar de origen.

Joan Safont se detuvo en el catalanismo de Gaudí desde una mirada histórica.
Joan Safont se detuvo en el catalanismo de Gaudí desde una mirada histórica. | Agencia Flama

Joan Amorós presentó el Movimiento Gaudí y situó la conmemoración en una perspectiva de futuro. Su propósito es mantener viva la figura del arquitecto y convertir el centenario en una oportunidad para reforzar su presencia en la cultura catalana contemporánea. Gaudí, según esta mirada, no debe quedar confinado al patrimonio arquitectónico, sino continuar generando cultura y comunidad.

Amorós anunció una de las iniciativas más singulares del programa: el 22 de noviembre, todas las agrupaciones sardanistas de Cataluña serán convocadas para bailar formando un círculo alrededor de la Sagrada Familia. La celebración incorporará también un himno gaudiniano compuesto por Albert Guinovart, con letra de Carles Duarte. La propuesta quiere convertir el templo en un espacio de cultura viva, donde arquitectura, música, danza e identidad confluyan.

Joan Amorós saluda a Joan Maluquer, presidente de La Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat.
Joan Amorós saluda a Joan Maluquer, presidente de La Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat. | Agencia Flama

La intervención final, a cargo del obispo Daniel Palau, profundizó en el sentido religioso de la obra gaudiniana. Así, Palau rechazó una lectura superficial del franciscanismo de Gaudí: "No es anecdótico, sino radical", afirmó. En su pensamiento, explicó, existe una voluntad constante de ir a lo esencial, de asumir la pobreza y de aceptar la realidad humana tal como es.

El obispo encontró en el trencadís una metáfora privilegiada para entender esta mirada. "Se aprovecha todo, cada pieza es importante", explicó. Cada fragmento conserva su valor propio y, al mismo tiempo, participa de una composición mayor. La imagen le permitió trasladar la arquitectura de Gaudí al terreno de la persona: "Redescubrimos todos y todos en Gaudí una belleza única —reconoció—, la de cada persona, la de ser personas".

Palau remarcó que Gaudí propone un templo, pero que existe otro templo todavía más importante: la persona humana. Su opción por la pobreza no sería, por tanto, una excentricidad, sino una forma de situarse ante la realidad. Gaudí aparece como un místico que no se aleja del mundo, sino que lo transforma a través de la construcción.

"Los místicos apuntan hacia el amor", afirmó el obispo, antes de formular su propio deseo: "Yo sueño con una Iglesia que apueste por el amor, por los demás y por la vida". Su intervención devolvía inevitablemente al principio que había recorrido toda la mesa: primero el amor y después la técnica.

Y esta fue la idea que permitió reunir las cuatro miradas sobre Gaudí. El arquitecto que observa los árboles, el catalanista que no necesita proclamarse, el creador de un templo convertido en símbolo universal y el cristiano que busca lo esencial son, en realidad, una misma figura. En Prada, el centenario sirvió para recordar que detrás de las formas extraordinarias había una concepción del mundo.

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