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Opinión
Escuchando en la rueda de prensa celebrada tras la Asamblea Plenaria de los obispos, al secretario general de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, pronunciarse, ante la muerte provocada por suicidio asistido, de María José Carrasco y, la autoinculpación en los hechos de su pareja, Ángel Hernández, he sentido que a sus palabras les faltaba algo. Sí, les faltaba la palabra “perdón”. La palabra perdón que deberíamos hacer extensiva a quienes encuentran no solo en la eutanasia, sino en el aborto, el suicidio, las drogas, la ludopatía, la prostitución, … el camino y la solución a los problemas de sus vidas.
Sí, la primera palabra de la Iglesia debería de ser “perdón”. Perdón por no haber sabido acompañarlos de tal manera que no optasen por esas vías sino por la vida como valor supremo, tal y como la entendemos desde el Evangelio.
No me refiero a una coacción mediante argumentos morales o de castigos divinos, no. Se trata de que libremente encuentren en la opción de la vida, y no en el de la muerte, el mejor camino.
Alguien podría argumentar: pero es que hay muchos casos en los que no se dejan acompañar por la Iglesia. Y yo digo: están en su derecho.
Y ahí es donde tiene que demostrarse la fe y la plena confianza en el poder de la oración.
Por lo tanto, a María José y a Ángel lo primero que hay que decirles hoy es: Perdón. Perdón por no haber sabido acompañaros debidamente. Y si se intentó, que lo desconozco, y se fracasó, nuevamente perdón. Perdón por no haber creído lo que predicamos, que para Dios nada hay imposible, perdón por no haber rezado lo suficiente.
¡Quién somos nadie para cambiar a nadie! Solo Dios puede llegar al corazón de cada persona y ayudarle a descubrir otra dimensión de la vida humana.
Tanto respeto merecen María José y Ángel, que optaron por adelantar la muerte voluntariamente, como quienes, llevados por su fe o por las razones que sean, deciden no prolongar la agonía artificialmente ni tampoco provocar la muerte antes de que esta llegue de forma natural.
No es tarea nuestra, de la Iglesia, entrar en el debate de la calificación civil y penal de los hechos. Para nosotros no es un caso de eutanasia, son dos vidas atormentadas por el dolor y la enfermedad de las que nos tiene que preocupar si su situación la han vivido en soledad, si a sus razones para elegir la muerte somos capaces de darles argumentos y hechos que los lleven a apostar por la vida. Y si al final deciden no escucharnos, o nuestros argumentos no les convencen solo nos queda hacernos a un lado respetuosamente, rezar por ellos y mantener la mano tendida siempre por si se produce el milagro.
Nuestra seña de identidad es la Misericordia y da igual cual sea la circunstancia de la persona, en el Evangelio del quinto domingo de Cuaresma hay una respuesta de Jesús de Nazaret. Si nos preguntamos qué haría Cristo ante María Jesús y Ángel, la respuesta está ahí: no miraría los hechos ni la ley, miraría a la persona. A todos los demás, nos diría: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”.
Los cristianos estamos llamados a llegar donde no llega la ley, al corazón de cada hombre y cada mujer. Y para llegar hasta ahí hay varias palabras mágicas, y una de ellas es “Perdón”.
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