Las reservas de alojamiento desbordan Lourdes ante la proximidad de la visita del Papa
Cuando faltan pocas semanas para la visita del papa León XIV al santuario de Notre-Dame de Lourdes, prevista para el 26 y 27 de septiembre, la expectación se hace palpable en la ciudad mariana
(Marie-Lucile Kubacki/Agencia Fides).- A pocas semanas de la visita del papa León XIV al santuario de Notre-Dame de Lourdes, prevista para el 26 y 27 de septiembre, la expectación se hace palpable en la ciudad mariana, desbordada por las reservas de alojamiento.
Las inscripciones ya están cerradas y el santuario prevé unos 150.000 participantes en los distintos actos de la visita papal, una afluencia excepcional. Una vez allí, el Papa rezará en la Gruta, celebrará la Misa dominical en la explanada del santuario, se encontrará con los enfermos y sus acompañantes en el Accueil Notre-Dame y participará después en el rezo del Rosario y en la procesión mariana con antorchas. En definitiva, seguirá los pasos de los cerca de tres millones de visitantes que cada año recorren el santuario.
«Hay una gran alegría en nuestros corazones», confiesa a la Agencia Fides el padre Jean-Xavier Salefran, sacerdote de la Comunidad de Saint-Martin y vicerrector del santuario. Presente en Lourdes desde 2015, después de varios años de ministerio en las diócesis de Fréjus-Toulon y Perpiñán, habla de la movilización de toda la comunidad que acoge a los visitantes: personal del santuario, sacerdotes, religiosos, voluntarios, hospitalarios y peregrinos «Todos somos conscientes de que estamos ante un acontecimiento muy importante, no solo para el santuario, sino también para la Iglesia en Francia y para toda la Iglesia». Para el vicerrector, la llegada de León XIV se espera como un «momento de gracia», en continuidad con las visitas de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Pero también supone una responsabilidad concreta: acoger a una multitud considerable sin perder aquello que define a Lourdes, su cercanía a las personas más vulnerables.
Una Iglesia "concreta"
Si cada etapa del viaje del Papa refleja un rostro particular de la Iglesia en Francia -véanse los artículos de Fides dedicados a Saint-Denis y Metz-, «lo propio de Lourdes es que aquí se experimenta la Iglesia en su realidad concreta, el Pueblo de Dios con todos sus miembros», explica el padre Jean-Xavier Salefran. El santuario es, a su juicio, un lugar de devoción popular donde se manifiesta «la Iglesia en su diversidad, en su universalidad», con enfermos, obispos, familias, jóvenes, voluntarios, grupos diocesanos y peregrinos llegados de numerosos países. Todos los rostros de la Iglesia están representados aquí, en una gran diversidad social y cultural. No es extraño encontrarse con tamiles vestidos con sus trajes tradicionales, que toman agua de la fuente con las manos y se la vierten sobre el cabello, o con mujeres musulmanas que rezan a María, junto a las antiguas carretas azules, herencia del pasado termal de la localidad.
Esta diversidad implica también una responsabilidad misionera: ofrecer a cada persona, con sencillez, los signos y el lenguaje de la fe y acompañar después a quienes desean profundizar. «La fe cristiana se expresa a través de gestos muy accesibles, muy sencillos y muy profundos», subraya el vicerrector. Tocar la roca de Massabielle, beber el agua de la fuente, realizar el gesto del agua, encender una vela o participar en una procesión son gestos habituales en Lourdes que implican al mismo tiempo el cuerpo y el espíritu. No se trata, insiste el padre Jean-Xavier, de una experiencia individual, sino de un camino «verdaderamente eclesial».
Así, la fuente descubierta por Bernadette Soubirous se convierte en signo de una gracia de Dios «siempre la misma y siempre nueva».
Esta pedagogía encarnada llega a personas muy diferentes por su cultura, su historia religiosa o las heridas que llevan consigo. El santuario acoge desde hace tiempo una fuerte presencia internacional, que ha aumentado especialmente en las últimas décadas, sobre todo procedente de Asia y América Latina. Cada vez con más frecuencia llegan también visitantes que no forman parte de un peregrinaje diocesano tradicional: personas solas, familias, jóvenes, turistas en busca de un sentido y hombres y mujeres que ya no mantienen un vínculo habitual con una comunidad cristiana. El reto pastoral consiste precisamente en acoger toda esta diversidad sin convertir Lourdes en un simple destino turístico ni reducirlo a una espiritualidad vaga.
Bernadette, una puerta de entrada
En esta misión de acogida y primer anuncio, la figura de Bernadette sigue ocupando un lugar central. «Es una testigo que todavía hoy habla con la misma fuerza», observa el vicerrector. La joven de Lourdes, marcada por la pobreza, la enfermedad, la falta de formación y la incomprensión que suscitó su testimonio, habla de manera especial a los jóvenes y a quienes atraviesan momentos difíciles. «Una puerta de entrada son precisamente las pruebas que vivió Bernadette», explica. Pero a los jóvenes les impresionan también «su franqueza, su pureza, su valentía» para contar lo que había visto y escuchado. Una transparencia particular ante la gracia de Dios. Bernadette no se presenta como una figura lejana o idealizada: también conocía sus luchas personales y tenía un temperamento impulsivo. Sin embargo, había aprendido, como ella misma decía, a dejar que el «segundo impulso», el de la gracia y la razón, prevaleciera sobre la reacción inmediata.
Por ello, el santuario propone a los visitantes seguir las huellas de Bernadette y redescubrir cada día su historia. Contar las apariciones, recordar las palabras atribuidas a la Virgen María y ayudar a comprender el significado de estos lugares constituye ya, según el padre Jean-Xavier, una primera catequesis. «Cuando se cuentan las apariciones y se citan las palabras de la Virgen María, ya se está haciendo catequesis».
Un flujo espontáneo, no "organizado"
El vicerrector observa que muchas de las personas que llegan a Lourdes no han sido previamente contactadas por agentes de pastoral. «Vienen porque necesitan algo verdadero, algo sólido; ya no saben, de antemano, en quién confiar», afirma. A su juicio, «la Virgen María las ha atraído». La respuesta del santuario pasa entonces por un acompañamiento gradual. Algunos se limitan inicialmente a acercarse a la Gruta, mirar, escuchar y realizar un gesto de oración. Otros emprenden un «camino de gracia» que les permite recorrer el santuario, conocer el significado de sus símbolos y dejarse acompañar en los gestos de la luz, el agua y la roca.
Este itinerario conduce a menudo a un encuentro personal con un sacerdote y, para muchos, al redescubrimiento del sacramento de la Reconciliación. «Tenemos muchísimas, muchísimas, muchísimas personas que se confiesan», subraya el padre Jean-Xavier.
«Se descubre que este sacramento responde hoy a una necesidad muy profunda»: la búsqueda de misericordia, paz interior y reconstrucción.
Con emoción, recuerda el caso de un hombre que llegó a Lourdes en bicicleta después de atravesar numerosas dificultades. Le había confiado que necesitaba «reconstruir sobre algo verdadero, algo sólido». Después de dejar allí su carga, volvió a partir con la sensación de estar «aprendiendo a vivir de nuevo». Para el vicerrector, testimonios como este hablan de las curaciones interiores y espirituales de las que Lourdes es testigo cada día, sin negar por ello la importancia del sufrimiento físico ni la realidad, a veces larga y difícil, de la enfermedad.
Los más vulnerables, en primera fila
La próxima visita del Papa pondrá explícitamente de relieve esta dimensión esencial. El 27 de septiembre, León XIV se encontrará con los trabajadores de la hospitalidad y con los enfermos acogidos en el Accueil Notre-Dame, un lugar especialmente preparado para peregrinos con discapacidad o que necesitan asistencia para desenvolverse. «Espero mucho de los gestos del Papa», confiesa el padre Jean-Xavier. El vicerrector confía, sobre todo, en que el Santo Padre vuelva a subrayar «la importancia y el lugar de las personas vulnerables, de las personas enfermas, en el corazón de la Iglesia y en el corazón del mundo». En una sociedad marcada por el culto a la eficiencia, la soledad y el miedo a la vulnerabilidad, Lourdes recuerda que los enfermos no son personas a las que haya que apartar, sino testigos capaces de enseñarnos algo decisivo sobre la condición humana.
Esta prioridad se hace visible en el servicio de los hospitalarios, donde a menudo la frontera entre quien ayuda y quien recibe ayuda se desdibuja. «Quienes vienen a servir a los enfermos descubren a menudo que también ellos están enfermos, cada uno a su manera», observa el vicerrector. La gratuidad del servicio, la cercanía a los cuerpos frágiles, la oración compartida y la atención concreta a cada persona se convierten así en una forma de misión.
El padre Jean-Xavier recuerda también el caso de una mujer embarazada a la que habían comunicado que el niño que llevaba en su seno estaba enfermo. Llegó a Lourdes para pedir una bendición y buscar luz ante una decisión dolorosa. Finalmente decidió acoger a su hijo. Más tarde contó que su estancia en Lourdes le había dado fuerzas para quererlo y acogerlo. «Llevaba dentro una prueba y, en medio de aquella prueba, encontró una luz», relata.
En Lourdes, la misión no es un programa, sino una presencia: la de una Iglesia que acoge, escucha, reza y sirve; la de creyentes que hacen visible la atención al otro; la de las personas enfermas, cuya vulnerabilidad pone en cuestión las certezas de un mundo individualista; la de quienes están sanos y descubren que también están heridos, y la de los enfermos que experimentan un alivio interior y, en ocasiones, también físico. Es lo contrario de aquello que Charles Péguy llamaba «almas acostumbradas» y de las que escribía: «Como no están heridas, no son vulnerables. Como nada les falta, nadie les lleva nada. Como nada les falta, nadie les lleva aquello que lo es todo. Ni siquiera la caridad de Dios cura a quien no tiene heridas».
Ir a Lourdes significa, así, acudir a la fuente de esa necesidad urgente de ser salvados.
