Pizzaballa reivindica la mansedumbre en lugar de la fuerza: "En Gaza surge un anhelo de vida que ninguna guerra logra borrar"
En el congreso sobre los nuevos mártires del siglo XXI, el patriarca latino relata a los medios el esfuerzo diario de las comunidades marcadas por la guerra y la identidad de la Iglesia en esa región: "Cuando todo habla de división debemos esforzarnos por buscar la unidad"
(Stefano Leszczynski/Vatican News).- Una «fuerza apacible» capaz de resistir la lógica del poder y de las armas y de preservar, incluso en medio de la guerra, las relaciones, la comunidad y la esperanza. Este es el testimonio que se pide hoy a los cristianos, especialmente en una Tierra Santa marcada por profundas heridas y divisiones. El cardenal Pierbattista Pizzaballa, patriarca de Jerusalén de los latinos, se refirió a ello en el Augustinianum de Roma, durante su intervención en el coloquio «El siglo XXI: ¿una nueva época de mártires?», organizado por el Dicasterio para las Causas de los Santos. En su ponencia, titulada «Los cristianos, fuerza apacible en la era del poder y las armas», el cardenal advirtió contra la tentación de confiar en la fuerza para resolver los conflictos. Cuando se convierte en el único lenguaje, señaló, la fuerza se transforma en una forma de idolatría: de hecho, ninguna superioridad militar o material puede eximir de la responsabilidad de construir relaciones.
La vida que resiste entre los escombros de Gaza
La referencia es, ante todo, a la realidad de Tierra Santa, en Cisjordania y en Gaza, donde, a pesar de la devastación, la vida parece prevalecer. «En medio de los escombros y los temores de Gaza surge un anhelo de vida que ninguna guerra logra borrar», afirmó el cardenal Pizzaballa. Para la Iglesia, añadió, el reto consiste en «mantener unidas a las comunidades» y encontrar «una palabra cristiana en este conflicto», tarea que el Patriarca reconoce que es extremadamente difícil. Una dificultad que se hace aún más evidente por la situación particular de la diócesis de Jerusalén: durante la guerra, recordó, algunos fieles estaban al servicio de Israel, mientras que otros se encontraban bajo el fuego israelí. Una fractura que atraviesa la sociedad y que, inevitablemente, entra también en la vida cotidiana de las comunidades cristianas.
En Gaza, además, la tregua aún no coincide con una verdadera reconstrucción. La población sigue viviendo concentrada en una parte muy reducida del territorio y sin servicios esenciales. Sin embargo, es precisamente aquí donde el cardenal detecta pequeños pero concretos signos de resistencia a la destrucción. «Hemos reabierto una escuela con mil alumnos, pero aún no tenemos pupitres ni lápices, ya que no se permiten su entrada, y los niños estudian en el suelo». Los profesores, sin embargo, están presentes, utilizan incluso papel reciclado y «se esfuerzan muchísimo».
Solos sería casi imposible
En declaraciones a los medios de comunicación del Vaticano al margen del congreso, el Patriarca de Jerusalén de los latinos profundiza sobre el significado concreto de la mansedumbre cristiana en un contexto marcado por una violencia que parece no dar tregua. «No es fácil, ninguno de nosotros es un marciano», observa Pizzaballa. También los cristianos sufren «las influencias, las dificultades, el dolor e incluso la ira que generan situaciones profundamente injustas que afectan a todos». La respuesta, explica, no puede basarse únicamente en la capacidad individual de resistir: lo decisivo es el sentido de comunidad. «Cuando alguien está en dificultades, otro puede apoyarle y viceversa. Es una forma muy concreta, muy verdadera, e incluso muy humana, de apoyarse mutuamente». Una red de relaciones sin la cual soportar el peso de la violencia se volvería casi insostenible: «Solos sería, no digo imposible, pero sin duda casi imposible».
La normalidad como forma de resistencia
En un territorio en el que incluso los cristianos son víctimas de la violencia, la defensa de la vida cotidiana adquiere entonces un valor especial. «La vida cotidiana a veces puede convertirse incluso en una importante prueba de fuerza», subraya Pizzaballa. Cuando las circunstancias obligan a vivir permanentemente en una situación de emergencia, recuperar la normalidad se convierte en una forma concreta de resistencia. Para lograrlo, precisa el cardenal, se necesita «mucha fuerza interior» y «mucha unidad entre las personas». Pero es fundamental el papel de los pastores y de los responsables de las comunidades, llamados a apoyar a las personas y, sobre todo, «a estar presentes».
Una Iglesia que no es ni étnica ni nacional
Precisamente la unidad es uno de los puntos centrales del testimonio que la Iglesia de Tierra Santa está llamada a ofrecer. El Patriarca no oculta la dolorosa contradicción de una comunidad en la que los cristianos israelíes pueden formar parte de las fuerzas armadas, mientras que los cristianos palestinos se ven afectados por la guerra. Una situación —afirma Pizzaballa— «muy difícil y, al mismo tiempo, muy real», que, sin embargo, revela algo esencial sobre la identidad eclesial: «No somos una Iglesia étnica ni nacional». Por eso, precisamente cuando el contexto que nos rodea parece empujarnos en la dirección opuesta, la tarea de los cristianos sigue siendo no dejarse atrapar en pertenencias contrapuestas. «Mientras todo apunta a la división, debemos, con esfuerzo y en medio de las dificultades, hacer todo lo posible por buscar, en cambio, la unidad». Un testimonio que se convierte también en una respuesta a la pregunta planteada por el coloquio sobre los mártires de nuestro tiempo. No solo a través del sacrificio extremo de la vida, sino en la fidelidad cotidiana de comunidades que, en medio de la violencia, siguen optando por la relación en lugar de la confrontación y por la mansedumbre en lugar de la fuerza.
Mientras todo apunta a la división, debemos, con esfuerzo y en medio de las dificultades, hacer todo lo posible por buscar, en cambio, la unidad
