Luces y sombras de Julius Döpfner, el cardenal que transformó la Iglesia alemana
El cardenal Julius Döpfner fue uno de los eclesiásticos alemanes más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. A cincuenta años de su muerte, su huella perdura aún hoy. Profundamente venerado en vida, en los últimos años también han salido a la luz las sombras de su legado.
(katholisch.de).- 24 de julio de 1976, poco antes de las ocho de la mañana. El cardenal de Múnich, Julius Döpfner, se disponía a iniciar sus vacaciones con una visita a una clínica cercana. Llevaba varios días sufriendo fuertes dolores en el brazo derecho. Apenas había salido de su residencia oficial en la calle Kardinal-Faulhaber cuando dio media vuelta, regresó al edificio y se recostó en el sofá de la portería. Se sentía indispuesto. Su secretario avisó al médico de urgencias, pero ya era tarde: Döpfner sufrió un infarto fulminante. La noticia de su muerte repentina conmocionó Baviera y trascendió las fronteras de Alemania. Era una de las figuras más destacadas de la Iglesia católica a escala internacional.
Su biografía está llena de récords: en 1948, con solo 35 años, fue ordenado obispo en su diócesis natal de Wurzburgo, convirtiéndose en el más joven de Europa. Nueve años más tarde, Pío XII lo destinó a Berlín, y en 1958, con apenas 45 años, Juan XXIII lo elevó al cardenalato. Ningún otro purpurado había alcanzado ese rango a una edad tan temprana. En 1961, sin embargo, tuvo que abandonar a regañadientes la ciudad dividida por el Muro para asumir la arquidiócesis de Múnich. Una carrera eclesiástica vertiginosa.
Hitos del catolicismo de posguerra
El nombre de Döpfner queda indisolublemente unido a los grandes hitos del catolicismo alemán tras la Segunda Guerra Mundial. En el Concilio Vaticano II (1962-1965), el acontecimiento que modernizó la Iglesia y la abrió al diálogo con el mundo, ejerció un papel central como uno de sus cuatro moderadores. En la curia romana tuvo que vencer fuertes resistencias internas contra esta nueva orientación más abierta. Ya en la fase preparatoria, este obispo originario de Franconia ejerció una notable influencia.
Durante el propio concilio, los obispos alemanes lo eligieron presidente de la Conferencia Episcopal. En 1971 organizó el mencionado sínodo de Wurzburgo, donde sacerdotes y laicos tuvieron idéntico derecho a voto: una novedad que, aunque hoy pueda parecer natural, entonces recibió el respaldo explícito del Papa. Hijo de un conserje, Döpfner se definía no como progresista, sino como representante de un “centro abierto”. Mantener la unidad de la asamblea se convirtió en un esfuerzo cada vez más arduo. La clausura del sínodo, a finales de 1975, fue seguida solo unos meses después por la muerte del cardenal, cuya salud ya estaba muy deteriorada. En su entorno más cercano se decía que las intensas controversias lo habían desgastado hasta el límite.
Se le recuerda como un hombre recto, de carácter firme, sólida formación teológica y profundo compromiso con los pobres. Sus aportaciones a la renovación de la Iglesia —que, según él, siempre necesita reformarse— son indiscutibles. La figura del pastoralista (laico profesional dedicado a la atención pastoral), hoy habitual en las parroquias, no existiría sin su impulso.
Las sombras del legado
No obstante, en los últimos años han aparecido sombras notables sobre su figura. Los estudios independientes sobre abusos sexuales realizados por mandato de la propia Iglesia lo retratan de forma menos favorable. El estudio independiente sobre la archidiócesis de Múnich, publicado en 2022, concluye que bajo su mandato se produjeron incluso retrocesos en el tratamiento de los casosde abusos. Los sacerdotes acusados eran reincorporados con frecuencia a la pastoral sin restricciones. Se multiplicaron los traslados y se aceptaron clérigos que habían cometido delitos en otras diócesis, incluso del extranjero.
En 1968, Döpfner impulsó el ascenso de Matthias Defregger, su vicario general, a obispo auxiliar. Ocultó ante Roma que Defregger había sido capitán de la Wehrmacht, el ejército de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En 1944, éste participó en una acción de represalia en los Abruzos (Italia) tras un ataque partisano. Como consecuencia, 17 hombres del pueblo de Filetto fueron ejecutados. Cuando la revista Der Spiegel destapó el caso en portada en 1969, estalló un gran escándalo y la fiscalía alemana abrió diligencias.
El escritor Heinrich Böll, Premio Nobel de Literatura, llegó incluso a abandonar la Iglesia por este motivo, pero Döpfner mantuvo su apoyo a Defregger. Durante décadas se difundió la versión de que Defregger había sido injustamente acusado y que incluso había intentado salvar vidas hasta que su superior lo amenazó con fusilarlo. Hoy los historiadores consideran la masacre un crimen de guerra y ven a Defregger, al menos, como cómplice.
«Solo se quería un poco de tranquilidad, pero así no se puede»
Mientras duraron las investigaciones judiciales, los habitantes de Filetto recibieron ayudas procedentes de Múnich: dinero, visitas y pequeños regalos, como bolas de Navidad. Cuando el caso fue archivado por «inocencia probada», cesaron las atenciones. La historiadora Marita Krauss, que estudió el legado documental de Döpfner, califica este proceder como un intento de influir en los testigos. El cardenal habría utilizado todos los medios a su alcance para proteger a Defregger.
“Lo que se buscaba era un poco de tranquilidad, pero esto no está bien”, declaró en 2023 el cardenal Reinhard Marx durante un encuentro con descendientes de las víctimas. Les pidió perdón tanto por la acción de venganza como por el manejo inadecuado de su predecesor Döpfner.
