Más allá de las ruinas y del tiempo, San Agustín y los agustinos siguen sirviendo en Hipona

"En Argelia, Agustín no es un desconocido. Para los argelinos, es un sabio antiguo, un hijo ilustre de Tagaste y el obispo de Hipona, recordado sobre todo por su talla intelectual y por la importancia universal de su pensamiento"

Agustinos en Annaba
Agustinos en Annaba

Con motivo de la visita del Papa a Argelia, vuelve a asomar una pregunta hermosa y antigua: ¿qué queda hoy de San Agustín en Hipona? Queda mucho más de lo que parece en un país abrumadoramente musulmán. Queda una memoria profunda, una presencia cultural casi subterránea y, sobre todo, la figura de un hombre que pertenece ya no solo al cristianismo, sino a la historia espiritual del Mediterráneo entero.

En Argelia, Agustín no es un desconocido. Para los argelinos, es un sabio antiguo, un hijo ilustre de Tagaste y el obispo de Hipona, recordado sobre todo por su talla intelectual y por la importancia universal de su pensamiento.

Basílica de San Agustín en Annaba
Basílica de San Agustín en Annaba

Pero su huella no sobrevive sólo en los libros. En Hipona -la actual Annaba- permanecen las ruinas y el eco de una ciudad en la que Agustín vivió, predicó y murió, mientras el norte de África cambiaba de piel.

Allí la memoria agustiniana se conserva más como patrimonio histórico que como devoción popular, y eso ya es mucho en un país de mayoría musulmana, donde la figura del santo africano forma parte de una herencia compartida, aunque sea leída desde claves distintas.

Para muchos argelinos, Agustín es antes que nada un gran pensador nacido en su tierra, un nombre que conecta el pasado romano y cristiano del país con una tradición espiritual de alcance universal como el catolicismo.

Junto a la memoria perenne de San Agustín, la presencia de los agustinos en Argelia tampoco es nueva ni anecdótica. Su historia ha conocido interrupciones, ausencias y regresos, porque la vida religiosa en el Magreb nunca ha sido lineal. Hubo comunidades, casas, presencias misioneras y también tiempos de silencio, de cierre y de repliegue, especialmente tras los grandes cambios políticos e históricos del país. No se puede hablar, por tanto, de una continuidad ininterrumpida, sino de una presencia hecha de fidelidad, adaptación y discreción.

Hoy los agustinos en Argelia suelen vivir una vocación-servicio muy sobria, muy cercana a la gente, casi siempre desde el testimonio y el diálogo. Como la levadura evangélica en la masa. No están allí para hacer proselitismo ni para levantar una gran estructura eclesial, sino para acompañar, servir y mantener viva una memoria cristiana que sabe convivir con el islam.

Su trabajo suele estar ligado a la educación, a la acogida, al estudio, al diálogo interreligioso y al servicio de los más pobres de las comunidades locales o extranjeras. Se les ve, en general, con respeto por parte de muchos musulmanes, precisamente porque su presencia no se impone, sino que comparte y está al servicio de los últimos.

Un ejemplo concreto de su labor es la propia casa agustiniana de Annaba. Allí, el rector, el padre Fred Wekesa, supervisa trabajos de restauración y preparación de la basílica, mientras los miembros de la orden y los obreros municipales repintan paredes, limpian jardines y ponen a punto el espacio para la visita papal. Ese trabajo cotidiano dice mucho de la misión de los frailes: conservar un patrimonio cristiano que forma parte también de la memoria argelina y ofrecer un lugar de encuentro sereno, en una ciudad donde San Agustín sigue siendo puente entre orillas.

Agustinas misioneras en Árgel
Agustinas misioneras en Árgel

Otro ejemplo concreto de presencia agustina es la vida de la pequeña comunidad de Annaba, formada por pocos religiosos (a veces, sólo tres), que se dedica a la animación pastoral discreta, la hospitalidad y la relación con la gente local.

El prior explicaba recientemente, en alfayomega, que muchos de los que pasan por la basílica son musulmanes y que la visita del Papa “es, en sí misma, diálogo interreligioso”, una frase que resume bien el modo de presencia agustiniana, que consiste en no imponerse, sino en abrir puertas.

También tienen peso las agustinas misioneras en Argel, en Bab El Oued. Tras años difíciles y marcados por la memoria del asesinato de dos religiosas españolas en 1994, han reconvertido su casa en un centro de acogida y amistad para niños y mujeres argelinos, donde ofrecen acompañamiento, educación en la paz y un espacio de convivencia.

La labor de las monjas es especialmente elocuente, porque muestra una presencia cristiana que no busca protagonismo, sino servicio concreto a los más frágiles y conjuga tres verbos: custodiar, acoger y dialogar, la forma más fácil de seguir siendo agustinas en Argelia hoy.

Agustino argelino
Agustino argelino

Y es que, en un país donde el cristianismo ya no es una realidad social visible como lo fue en otros tiempos, las agustinas/os encarnan una forma humilde de presencia sin ruido, sin pretensión, sin nostalgia de poder. Y quizá esa sea la mejor manera de honrar a San Agustín en la tierra donde un día fue obispo: vivir como puente, como memoria y como servicio.

Las noticias de Religión Digital, todas las mañanas en tu email.
APÚNTATE AL BOLETÍN GRATUITO

También te puede interesar

Lo último

stats