Julio, agosto, septiembre... Recordamos con nostalgia los veteranos las veraniegas vacaciones de nuestra juventud. La siega, las carretas de bueyes cargadas de gavillas... Y, sobre todo, el circular mandala de la era con sus mulas, su trillo, su sol de mediodía... En aquella mi primera juventud escribí desde el corazón estos emocionados versos:
SIEGA
"Los bueyes, con sabio ritmo,
mueven la carreta de oro,
donde -¡oh sus trenzas de espiga!-
viaja la Reina de Agosto.
Uniformados de sol
se cuadran los grandes chopos.
Pero llora el carretero:
¡ay, desangrados rastrojos!"
"Pan y vino" he titulado esta pequeña serie de versos para el mes de septiembre. Por Castilla cantaban los mozos, en primavera, alegres marzas por las esquinas del pueblo. Y anunciaban un año de amores y cosechas. Se van desgranando los meses...:
"Desde agosto viene septiembre.
¡Oh qué lindo mes es este,
que recoge pan y vino.
¡Si durara para siempre...!
¡Si para siempre durara,
pan y vino no faltara..."
ALFONSA DE LA TORRE CANTA A LAS ESPIGAS
Poetisa de la generación de posguerra, Alfonsa de la Torre (1915-1993), Premio Nacional de Literatura en 1951, desde su pequeño paraíso de la finca "La Charca", en Cuéllar, escribe poemas hermosos rodeada de pinos y fecunda naturaleza. Por la rica vegetación podían descubrirse exóticos animales, como pavos reales o tigres...
En el extenso poema que presentamos observa y siente Alfonsa la mística belleza de una espiga de trigo, de un mar de espigas ondeando como banderas de luz... Serán un día trituradas en el molino y horneadas en la panadería. Y algunas llegarán a convertirse en Carne de Cristo.
Tan maravillosos seres también tienen alma y cantan salmos al Creador:
HIMNODIA DE LAS ESPIGAS
Alabad al Señor, espigas verdes,
espigas de lumbre, que os balanceáis y gozáis como
criaturas paradas al borde de los caminos,
alabad al Señor.
Alábenle vuestros granos y vuestros rayos verticales,
alábele vuestra forma,
y vuestra norma,
y la ternura de vuestra sombra.
Alabad vosotras al Señor,
alabadle en vuestra esencia,
en el blanco pan y en las hogazas morenas,
en los bollos de los bautizos
y en las roscas de las bodas;
ensalzadle en la oculta sustancia de las hostias.
Alabadle vosotras,
alabadle, espigas,
en los llanos y en las colinas,
en los pedregales y en los secanos;
alabadle por toda la haz de los campos,
alabadle por toda la haz de la tierra,
de las playas a las riberas,
de los barrancos a las cumbres de los montes;
alabadle en las alboradas y en las noches,
en los inviernos y en los veranos;
alabadle por toda la haz de los campos.
Alabadle, hermanas;
alabadle, espigas;
alabadle, prometidas,
cuando estáis verdes y floridas,
cuando vais vestidas
con la túnica de mayo
y coronadas de frescos rayos.
Cuando os sentís nuevas y tiernas,
cuando vuestra sangre vegetal despierta
y se inundan de verde las praderas;
cuando dejan de soñar los grillos y las rosas
para irse a vivir con vosotras
y zumban por doquier las abejas y las tórtolas;
cuando os requebráis entre los surcos
dejando volar vuestro aroma.
Alabadle cuando se emparejan las mariposas,
alabadle entre el verdor, espigas de amor,
alabad al Señor.
Alabadle en la plenitud de los estíos,
cuando la fuerza del sol os madura los hijos;
vuestros hijos, que tienen forma de corazones
y son duros como dolores
y se aprietan a vuestra espina
en el silencio de las noches.
Alabadle en la ternura maternal del brote,
alabadle en la generosidad de vuestros dones,
en la fecundidad de vuestros cuerpos
y en la ofrenda de vuestros tormentos.
Alabadle también en las hoces
durante la siniestra media luna de las hoces;
alabadle, espigas secas,
mientras vuestra carne se quiebra;
alabadle en la degollina de la siega,
en el interminable entierro de las carretas,
y en el pagano circo de las eras,
y en la tortura redonda de la piedra,
y en el blanco holocausto de la muela;
alabadle cuando vuestras cenizas se aventan
y vuestros bellos tallos se comen las bestias.
Alabadle, víctimas;
alabadle, espigas;
alabadle, espigas muertas, si ya la noche se adentra.
Alabad al Señor
en el impulso del sembrador,
en la mano del sembrador que os entierra
por toda la haz de la tierra,
para que vuestros tallos florezcan,
para que os elevéis en verdor,
para que os levantéis hasta las estrellas;
alabad al Señor.