"No basta con dialogar. Hay que pasar a la acción": El diálogo interreligioso evoluciona hacia la colaboración en la cumbre de Astana, Kazajistán
Los líderes religiosos reunidos en la 24.ª sesión del Secretariado del Congreso de los Líderes de las Religiones Mundiales y Tradicionales, celebrada el 7 de octubre en Astana elaboran tres documentos orientados a proteger la dignidad humana: "No basta, por tanto, con dialogar: hay que pasar a la acción"
(Agencia Fides).- La 24.ª sesión del Secretariado del Congreso de los Líderes de las Religiones Mundiales y Tradicionales, celebrada el 7 de octubre en Astana, permite apreciar cómo está evolucionando el diálogo interreligioso: del intercambio de ideas a la colaboración, del conocimiento mutuo a la búsqueda de respuestas compartidas ante los grandes desafíos de la humanidad. Así lo explica a la Agencia Fides el padre Laurent Basanese, S.J., jefe de oficina del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, que participó en el encuentro y habló de «diplomacia espiritual». No se trata de una diplomacia alternativa a la de los Estados ni de un intento de las religiones de asumir un papel político, sino de abrir un espacio más en el que los líderes religiosos puedan encontrarse, escucharse y poner su autoridad moral al servicio de la sociedad.
La sesión de Astana aprobó tres documentos sobre cuestiones aparentemente distintas -la inteligencia artificial, el cambio climático y la protección de los niños afectados por enfermedades incurables- que, en realidad, convergen en una misma pregunta: ¿cómo proteger la dignidad humana en un momento en que las transformaciones tecnológicas, medioambientales y geopolíticas avanzan más deprisa que la capacidad de las instituciones para encontrar respuestas compartidas?
Del diálogo a la acción conjunta
«La 24.ª sesión del Secretariado del Congreso de los Líderes de las Religiones Mundiales y Tradicionales confirma el valor y la utilidad de esta diplomacia espiritual», señala el padre Basanese a Fides. Recuerda que la expresión ha sido utilizada por los propios representantes de la organización, en este caso por el vicepresidente de Kazajistán, Erlan Karin.
El jesuita destaca el carácter particular de este encuentro. «Es inevitable que también tenga una dimensión política –observa-, porque algunos participantes, en particular varios líderes musulmanes y representantes vinculados a instituciones estatales, mantienen relaciones con sus respectivos gobiernos». La Iglesia católica, precisa, busca sobre todo «un encuentro fraterno y espiritual que nos permita ver qué podemos hacer y cómo podemos trabajar juntos».
Aquí reside uno de los avances más significativos del proceso de Astana. Durante años, el diálogo interreligioso se ha centrado principalmente en el conocimiento mutuo. «Es una etapa necesaria: antes de poder actuar juntos, hay que conocer al otro, comprender su fe, su filosofía de vida, su historia y sus sensibilidades. Pero esa primera fase puede dar paso ahora a un segundo momento: el de la colaboración concreta. Se trata de encontrar vías de actuación más eficaces a partir de los encuentros», explica Basanese.
No basta, por tanto, con dialogar: hay que pasar a la acción. La elección de los tres temas abordados en Astana refleja precisamente esta evolución. La inteligencia artificial, la crisis climática y la protección de los niños más vulnerables son cuestiones ante las que las comunidades religiosas no pueden permanecer al margen. Al mismo tiempo, son ámbitos en los que la regulación estatal encuentra dificultades o avanza con más lentitud que los cambios que pretende ordenar.
El padre Basanese considera que la Iglesia católica cuenta con un importante bagaje para afrontar estos desafíos, en particular con la encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, y Laudato si', del Papa Francisco. «Ambos textos parten de la conciencia de que estas cuestiones no afectan únicamente a los gobiernos, a las grandes empresas tecnológicas o a los especialistas, sino que nos conciernen a todos», subraya. «También interpelan al ser humano en su dimensión espiritual, porque los creyentes y las comunidades de fe forman parte de la sociedad y son ciudadanos».
Los documentos aprobados en Astana, reconoce el jesuita, «no tienen carácter jurídico, pero pueden proporcionar un marco de referencia y contribuir a la reflexión de quienes deben tomar decisiones». Su función consiste en aportar una perspectiva distinta, una voz que no procede de los centros de poder político o económico, pero que puede acompañar y orientar sus deliberaciones. Se trata, en definitiva, de asumir una responsabilidad compartida. «Todos pertenecemos a la misma humanidad, a la misma tierra», afirma Basanese. «Las competencias son diferentes -políticas, económicas, financieras, espirituales-, pero todos estamos llamados a contribuir al bien común». La diplomacia espiritual no sustituye a los responsables políticos, sino que incorpora al debate una dimensión moral capaz de examinar las decisiones a la luz de sus consecuencias para las personas y la sociedad.
Tres documentos, una misma preocupación: la dignidad humana
Los tres textos aprobados en Astana abordan ámbitos diferentes, pero pueden leerse como partes de una misma reflexión sobre la defensa de la dignidad humana y la responsabilidad compartida ante el futuro de la humanidad.
El primero es el «Código Ético para el uso de la inteligencia artificial en el ámbito religioso», elaborado por iniciativa del presidente kazajo, Kassym-Jomart Tokayev. El documento parte de una realidad cada vez más evidente: la inteligencia artificial está entrando también en la vida de las comunidades religiosas. Estas nuevas herramientas permiten comunicarse, educar, producir contenidos y llegar a un público más amplio, especialmente a las generaciones jóvenes. Pero también pueden utilizarse para manipular los sentimientos religiosos, difundir el odio o alterar los contenidos de la fe. El Código pretende ofrecer orientaciones morales y éticas para que el uso de la IA en las comunidades religiosas esté siempre subordinado a la dignidad de la persona y al respeto de los valores espirituales. La cuestión no se plantea únicamente en términos tecnológicos. Las religiones están llamadas a formular una pregunta previa: no solo qué es capaz de hacer la inteligencia artificial, sino qué es legítimo hacer con ella.
El segundo documento aborda la crisis climática y el papel de las religiones en la lucha contra el cambio climático. La protección del medio ambiente, sostiene, no puede quedar exclusivamente en manos de las políticas públicas. Las comunidades religiosas pueden educar a sus fieles en el cuidado de la creación, fomentar hábitos sostenibles y llamar la atención sobre las consecuencias de la explotación descontrolada de los recursos y de los desastres climáticos, que afectan especialmente a las poblaciones más vulnerables. También en este ámbito, la espiritualidad se traduce en responsabilidad social. La crisis climática no es solo un problema científico o económico: obliga a replantearse la relación de la humanidad con la tierra, los recursos naturales y las generaciones futuras.
El tercer documento, la «Carta de los derechos del niño con enfermedad terminal», lleva la reflexión al terreno más inmediato de la experiencia humana. Presentada como una iniciativa conjunta de Kazajistán y el Estado de la Ciudad del Vaticano (véase Fides, 2/10/2026), la Carta sitúa en el centro la dignidad de los menores afectados por enfermedades incurables. El texto reconoce su derecho a recibir una atención humana, asistencia médica y cuidados paliativos, así como apoyo psicológico. Incluye también una dimensión especialmente relevante para el diálogo interreligioso: el acompañamiento espiritual, respetando las necesidades religiosas y la visión del mundo del niño y de su familia. Este tercer documento vuelve a plantear la cuestión fundamental que atraviesa también los otros dos: la persona no puede reducirse a un dato, a un consumidor o a un mero usuario de servicios.
La inteligencia artificial, el medio ambiente y la enfermedad infantil se convierten así en tres ámbitos distintos desde los que defender un mismo principio: la dignidad humana está por encima de la eficiencia, la tecnología y los intereses económicos.
Del diálogo al Movimiento Global por la Paz
El debate sobre el Movimiento Global por la Paz, abordado durante la 24.ª sesión, apunta a un posible paso adelante de la diplomacia espiritual impulsada en Astana.
La propuesta del presidente Tokayev pretende dar continuidad a los mensajes espirituales mediante una estructura de colaboración más estable. El lema del VIII Congreso, «Sinergia para el futuro», adquiere así un sentido práctico: conectar las capacidades de las distintas comunidades religiosas para hacer frente a las fracturas de un mundo marcado por las guerras, la polarización y la pérdida de confianza.
Uno de los objetivos es especialmente delicado: impedir que las creencias religiosas se manipulen o instrumentalicen para justificar conflictos armados, alimentar la hostilidad o difundir discursos de odio. Los líderes religiosos tienen una responsabilidad directa en este ámbito. La religión puede utilizarse para dividir y legitimar la violencia, pero también puede convertirse en una fuerza de reconciliación. La diplomacia espiritual nace precisamente de la necesidad de fortalecer esta segunda posibilidad.
Según la información presentada en Astana, el Movimiento contempla asimismo la colaboración con la Alianza de Civilizaciones de las Naciones Unidas (UNAOC) para impulsar programas de protección de los lugares de culto, especialmente vulnerables en contextos de guerra.
El proyecto pretende establecer cauces permanentes de colaboración e implicar a jóvenes, académicos y profesionales de los medios de comunicación, con el objetivo de promover desde las nuevas generaciones una cultura de tolerancia y respeto mutuo.
Aquí se aprecia la diferencia entre celebrar una conferencia interreligiosa y construir una verdadera estructura al servicio de la paz: un encuentro puede concluir con una declaración; un movimiento, en cambio, crea vínculos, impulsa iniciativas formativas, establece redes y promueve acciones que pueden mantenerse en el tiempo.
La diplomacia espiritual parte de la convicción de que los líderes religiosos, gracias a su autoridad moral, educativa y comunitaria, pueden contribuir a la reflexión de quienes toman decisiones políticas. La pregunta que queda abierta es qué pueden hacer juntos representantes de distintas tradiciones religiosas para proteger a las personas, promover la paz y salvaguardar el futuro del planeta. Desde esta perspectiva, el Movimiento Global por la Paz será una prueba concreta de la capacidad de convertir el diálogo en una colaboración duradera.
