Serie de artículos 3 de marzo 50 años. El silencio de los obispos “del régimen”
El pueblo reprochó siempre a monseñor Peralta su silencio
Serie de artículos 3 de marzo 50 años. El silencio de los obispos “del régimen”
La verdad, por dura que resulte, siempre es mejor que el silencio. Todos los indicios apuntan a una “responsabilidad” por omisión, dejadez, miedo, o permisividad de monseñor Francisco Peralta en los sucesos del 3 de marzo de 1976 en la ciudad de Vitoria que acabaron con la vida de cinco trabajadores.
El Concordato exigía el permiso de la autoridad eclesiástica para proceder al desalojo de los trabajadores por la fuerza por parte de la policía. Las preguntas, por falta de una información clara, siempre han quedado en el aire:
¿Cuál fue el contenido de la última conversación entre monseñor Peralta y el Gobernador Civil de Álava?
¿Autorizó monseñor Peralta la acción violenta de desalojo de la iglesia de San Francisco?
¿Fueron las autoridades civiles las únicas responsables de saltarse el Concordato o hacer una lectura interesada de la cláusula de excepción al derecho de asilo?
Monseñor Francisco Peralta dió muestras repetidas de su carácter dócil al régimen, de su preocupación por cuestiones litúrgicas y sacramentales y su silencio por cuestiones sociales. Su silencio en el caso Añoveros, su falta de empatía frente al acoso que recibía un hermano en el episcopado de su diócesis vecina fue clamoroso.
Todos esos detalles avalan las opiniones de colaboracionismo o de inhibición al menos el 3 de marzo de 1976.
Los fastos en la inauguración de la inconclusa con-Catedral Nueva de María Inmaculada con la presencia del Generalísimo Franco también fueron objeto de crítica por parte de un sector del clero alavés y del pueblo de Vitoria.
Aunque presidió el funeral que tuvo lugar en la catedral el 5 de marzo tuvo que escuchar los pitidos y reproches de muchos asistentes.
La famosa homilía, de la que logró vetar algunos párrafos pero que se conserva su texto íntegro, no fue pronunciada por él. El protagonismo de la celebración lo tuvieron los féretros presentes, un presbiterio lleno de sacerdotes, y la voz de Jesús Navas representante de los trabajadores que pronunció aquella célebre frase de “estos muertos son nuestros, estos muertos son del pueblo de Vitoria.”
Años más tarde se intentó saber la verdad del papel del obispo en los sucesos del 3 de marzo, pero un hermetismo y un silencio absoluto eran la consigna. Yo mismo pregunté en varias ocasiones a quien fue su vicario general, José Antonio Aguirre, y siempre obtuve la misma respuesta: “Vicente, no voy a contarte nada sobre ese tema”.
El problema es que ante la falta de información la imaginación es muy libre de escribir la historia, y en esta ocasión son más los indicios que apuntan a una sumisión a la voluntad del régimen franquista que a una firme oposición a la actuación policial. Por eso, para muchos alaveses que vivieron en persona aquel 3 de marzo, para las víctimas y sus familiares, lo que les surge es un reproche a la actuación del obispo en aquellos días.
En aquellos años eran muchas las personas que vivían con miedo frente al régimen franquista que aún coleaba tras la muerte de Franco. Sería entendible que Francisco Peralta fuese un miedoso ante las posibles represalias; pero también es cierto que ocupaba un cargo que exigía haber dado un paso al frente. Y si lo dió, debería saberse, y si no lo dió también. El silencio en esta ocasión no le protegió sino que la duda ha sido su condena para la historia.
Recordemos que los obispos estaban obligados a pronunciar un “Juramento de fidelidad al Régimen” Este es el texto que pronunciaban los obispos ante el jefe del Estado y en presencia del ministro de justicia tras haber sido nombrados: “Delante de Dios y de los santos Evangelios, juro y prometo, como corresponde a un Obispo, fidelidad al Estado español y al orden público y que haré observar a mi Clero una conducta semejante. deseoso del bien y del interés del Estado español me aplicaré a evitar todo el mal que pueda amenazarle.” (Colligete, nº 65, 1971)
Como curiosidad histórica este juramento de fidelidad se puede remontar en España a la época de Felipe IV, y la fórmula usada fue tomada por el régimen franquista de la que ya se usaba en la República.
En los años 70, cuando Peralta llevaba ya una larga trayectoria en Vitoria, era evidente la falta de conexión entre el clero renovador y el obispo de la Diócesis. Como escribe Josu Alday en su libro “Crónicas. La voz del clero vasco en defensa de su pueblo”: “Mientras éste (el clero vasco renovador) se esforzaba por encarnar el Evangelio a la situación del Pueblo Vasco. monseñor Peralta seguía preocupado en que sus sacerdotes (y cita textualmente) “eviten la asistencia o participación en espectáculos, diversiones o reuniones que no favorezcan el testimonio de vida que el sacerdote debe dar y que los fieles tienen el derecho a esperar de nosotros; piensen no solo en su vida personal y espiritual sino en el escándalo que pueden producir y en el testimonio que deben dar; eviten la asistencia a espectáculos cinematográficos y teatrales de manera especial cuando la calificación de los mismos los hacen desaconsejables aun para los mismos seglares. Muestrense los sacerdotes graves y dignos en su comportamiento , incluso en su manera de vestir … Responsabilizamos así mismo a la Comisión del Clero para una fraternal vigilancia y esperamos que nos informará de los posibles abusos que Nos, con paternal benevolencia pero a su vez con decidida energía. trataremos de corregir” (sacado del boletín diocesano donde se consignaban las normas, prescripciones y facultades para el año 1970)
También, señala Alday, que el obispo se mostraba preocupado porque se rece la colecta “Et fámulos” y sobre dónde ha de dejarse la llave del Sagrario. También recoge la preocupación por la vestimenta con la que los fieles acuden a los templos.
En definitiva cuestiones “trascendentales”, ¡con la que estaba cayendo en la sociedad! Afortunadamente el pueblo contaba con una parte del clero alavés “con olor a oveja” que diríamos hoy. Como señala Alday: “El Clero alavés no ha tenido fama de revolucionario,, sin embargo su espíritu renovador no ha callado nunca.” (y que no decaiga)
El Diario El Correo, dentro de una serie de artículos con motivo de los 50 años de los sucesos del 3 de marzo, ha publicado una entrevista con el actual obispo de Vitoria, monseñor Elizalde. Muy loable la actitud corporativa de Elizalde exculpando a su antecesor de cualquier responsabilidad y señalando que en los archivos diocesanos está toda la información. Pero no consta, hasta donde yo sé, una transcripción de aquella conversación del obispo con el Gobernador Civil que daría mucha luz como ya he señalado. Tan solo el obispado emitió notas de llamamiento a un “prudente silencio”.
Si existe una transcripción de esa conversación y se conserva en archivos del Estado o de la Iglesia ayudaría mucho a saber la verdad de cuál fue la actitud de Peralta aquel día.
Señalar también la valentía de Elizalde en esta entrevista al denunciar el sesgo político que a todo lo del 3 de marzo se le quiere dar por parte de algunos sectores. Un sesgo que lleva años marcando la celebración del 3 de marzo y del que he sido testigo directo desde el balcón de mi casa en muchas de las manifestaciones que partían desde la iglesia de San Francisco. Un sesgo que también tuvo durante el encierro de un grupo de jóvenes en la parroquia.
Es evidente que el mundo abertzale encontró un hueco por el que colarse arropando a las víctimas del 3 de marzo y arrimando el ascua a su sardina. Quizá otros tendrían que haber hecho esa labor de arropo y acogida.
Es importante de cara a futuro y al Memorial del 3 de marzo que toda la verdad salga a la luz, la que afecta al mundo político, al sindical, al social y al eclesial.
Creo que los hechos de la historia hay que leerlos a la luz de su respectivo contexto histórico y no podemos juzgar con la mirada de hoy hechos que ocurrieron en el pasado. Lo que no obsta para pedir conocer la verdad de los hechos.
Monseñor Peralta era uno de los muchos “obispos del régimen” que estaban al frente de las diócesis en aquellos años. Pero no dejaba de ser una persona como los demás a la que el miedo, que tan extendido estaba por aquel entonces, podía condicionar sus actuaciones.
Por otro lado seguramente él, como “todo el mundo”, no sospechaba ni de lejos la dimensión trágica que acabarían teniendo los acontecimientos de desalojo de los trabajadores de la iglesia de San Francisco. No era la primera vez que la policia entraba en un templo como recordaré en un próximo artículo. Si los trabajadores hubiesen temido esa respuesta policial la asamblea se hubiese desconvocado por seguridad y ni de lejos hubiesen acudido algunas personas con sus hijos pequeños que pusieron a salvo en la capilla del templo.
No se trata ni de blanquear la imagen de monseñor Peralta y ni de ponerlo en la picota por cobarde. Pero el “prudente silencio” que se recomendó desde el obispado y la falta de información que se ha dado a lo largo de estos 50 años, quizá porque no se disponga de ella y quien la tuvo se la llevó a la tumba, el caso es que en el funeral el pueblo mostró su crítica al obispo de Vitoria y le reprochó su silencio “cómplice”.
Elizalde recoge en la entrevista el comentario que algún sacerdote le hizo indicando que ni la presencia del obispo en San Francisco hubiese evitado la desgracia. Posiblemente, pero lo que sí habría cambiado con su presencia es la imagen del obispo de Vitoria para la Historia.
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