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Sobre la eliminación de vidas durante el embarazo
Cada vez estoy más convencido de que vivimos en un régimen dictatorial que llamamos democracia. Cualquier aspecto y circunstancia que no sabemos manejar desde la educación y la razón la convertimos en ley y “asunto arreglado”. Y en ese saco incluyo desde absurdas normas de circulación que podrían ser sustituidas por sentido común hasta poner por ley la obligación de poner el latido del feto a las madres.
¿De verdad nos creemos que por quitar sonido al ecógrafo la criatura que se encuentra en el seno materno va a dejar de latir? Ni aunque le regalen tapones de cera una madre puede escapar del sonido de los latidos de su bebé, porque siempre sonarán en su interior, en su conciencia.
Una vez más seguimos sin abordar el problema de frente, seguimos teniendo unas instituciones inútiles que no saben cómo abordar el conflicto de un embarazo no deseado con el derecho a una vida en gestación. Y que no tienen narices a llamar a las cosas por su nombre: eliminación de una vida en proceso de desarrollo y gestación.
Hemos preferido convertir la palabra “aborto” en un eufemismo sin carga moral y social, en un trámite para quitar un “problema” de encima.
Vivimos en una sociedad de incoherencias como las que denuncia monseñor Argüello cuando escribe “Se dicen progresistas, y convierten en derecho interrumpir el progreso de una vida humana en el seno materno. Dicen defender la autonomía sin chantajes emocionales, y evitan la información científica y la reflexión. Exigen el “sexo consentido”, y prescinden del padre al decidir.”
Seguimos sin abordar la situación de las mujeres que llegan a un embarazo no deseado, por el motivo que sea.
Cada embarazo no deseado es un fracaso social, cada aborto provocado es un fracaso social; lo que se elimina es una vida y lo que se lleva a cabo es una muerte, una muerte que el feto tiene que sufrir por muy rápido que sea el sistema elegido. Si como sociedad vamos a conceder el derecho de una madre para acabar con la vida de su hijo, digámoslo tal cual es, sin eufemismos, y luego allá cada cual con su conciencia, que es donde suenan los latidos del corazón. Pero si por el contrario optamos por ser una sociedad que lucha más por la vida que por la muerte, demos todas las herramientas posibles para el acompañamiento de esas mujeres para que decidan desde la verdadera libertad, la que se ejerce con toda la información sobre la mesa. Y si nada logra ofrecer una alternativa viable que se la siga acompañando porque …los latidos ella los va a seguir oyendo en su cabeza, y eso sabemos que será así, y no todas lo podrán saber llevar seguramente. Porque un aborto no concluye en la mesa del quirófano, permanece durante mucho tiempo, y a veces toda la vida. Esta es la cruda realidad. Por todo esto el aborto no es un logro social, sino más bien un fracaso social.
Por mucho que las clínicas abortivas pretendan llenar de asepsia clínica y moral el proceso de un aborto, son solo maquilladoras de una cruda realidad, son las encargadas de hacer el trabajo sucio a una sociedad incapaz de hacerle frente a una trágica realidad. Por eso cuando los latidos de esas criaturas empiezan a sonar en las conciencias de sus trabajadores y trabajadoras, muchas de ellas y de ellos se convierten en activistas pro vida.
No digo que las soluciones sean fáciles, pero sí creo que una ley que obligue o prohíba nada por decreto será la respuesta ni pondrá sordina a los latidos de los seres concebidos.
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