Sacerdotes vascos en primera línea de la lucha obrera. Una iglesia “cercana, compasiva y encarnada” en el mundo del trabajo

Serie 3 de marzo 50 años. El clero al lado de los trabajadores

Si bien desde la jerarquía eclesiástica se vivía muy lejos de la realidad que se cocía en las calles y las casas de los trabajadores, muchos sacerdotes, vascos, asturianos, madrileños, gallegos, y de otros rincones de “la piel de toro”, fueron testigos del evangelio en primera línea

No eran solo los curas de “izquierdas” los que defendían el derecho de los trabajadores a encontrar un espacio seguro en la iglesia

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Aunque pareciera que la Iglesia prima la vida contemplativa a la vida activa, ya la regla de San Benito lo deja claro: Ora et labora. El trabajo siempre ha sido considerado, respetado, acompañado y defendido por parte de la Iglesia aunque quizá su máxima expresión de defensa la encontremos en lo que se conoce como la Doctrina Social de la Iglesia y los documentos emanados en el Concilio Vaticano II junto con el magisterio de los Papas es la fuente principal. 

La Doctrina Social de la Iglesia cuenta como digo con una sólida tradición de documentos pontificios (encíclicas, cartas apostólicas) que defienden los derechos laborales, la dignidad del trabajador y la justicia social. Estos documentos surgieron a menudo como respuesta a situaciones de explotación industrial y económica. A rebufo de la industrialización la Iglesia quiso salir con una palabra. 

Los documentos más destacados en defensa de los derechos laborales son sin duda alguna los siguientes:

  • Rerum Novarum (1891) - León XIII, en quien se inspiró el actual pontífice para tomar su nombre: Es considerada la "carta magna" del trabajo y el punto de partida de la doctrina social moderna. Defendió el derecho a un salario justo, condiciones dignas, la limitación de la jornada laboral y el derecho de los trabajadores a formar asociaciones (los sindicatos).
  • Quadragesimo Anno (1931) - Pío XI: Publicada en el 40º aniversario de Rerum Novarum, en plena crisis económica. Aborda la reconstrucción del orden social, critica el capitalismo desenfrenado y el socialismo, y refuerza la necesidad de un salario familiar y la colaboración entre capital y trabajo.
  • Mater et Magistra (1961) - Juan XXIII, un pontífice que ya mostró durante su etapa como patriarca de Venecia su proximidad al mundo obrero: Destaca la importancia de la socialización, la necesidad de que el trabajo sea realizado en condiciones humanas y la justa distribución de la riqueza.
  • Laborem Exercens (1981) - Juan Pablo II, como sacerdote y como obispo había conocido en su Polonia natal el nacimiento del Sindicato Solidaridad: Es la encíclica dedicada específicamente al trabajo humano. Define el trabajo como un derecho fundamental, una clave de toda la cuestión social y una actividad personal digna. Defiende la primacía del trabajo sobre el capital y el concepto de "trabajador indirecto" (empleadores, estado).
  • Centesimus Annus (1991) - Juan Pablo II: Nuevamente la “carta magna del trabajo” inspira a Juan Pablo II y le sirve para conmemorar el centenario de Rerum Novarum, analizando los cambios económicos en el nuevo marco internacional y la caída del comunismo, reafirmando los derechos de los trabajadores y la propiedad privada con función social.
  • Laudato Si' (2015) - Francisco, el Papa que de obispo viajaba en el transporte público como uno más: Aunque centrada en el medio ambiente, también aborda la necesidad de un trabajo digno y la protección de los trabajadores dentro de una "ecología integral", enfatizando que el trabajo es parte del sentido de la vida.
  • Fratelli Tutti (2020) - Francisco: En esta encíclica reflexiona sobre la fraternidad y la amistad social, denunciando la "cultura del descarte" que afecta a los trabajadores y promoviendo un trabajo decente y digno. 

Si bien León XIV no ha sacado aún un documento específico sobre el mundo del trabajo, que lo hará, sí se ha pronunciado en algunos momentos como en una de las audiencias en la Plaza de San Pedro en el pasado mes de octubre cuando dijo: “Sean una Iglesia cercana al mundo del trabajo, compasiva y encarnada, para que el anuncio del Evangelio se convierta en presencia concreta de consuelo y esperanza, pero también en palabra profética que recuerde la importancia de garantizar el trabajo para todos”. Esa es la misma idea que movió a muchos sacerdotes a mojarse y arriesgar hasta su vida por estar junto a la clase obrera en aquellas décadas de los 60 y los 70 en España. 

Los temas clave defendidos por la Iglesia en esta cuestión del trabajo podrían resumirse en: 

  1. Dignidad del trabajador: El trabajo no es una mercancía, sino una actividad humana digna.
  2. Salario justo: Suficiente para mantener al trabajador y a su familia.
  3. Derecho de asociación: Derecho a formar sindicatos.
  4. Descanso: Respeto a los tiempos de descanso y celebración (Dies Domini).
  5. Seguridad: Condiciones de trabajo seguras

Demandas que estaban presentes en aquella asamblea del 3 de marzo en la Iglesia de San Francisco de Vitoria.

Pero lo que quiero traer a colación más concretamente en el artículo de hoy es el compromiso que muchos sacerdotes asumieron con la clase trabajadora, algunos incluso formaron vocacionalmente parte de la clase trabajadora convirtiéndose en esa categoría de “curas obreros”, sacerdotes que bajaron a la mina, que estuvieron codo a codo en las fundiciones, que tomaban chiquitos (txikitos) en los bares y que compartían el almuerzo y la palabra en los descansos laborales. 

Pero también, esos mismos curas, eran los que estuvieron en la lucha, en la reivindicación de los derechos de los trabajadores y de sus familias, que compartieron sus penurias, sus huelgas, sus bajos salarios (porque el sacerdote que tiene un trabajo destina lo que le corresponda como sacerdote a la caja de compensación sacerdotal de la diócesis) y pasa a vivir de su salario civil, por decirlo de alguna manera. Lo que es justo claro; y también, hubo sacerdotes que compartieron con los trabajadores la persecución, los arrestos y hasta la cárcel. De eso hablaré en otro artículo. 

De esos sacerdotes comprometidos con la clase obrera es de quienes quiero hablar un poco e invitar a leer la literatura y los trabajos que sobre ellos se han editado, que es amplia y variada. Yo me limitaré a un sobrevuelo por esta realidad que fue fundamental en los años 60 y 70 del siglo pasado. 

Curas Obreros Libros
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Los hechos del 3 de marzo fueron parte de las muestras de sintonía entre una parte del clero vasco y la clase obrera. Las parroquias que se abrieron a las asambleas de trabajadores era una clara manifestación de esa empatía. Amparados, teóricamente como ya expuse en el artículo anterior, en el derecho de asilo, muchos sacerdotes entendieron que la iglesia era el único espacio donde los obreros podían manifestarse y reunirse en libertad. Pero el régimen no estaba dispuesto a respetar los acuerdos Iglesia-Estado. Así fue como repetidas veces se violó el Concordato en ese punto del derecho de asilo. 

Pero hubo más gestos que podemos traer a la memoria como la supresión de misas dominicales que acordaron 7 parroquias del extrarradio de Pamplona en noviembre de 1974 como repulsa a los desalojos que la policía llevaba a cabo por la fuerza en algunos templos, en concreto esta protesta hacía referencia al desalojo de la catedral de Pamplona que tuvo lugar el 21 de noviembre a las 7 de la tarde. 

Lo más habitual eran los escritos que los sacerdotes dirigían especialmente a sus obispos, aunque también los hubo dirigidos a las autoridades públicas, militares, judiciales e incluso hasta al mismísimo Caudillo. 

Escritos donde denunciaban las situaciones laborales, la falta de libertades políticas y sindicales, las penurias de los trabajadores en sus puestos de trabajo y de sus familias en el acceso a los bienes más básicos.  

Si bien el clero alavés fue el menos beligerante, sus hermanos de la diócesis de Bilbao y de San Sebastián sí lo fueron y pagaron por ello. Muchos vizcaínos conocieron de primera mano la cárcel de Zamora. En Donosti la llegada de Setién como obispo auxiliar fue bien recibida. Sería años más tarde cuando ya de titular Setién generase disparidad de opiniones. 

Pero esa sintonía que sacerdotes y religiosos tuvieron con los trabajadores fue la que se pudo sentir en los barrios de Vitoria, en las iglesias atendidas por sacerdotes diocesanos y en las atendidas por religiosos como los dominicos que se ocupaban de la parroquia de Los Ángeles, donde la misma mañana del 3 de marzo la policía había desalojado una asamblea de trabajadores. 

Esa sintonía traspasaba incluso ideologías políticas. No eran solo los curas de “izquierdas” los que defendían el derecho de los trabajadores a encontrar un espacio seguro en la iglesia. Recuerdo al párroco de Los Desamparados, un sacerdote de corte tradicional y cercano a la clase acomodada de Vitoria. Pero que de puertas para adentro puedo dar fe que vivía con austeridad y generosidad con los más necesitados. Lo digo porque fui feligrés suyo, monaguillo de su parroquia y de las celebraciones que cuidaba en la Catedral Vieja de Vitoria. Bien, pues yo pude ver a D. Javier Illanas detener el paso a la iglesia de los Desamparados a “los grises”. Y pude escuchar a otro sacerdote, capellán de la Policía Nacional, mostrar su indignación y sorpresa por los hechos del 3 de marzo. Era D. Francisco Murua, un amigo muy cercano de la familia. Fue él quien nos hizo llegar a casa una cinta de cassette con los audios de la policía captados por la radio. 

Incluso la jerarquía eclesiástica “entendía y respaldaba - a su manera” - todo hay que decirlo, la actitud de los curas más implicados en la lucha obrera. Por eso fue mayor la indignación ante “el prudente silencio” recomendado por el obispado. Aunque se conocía sobradamente la inclinación del obispo Peralta por el régimen de Franco, su cercanía al Generalísimo, al que como me han comentado recientemente solía acompañar desde Miranda de Ebro hasta Alsasua en sus desplazamientos veraniegos hasta San Sebastián; y la confianza y amistad que le unía a Doña Carmen Polo, la esposa de Franco.

El caso es que si bien desde la jerarquía eclesiástica se vivía muy lejos de la realidad que se cocía en las calles y las casas de los trabajadores, muchos sacerdotes, vascos, asturianos, madrileños, gallegos, y de otros rincones de “la piel de toro”, fueron testigos del evangelio en primera línea. Algunos hasta llevarlos a la cárcel de Zamora, de la que hablaré en el próximo artículo.

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