El padre Armanino sigue rezando por su hermano, y recordando A dos años del secuestro del padre Maccalli: “Siempre hay, en cualquier parte, alguien que traiciona a sus amigos”

Dos años desde el secuestro del padre Gigi Maccalli
Dos años desde el secuestro del padre Gigi Maccalli

"Era de noche cuando te llevaron y desde entonces han pasado dos años de oscuridad solo interrumpidos por un breve mensaje en vídeo el 24 de marzo pasado, el primer y, por ahora, único signo de vida"

El misionero dirige un pensamiento particular al hermano/amigo recordando uno de los muchos momentos compartidos

"La gente iba a tu misión a buscar medicinas para emergencias que siempre faltan en una aldea remota y sin servicios sociales. Sabían que tenían a mano una luz y una puerta que se abría con una sonrisa de esperanza"

“Era de noche cuando te llevaron y desde entonces han pasado dos años de oscuridad solo interrumpidos por un breve mensaje en vídeo el 24 de marzo pasado, el primer y, por ahora, único signo de vida. Ha habido testimonios, relatos, hipótesis, investigaciones y quizás negociaciones, sabemos poco de todo esto”. Así escribe a la Agencia de FIdes el padre Mauro Armanino, sacerdote de la Sociedad para las Misiones Africanas, hermano del padre Gigi Maccalli secuestrado en Bomoanga el 17 de septiembre de 2018.

El misionero dirige un pensamiento particular al hermano/amigo recordando uno de los muchos momentos compartidos. “Querido Gigi, cuando tuvimos el accidente de coche en Padua, estuvimos unos días en el mismo hospital. Me enviaste una nota escrita a mano, en la fonética de nuestro kulango de Costa de Marfil, disculpándote por lo sucedido. Te salvaste porque así tenía que ser, porque conducías tú y me acompañabas a la estación de tren, con tu disponibilidad habitual. Quién sabe por qué me vino a la mente este detalle, a unos instantes del segundo aniversario de tu secuestro por parte de unos extraños la noche del 17 de septiembre. Puede ser que, debido a ese milagro quirúrgico que entonces reconstruyó las partes heridas de tu cuerpo, a los hierros en tus huesos y a la inmovilidad forzada que sufriste lo que ahora te ha preparado para vivir este cautiverio. “Ahora los hierros son diferentes y se asemejan a clavos en muñecas y pies, el costado ya estaba herido por los años que pasamos juntos en la misma misión en Bondoukou”, añade el padre Armanino.

El misionero recuerda otro episodio grabado en su memoria: “Cientos de peregrinos regresaban de la Meca al mismo tiempo y a ellos se les daba prioridad para salir del aeropuerto Diori Hamani de Niamey. Mientras esperábamos tu avión, pensaba en cuando llegué por primera vez al país, en abril de 2011, y fuiste tú quien me recibió y me acompañó a la casa donde vivo desde entonces. A veces nuestros hermanos te gastaban bromas. Recuerdo que tu habitación era la número 2. Allí dejabas tus cosas en el armario metálico para tus visitas quincenales, cuando venías a la capital a comprar lo necesario para vivir con dignidad en Bomoanga, a más de 130 kilómetros de Niamey, en una zona semidesértica. Traías siempre noticias de las profundidades, de los campesinos pobres y de las pequeñas y frágiles esperanzas que intentabas compartir con nosotros a través de proyectos de un atento humanismo integral. Dormiste en esa habitación la última noche antes de partir hacia tu misión y, junto con algunos amigos, cenamos en el restaurante italiano de Niamey, el conocido “Pilier”. El embajador nos había ofrecido lo que, comentando con él y otros, habría sido nuestra última cena antes de la tragedia. Todos estaban en esa cena. Los pobres, los niños que cuidabas, la pequeña que murió en el Bambin Gesù de Roma en un intento desesperado por salvarla, los animadores, las familias, los jóvenes a los que ayudaste a continuar sus estudios o formación profesional… Quizás también había un Judas entre ellos.

Siempre hay alguien, en cualquier parte, que traiciona a sus amigos, que informa, consciente o inconscientemente, a los secuestradores de tu regreso y tus hábitos nocturnos. Era de noche y los que luego te secuestrarían sabían que no cerrabas inmediatamente la puerta de tu dormitorio. La gente iba a tu misión a buscar medicinas para emergencias que siempre faltan en una aldea remota y sin servicios sociales. Sabían que tenían a mano una luz y una puerta que se abría con una sonrisa de esperanza”.

El padre Armanino sigue rezando por su hermano y recordando “la última noche en Bomoanga, un lugar que ni siquiera se encuentra en los mapas más sofisticados de Google, la última o casi la última de las pequeñas aldeas sin más futuro que el que él y la comunidad cristiana le estaban tratando de ofrecer. Una escuela media, un posible internado y sobre todo la necesidad de ofrecer razones para permanecer con una vida digna en ese lugar”.

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