León XIV: "Hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro"
Angola es "un país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad" y un país marcado por el dolor de "una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza"
Misa multitudinaria en Kilamba (Angola), presidida por el Papa León XIV, que aprovechó el pasaje de los discípulos de Emaús para pedir a los católicos que sean "pan partido" para los demás, porque Angola "necesita mirar al futuro con esperanz ay construir la esperanza del futuro". Mäs en concreto, "Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan".
Y el Papa Prevost recordó que Angola es "un país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad" y un país marcado por el dolor de "una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza". Y es que, cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo".
Según el Papa, para recuperar la esperanza y "el camino para volver a empezar" es necesario "por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide". Un compromiso que exige purificar "aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual".
Homilía del Papa en la misa de Kilamba
Queridos hermanos y hermanas:
Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.
En este tercer domingo de pascua el Señor nos ha hablado con el Evangelio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Dejémonos iluminar por esta Palabra de vida.
Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.
Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.
Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.
Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.
El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v. 31).
Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide.
Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual. Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.
A esta certeza de no estar solos en el camino se añade también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos reconocerlo así: no sólo en la Eucaristía, sino en cualquier lugar donde haya una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien se haga don de compasión como Él.
La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.
Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un sólo cuerpo y un sólo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.
Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.
Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en la fe, la esperanza y la caridad.
Agradecimiento del arzobispo de Luanda
Kilamba
Santísimo Padre
Gracias por su presencia entre nosotros.
Este día, Santísimo Padre, es un día de júbilo encantador preparado y querido por Dios, soñado y esperado por muchos. Júbilo expresado en la sonrisa de los rostros, plasmado en las miradas incrédulas y maravilladas de todos; todo y todos se regocijan. Es, en efecto, un día de fiesta. Fiesta en Angola. Fiesta por la presencia de nuestro Papa, nuestro padre en la fe, nuestro pastor, voz de Cristo para las naciones, presencia entre los hombres de su corazón redentor, abrazando a cada uno, consolando a los desolados y animando en todos la convicción de que cuando prevalece la voluntad de un destino compartido es posible construir un futuro mejor para todos.
Gracias, Santo Padre, por su palabra de sabiduría y su discurso rico y luminoso que ilumina la razón e inspira la voluntad del bien; gracias por recordarnos que debemos ser un pueblo unido en el bien, en la verdad y en la justicia; un pueblo de hermanos de la mano, comprometidos con la felicidad y el bienestar del otro. Sin dejar a nadie de lado, a nadie atrás, a nadie olvidado, a nadie herido.
Gracias por recordarnos en el Líbano que debemos comprender que el deseo de reconciliación y paz «es un don y un semillero siempre abierto», y que «se necesita tenacidad para construir la paz; se necesita perseverancia para cuidar y hacer crecer la vida.
Gracias por el valor con el que afronta las tormentas de nuestro tiempo, una lección de fuerza y serenidad; Gracias por su amor a Cristo y su sed de darlo a conocer y hacer que sea amado.
Santísimo Padre,
Volvemos a casa con el corazón lleno,
¡Gracias, querido Santo Padre, por estos tesoros y por hacer que el camino cristiano sea tan atractivo para nosotros y para LOS HOMBRES DE NUESTRO TIEMPO!
Acompáñele en esta visita nuestra oración, la presencia maternal de Santa María de Muxima, Mamá Muxima, Madre de Angola.
Gracias, Santo Padre, gracias
Viva el Papa
Viva Angola
Filomeno do Nascimento Vieira Dias, Arzobispo de Luanda
