El Papa, en Angola: "La Iglesia desea fomentar el crecimiento de un modelo justo de convivencia, libre de la esclavitud impuesta por élites con riquezas desmedidas y falsas alegrías"

Ceremonia de bienvenida, visita de cortesía al presidente de la República de Angola y discurso a las autoridades

El Papa y el presidente Gonzalves
El Papa y el presidente Gonzalves

A su llegada al aeropuerto internacional de Luanda, el Santo Padre fue recibido por el presidente de Angola, Su Excelencia el señor João Manuel Gonçalves Lourenço. Dos niños le entregaron un ramo de flores al Pontífice.Tras la interpretación de los himnos, el saludo a las banderas y el paso de la guardia de honor, tuvo lugar la presentación de las respectivas delegaciones.

Al término de la ceremonia de bienvenida, a las 15:30 hora local, el Santo Padre se trasladó en automóvil al Palacio Presidencial para la visita de cortesía al presidente de la República de Angola. Al llegar al Palacio Presidencial, tras pasar por la Guardia de Honor, el Papa fue recibido por el Presidente. Juntos entraron en el vestíbulo principal para la foto oficial y se dirigieron luego al Gabinete do Presidente, donde tuvo lugar la reunión privada. Posteriormente, el Papa y el Presidente se trasladaron al Salão Nobre para el intercambio de regalos.

Por último, el Papa y el presidente se dirigieron en en coche al Pabellón Protocolario para el encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático. En su discurso, León XIV comenzó asegurando: "Vengo a conocer a su pueblo, como un peregrino que busca señales de la presencia de Dios en esta tierra tan amada por Él"

Y añadía: "Deseo encontrarme con ustedes en la gratuidad de la paz y reconocer que su pueblo posee tesoros que no pueden venderse ni robarse. En particular, poseen una alegría que ni siquiera las circunstancias más adversas han podido extinguir"

Según el Papa, "África es para el mundo entero una reserva de gozo y de esperanza que no dudaría en calificar de virtudes “políticas”, porque sus jóvenes y sus pobres aún sueñan, aún esperan, no se conforman con lo que ya existe, desean levantarse, prepararse para grandes responsabilidades, jugarse en primera persona"

Por eso, "África necesita urgentemente superar las situaciones y los fenómenos de conflicto y enemistad que desgarran el tejido social y político de muchos países, alimentando la pobreza y la exclusión. Sólo a través del encuentro florece la vida. Primero está el diálogo". Para eso, es necesario, "anteponer el bien común al interés particular, sin confundir jamás la parte de ustedes con el todo. La historia les dará la razón, incluso si algunos les son hostiles en el futuro inmediato".

"Examinemos, pues, nuestros corazones, queridos hermanos y hermanas, porque sin alegría no hay renovación; sin interioridad no hay liberación; sin encuentro no hay política; sin el otro no hay justicia"

Y León XIV concluía: "La Iglesia católica, cuyo servicio al país ustedes aprecian, desea ser la levadura en la masa y fomentar el crecimiento de un modelo justo de convivencia, libre de la esclavitud impuesta por élites con riquezas desmedidas y falsas alegrías"

Discurso del Papa

Señor Presidente, 

distinguidas Autoridades y miembros del Cuerpo diplomático,  

señoras y señores: 

Es una gran alegría para mí estar entre ustedes. Gracias, señor Presidente, por la invitación a visitar Angola y por sus palabras de bienvenida. Vengo a conocer a su pueblo, como un peregrino que busca señales de la presencia de Dios en esta tierra tan amada por Él. 

Antes de proseguir, quisiera asegurar mi oración por las víctimas de las fuertes lluvias e inundaciones que han afectado a la provincia de Benguela, así como expresar mi cercanía a las familias que han perdido sus hogares. Sé también que ustedes, angoleños, están unidos en una gran cadena de solidaridad en favor de los afectados. 

Deseo encontrarme con ustedes en la gratuidad de la paz y reconocer que su pueblo posee tesoros que no pueden venderse ni robarse. En particular, poseen una alegría que ni siquiera las circunstancias más adversas han podido extinguir. Esta alegría, que conoce también el dolor, la indignación, la decepción y la derrota, perdura y renace entre quienes han mantenido sus corazones y mentes libres del engaño de la riqueza. Ustedes saben muy bien que, en numerosas ocasiones, sus regiones se han percibido, y aún se sigue haciendo, como un lugar en donde dar o, más a menudo, de donde tomar algo. Debemos romper esta cadena de intereses que reduce la realidad y la vida misma a una mercancía. 

El Papa y el presidente de Angola
El Papa y el presidente de Angola

África es para el mundo entero una reserva de gozo y de esperanza que no dudaría en calificar de virtudes “políticas”, porque sus jóvenes y sus pobres aún sueñan, aún esperan, no se conforman con lo que ya existe, desean levantarse, prepararse para grandes responsabilidades, jugarse en primera persona. La sabiduría de un pueblo, en efecto, no puede ser extinguida por ninguna ideología y, a decir verdad, el deseo de infinito que habita en el corazón humano es un principio de transformación social más profundo que cualquier programa político o cultural. Estoy aquí, entre ustedes, al servicio de las mejores fuerzas que animan a las personas y a las comunidades que hacen de Angola un mosaico muy colorido. Deseo escuchar y alentar a quien ya ha elegido el bien, la justicia, la paz, la tolerancia y la reconciliación. Al mismo tiempo, junto a millones de hombres y mujeres de buena voluntad que son la primera riqueza del país, quisiera hacer un llamamiento a la conversión de quien elige caminos opuestos e impide el desarrollo armonioso y fraterno. 

Queridos hermanos, les mencioné las riquezas materiales que intereses prepotentes acaparan, incluso aquí en su país. ¡Cuánto sufrimiento, cuántas muertes, cuántas catástrofes sociales y ambientales trae consigo esta lógica extractiva! Ya vemos en todas las latitudes cómo ella alimenta un modelo de desarrollo que discrimina y excluye, pero que aun así pretende imponerse como el único posible. El Papa san Pablo VI, interpretando con agudeza las preocupaciones del mundo juvenil, ya denunciaba hace sesenta años: «un aspecto senil, definitivamente anacrónico, de una civilización mercantil, hedonista, materialista, que intenta aún ofrecerse como portadora del futuro». Y advertía: «Contra esa ilusión, la reacción instintiva de numerosos jóvenes, reviste, dentro de sus mismos excesos, una cierta significación. Esta generación está esperando otra cosa» (Exhort. ap. Gaudete in Domino, VI, 59). Ustedes son testigos, gracias a la sabiduría ancestral que nutre sus pensamientos y sentimientos, de que la creación es armonía en la riqueza de la diversidad. Su pueblo ha sufrido cada vez que esta armonía se ha visto quebrantada por la arrogancia de unos pocos. Llevan las cicatrices tanto de la explotación material como del intento de imponer una idea sobre las ideas de otros. África necesita urgentemente superar las situaciones y los fenómenos de conflicto y enemistad que desgarran el tejido social y político de muchos países, alimentando la pobreza y la exclusión. Sólo a través del encuentro florece la vida. Primero está el diálogo. Aunque esto no excluya el desacuerdo, que puede convertirse en conflicto.  

Mi venerado predecesor, el Papa Francisco, nos ofreció una lectura inolvidable: «Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. “¡Felices los que trabajan por la paz!” (Mt 5,9)» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 227). Angola puede crecer significativamente si, ante todo, ustedes, quienes ostentan el poder en el país, creen en su riqueza multifacética. No teman el desacuerdo, no apaguen las aspiraciones de los jóvenes ni los sueños de los ancianos, y sepan gestionar los conflictos, transformándolos en oportunidades de renovación. Antepongan el bien común al interés particular, sin confundir jamás la parte de ustedes con el todo. La historia les dará la razón, incluso si algunos les son hostiles en el futuro inmediato.  

He hablado del gozo y de la esperanza que caracterizan su joven sociedad. Estos sentimientos suelen considerarse personales e íntimos. Sin embargo, constituyen una fuerza intensa y expansiva que contrarresta cualquier resignación o tentación de replegarse. Los déspotas y tiranos, tanto de cuerpo como de espíritu, buscan volver las almas pasivas y las pasiones tristes, propensas a la inercia, dóciles y sumisas al poder. En la tristeza, estamos a merced de nuestros miedos y fantasías; nos refugiamos en el fanatismo, la sumisión, la manipulación mediática, el espejismo del oro y el mito de la identidad. El descontento, la sensación de impotencia y el desarraigo nos separan, en lugar de unirnos, propagando un clima de alienación de los asuntos públicos, desprecio por la desgracia ajena y negación de toda fraternidad. Esta discordancia desintegra las relaciones fundamentales que cada uno de nosotros mantiene consigo mismo, con los demás y con la realidad. Como observó el Papa Francisco: «La mejor manera de dominar y de avanzar sin límites es sembrar la desesperanza y suscitar la desconfianza constante, aun disfrazada detrás de la defensa de algunos valores. Hoy en muchos países se utiliza el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar» (Carta enc. Fratelli tutti, 15).  

La verdadera alegría, que la fe reconoce como un don del Espíritu Santo, nos libera de esta alienación. Y, como escribió san Pablo, «el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz» (Ga 5,22). La alegría es, en efecto, lo que intensifica la vida y nos impulsa hacia el ámbito abierto de la sociabilidad: cada persona se regocija al potenciar sus habilidades relacionales, al darse cuenta de que contribuye al bien común y al ser reconocida como única y valiosa, en una comunidad de encuentros que multiplican y expanden el espíritu. El gozo puede abrir caminos incluso en los rincones más oscuros del estancamiento y la angustia. Examinemos, pues, nuestros corazones, queridos hermanos y hermanas, porque sin alegría no hay renovación; sin interioridad no hay liberación; sin encuentro no hay política; sin el otro no hay justicia.  

Juntos, pueden hacer de Angola un proyecto de esperanza. La Iglesia católica, cuyo servicio al país ustedes aprecian, desea ser la levadura en la masa y fomentar el crecimiento de un modelo justo de convivencia, libre de la esclavitud impuesta por élites con riquezas desmedidas y falsas alegrías. Sólo juntos podremos multiplicar los talentos de este maravilloso pueblo, incluso en las periferias urbanas y las regiones rurales más remotas, donde palpita su vida y se forja su futuro. Eliminemos los obstáculos al desarrollo humano integral, luchando y esperando junto a aquellos a quienes el mundo ha descartado, pero que Dios ha elegido. Así, en efecto, nació nuestra esperanza: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular» (Sal 118,22), Jesucristo, la plenitud del hombre y de la historia. 

¡Qué Dios bendiga Angola! 

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats