Misereor distingue a un católico de Essen por su compromiso con un mundo más justo

Rendirse nunca fue una opción para Wilhelm Wölting. El católico de Essen lleva cerca de 20 años comprometido contra el trabajo infantil en la India y demuestra con su ejemplo lo que un solo individuo puede lograr.

Foto: © Asgard Dierichs
Texto de Asgard Dierichs / Traducción de Martin Scheuch
07 abr 2026 - 09:50

En la región del Ruhr, Wilhelm Wölting consiguió hace ya 15 años, gracias a una «Carta Magna», que 53 ciudades y municipios se comprometiesen a comprar y utilizar únicamente productos justos, fabricados sin explotación infantil. Por sus méritos, la Obra Episcopal Misereor le concedió recientemente al profesor jubilado la Aguja de Honor de Oro.

Wilhelm Wölting es maestro de profesión. Durante muchos años impartió Religión y Geografía en una escuela secundaria de Essen. Sin embargo, este hombre de 88 años alberga otra gran pasión: su incansable lucha contra el trabajo infantil explotador. Los logros alcanzados en más de dos décadas le llenan de una profunda satisfacción. Nunca lo había imaginado. «Pero siempre confié en poder contribuir, aunque fuera un poco, a hacer el mundo más justo», afirma con convicción.

Este católico, nacido en 1937 en Essen-Überruhr, no soporta la injusticia social. Ya como joven profesor y más tarde como subdirector en una escuela de enseñanza secundaria básica de Essen, siempre prestó especial atención a los niños más desfavorecidos para ofrecerles el mejor apoyo posible. A través de su compromiso en la parroquia católica, a finales de los años setenta entró en contacto con la red Eine-Welt-Netz-NRW (Red un Mundo en Renania del Norte-Westfalia) dedicada al Comercio Justo. Hasta el día de hoy, colabora dos veces al mes de forma voluntaria vendiendo productos de Comercio Justo en una Weltladen (Tienda del Mundo) en Essen-Kupferdreh. «Sigue sigue siendo para mí una fuente de alegría y es un tema que me importa mucho», asegura.

A partir de 1982, el entonces subdirector se implicó en el consejo parroquial de su comunidad. Formó parte del «Comité para la Misión, el Desarrollo y la Paz», que apoyaba especialmente a Misereor y, en concreto, un proyecto médico en Brasil: el de los «médicos descalzos de Juazeiro». Las donaciones recogidas en la parroquia de Essen iban destinadas a mujeres brasileñas que recibían formación en primeros auxilios. «En aquella zona escaseaban los médicos con capacidad de tratar las frecuentes lesiones», explica Wölting.

Fue precisamente a través de Misereor como el ya jubilado pedagogo descubrió su proyecto de corazón. En 2005 viajó a la India por cuenta propia con la organización. «Me pidieron que visitara uno de los proyectos sobre el terreno, pero no quise que se utilizara dinero de donaciones para mi viaje». Durante sus recorridos por el país fue testigo de algo que muchos en los países ricos prefieren ignorar: manos infantiles generan beneficios en las regiones más pobres del mundo. Niños esclavos realizaban los trabajos más duros en fábricas de alfombras y en canteras de piedra. A esos niños, explotados sin piedad por productores ávidos de ganancias, el hombre de Essen les hizo una solemne promesa: «Mientras viva, lucharé por vosotros».

Las imágenes de aquel viaje no lo abandonaron jamás: el sufrimiento de niños que trabajaban diez o doce horas diarias en condiciones inhumanas por unas monedas se le grabaron a fuego en la memoria. Pero también regresó con esperanza, porque había visto con sus propios ojos que la liberación era posible. Estuvo presente cuando siete niños fueron rescatados de la esclavitud en la industria de las alfombras. Lo que relata sobre su calvario resulta estremecedor: «Cuando se cortaban las manos al anudar, les cauterizaban las heridas con azufre de las cabezas de cerillas para evitar que cayera sangre sobre la mercancía». A golpes de vara devolvían a los telares a aquellos niños tratados como esclavos. Todo por un salario de hambre inferior a un euro al día.

Según un informe de Misereor del año 2020, alrededor de 160 millones de niñas y niños están afectados por el trabajo infantil.
Según un informe de Misereor del año 2020, alrededor de 160 millones de niñas y niños están afectados por el trabajo infantil. | Foto: © dpa/Doreen Fiedler

La organización india Vikas Sansthan, entidad asociada a Misereor, lucha desde 1994 contra esta forma de explotación y defiende los derechos de mujeres y niños. Con un enfoque integral, prepara a los niños más vulnerables para que puedan asistir a escuelas públicas, financia comités de derechos infantiles, grupos de autoayuda para madres y programas de salud. Misereor apoya este trabajo desde 2001. Aun así, un informe de Misereor de 2020 revela que todavía 160 millones de niños y niñas siguen realizando jornadas laborales excesivamente largas por salarios míseros, dependen de sus empleadores y cuentan con escasa protección frente a la violencia y los abusos sexuales.

«En aquella época el trabajo infantil ya era un tema muy delicado. Los productores lo negaban todo. Solo por casualidad se descubrían algunos casos», recuerda Wölting. Informar sobre estas condiciones inhumanas y frenar la venta de productos fabricados con explotación infantil sigue siendo una de sus grandes prioridades. Las violaciones de la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU, que prohíbe expresamente este tipo de trabajos, continúan dándose. «Todo trabajo que sea inapropiado por la edad de los niños, explotador, peligroso o que perjudique su desarrollo físico o psicológico y les impida ir a la escuela, debe ser denunciado», insiste el católico de Essen.

Durante años impartió charlas en parroquias y colegios sobre la dura realidad de los niños esclavos en la India. Con una tenacidad amable pero firme, describía las canteras donde los niños trabajan sin apenas medidas de seguridad ni equipo de protección. Horas y horas escuchando el golpe sordo y monótono de los martillos contra el granito, el chirrido de las sierras y el estruendo de las taladradoras. Sin mascarillas, guantes ni calzado adecuado, sufrían cortes, fracturas y la constante irritación de ojos y pulmones por el polvo. Aunque el trabajo infantil está prohibido desde 1989 por las Naciones Unidas, todavía hoy muchos niños y jóvenes trabajan en plantaciones de té, como servicio doméstico o en la industria de la joyería, contribuyendo al magro ingreso familiar a costa de su educación.

Durante una charla informativa de la kfd (Katholische Frauengemeinschaft Deutschlands - Comunidad de Mujeres Católicas de Alemania) en Essen-Überruhr, Wölting recibió el impulso definitivo para su mayor proyecto. Una mujer le preguntó qué postura adoptaban las ciudades y municipios del Ruhr ante el trabajo infantil en la India y si compraban productos de empresas implicadas. Él investigó el asunto y lo elevó al ámbito político local. Los siete niños rescatados de la industria de las alfombras fueron el motor de una iniciativa ejemplar y duradera: la «Carta Magna», un compromiso voluntario de las administraciones locales.

En 2010, la región del Ruhr fue Capital Europea de la Cultura. Un año antes, en mayo de 2009, surgió la iniciativa «Capital Cultural Justa Ruhr, 2010», impulsada por Wölting. El objetivo era convencer al mayor número posible de municipios para que modificaran sus criterios de compra y dejaran de adquirir productos injustos: lápidas de cementerio, encimeras de granito, alfombras…

Wilhelm Wölting, de Essen, recibió a finales de 2025 la Aguja de Honor de Oro de Misereor como reconocimiento a su largo compromiso.
Wilhelm Wölting, de Essen, recibió a finales de 2025 la Aguja de Honor de Oro de Misereor como reconocimiento a su largo compromiso. | Foto: © Asgard Dierichs

Superar la burocracia de los ayuntamientos no fue fácil. «Al principio había muchas reticencias, también por el posible aumento de costes», recuerda. Pero el 12 de junio de 2010, en el ayuntamiento de Dortmund, 38 ciudades y municipios firmaron el acuerdo. Poco después se sumaron el resto, hasta que las 53 ciudades y municipios, junto con los cuatro distritos, sellaron la «Carta Magna».

El impulsor de esta iniciativa sigue plenamente convencido de su valor y siempre dispuesto a contagiar su entusiasmo a otros. En el discurso laudatorio de Misereor durante la entrega de la Aguja de Honor de Oro en la iglesia de San Suitberto de Essen, se destacó precisamente esa entrega incansable. Aunque al ágil octogenario no le agrada especialmente ser el centro de atención, reconoce que «esta vez tenía que serlo». El director ejecutivo de Misereor, el Dr. Andreas Frick de Aquisgrán, elogió la empatía con la que Wölting ha asumido responsabilidades más allá de las fronteras. Un verdadero ejemplo a seguir.

Fuente: katholisch.de

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