Requiem por un año que se ha ido

"Señor y Padre mío: dame el frescor de esta pradera llana
Riégame del rocío de tu mejor mañana
Hazme nuevo, Señor, y ante el cielo y los campos y la flor
Haz que mi asombro desvelado diga
Señor… esta es la rosa, esta es la espiga
Y esto que llevo dentro es el amor"

(J. M. Pemán)


No lo puedo remediar, todos los años por estas fechas, cuando se aproxima el relevo del nuevo calendario, me recorre por dentro algo así como un escalofrío. Siento nostalgia de que se acabe algo a lo que ya me había acostumbrado, pena porque se me va un año más de las manos y ya me van quedando pocos, e inquietud siento también por saber con que intenciones vendrá el que está llamando a la puerta, a pesar de los buenos deseos que por todas partes se prodigan. Me parece bien que la gente salte de alborozo, pero reconozco que la alegría por la llegada del Año Nuevo no está hecha para mí. Yo no sé si he de pedir perdón por ello, en cualquier caso no quisiera ser el aguafiestas de nadie.Lo que a mí me pasa puede tener su origen en una visión sobredimensionada del tiempo, envolvente y sobrecogedora. Yo siempre he sentido una gran admiración por los grandes filósofos de la historia, cuando aseguran que al final cada uno de nosotros no somos sino lo que hemos hecho a lo largo de los años, que nos reconocemos en lo que hemos ido sembrando a golpe de péndulo del reloj, ni más ni menos. Por eso yo me tomo tan en serio esto del tiempo y siento una necesidad de hacer balance al final de cada año que pasa.
Para poder llevar a cabo este ejercicio son indispensables dos condiciones previas: Una sería estar dotado de la capacidad y voluntad de interiorización para radiografiarnos por dentro y así poder conocer lo que tenemos, lo que nos falta, lo que somos y lo que podemos llegar a ser. La otra es creer en la trascendentalidad del tiempo que sobrepasa el “presentismo” en que está instalada la cultura posmodernista. El momento presente, que es con lo que se ha quedado el hombre de hoy, es sin duda una dimensión del tiempo; pero existe además un pasado que no sólo nos alecciona sino al que se ha ido ajustando nuestro modo de ser y de pensar, por lo que es conveniente echarle un vistazo de vez en cuando y también existe una dimensión de futuro que es el horizonte donde se vislumbran esperanzas trascendentes.
Para gente medianamente informada no haría falta decir que este scanneo interior es una de las practicas más recomendadas por los maestros del espíritu de todas las religiones, por filósofos, incluso por psicólogos, o sea que malo no es; lo que sucede es que tratar de ir al encuentro de uno mismo, quedarse a solas en medio de un silencio sobrecogedor, es un hueso duro de roer, que no va con los tiempos que corren. Vete a decirle a cualquiera de tus convecinos que un examen de conciencia en profundidad va a ayudarle a encontrar el equilibrio mental, que va a traerle la paz del espíritu que tanto estamos necesitando todos. Vete a decirle que para expulsar los demonios que llevamos dentro nada mejor que recogerse en el silencio interior, cuando lo que se busca en estos días y a precios carísimos, es exactamente lo contrario, lo que unos y otros quieren es escapar fuera de sí mismos para perderse en medio del bullicio para poder así espantar los miedos o la fobias con los ruidos estruendosos de petardos y vuvuzelas
Ya sé que casi nadie va a tomar en serio esta reflexión mía, incluso habrá quien crea que ello forma parte de una contracultura subversiva y oscurantista, que atenta contra la civilización del progreso. Allá cada cual. Después de todo yo no trato de adoctrinar a nadie y lo único que pretendo es ofrecer modestamente mi experiencia personal y lo hago con todo la sinceridad de que soy capaz. Pienso en el año 2017 que se nos ha escapado para siempre; ha sido un año que ya nunca podré recuperar y sólo me pregunto. ¿He aprovechado el montón de oportunidades que el Señor del Tiempo puso entre mis manos? ¿Cuantos miles de horas he arrojado a la basura? A fuerza de ser sincero he de confesar que hoy por hoy el delito más grave del que yo debiera arrepentirme no es precisamente el de matar el tiempo o al menos, esto es lo que yo pienso.

No me gusta malgastar las horas, aunque soy consciente de que muchas páginas han quedado en blanco y esa es mi pena. Procuro tener ocupaciones de repuesto, unas más serias, otras no lo son tanto, entre ellas está la de aprender inglés, que por cierto, ya no sé que más podría hacer como no sea comenzar a metabolizar productos británicos, a ver si con ello se me pega algo. Recuerdo y recordaré siempre la frase que en su día escribiera Nikos Kazantzaki: “El tiempo ha llegado a ser para mí el bien supremo. Cuando veo a los hombres pasearse, vagar o malgastar el tiempo en discusiones vanas, me dan deseos de ir a una esquina a tender la mano como un mendigo: Dadme una limosna, buenas personas; dadme un poco del tiempo que perdéis, una hora, dos horas, lo que queráis.” Pordioseros del tiempo debiéramos de ser todos o si lo prefieren traperos del tiempo, como le gustaba llamarse a sí mismo Gregorio Marañón, quien decía: No desperdiciar ningún resto del tiempo. Ser trapero del tiempo. Éste es el secreto del trabajo. Necesitamos sí que Dios nos ayude a llenar de contenido nuestro tiempo… Pero esto no lo es todo…

Entre matar el tiempo y sobrecargarlo de cosas inútiles tampoco es que haya mucha diferencia. A los hombres nos parece que lo importante en la vida es conseguir metas y poder ver realizado nuestros sueños. Este es precisamente el punto de inflexión de mi balance de fin de año. Si al final llego a la conclusión de que he dado preeminencia a las cosas sobre las personas, si he primado el tener sobre el ser, si he estado tan ocupado que no he podido compartir mi vida con los demás, entonces he de revisar urgentemente mi estrategia y cambiarla por otra mejor. Desgraciadamente hoy en día las prisas nos abruman, son tantos los asuntos pendientes, tantos los requerimientos reclamando nuestra atención que nos olvidamos de las personas a las que debemos nuestra atención y cariño.
Los asuntillos que traemos entre manos, la mayoría de las veces pueden esperar, quienes no pueden hacerlo son las personas. Cualquiera puede darse cuenta de ello cuando en estos días vaya a cambiar de agenda, entonces caerá en la cuenta de que con algunos de los seres queridos ya nunca podrá dialogar, ni llamar por teléfono, ni darles un apretón de manos, ni abrazarles, ni besarles, les será imposible ya saldar la deuda afectiva con ellos contraída y que irresponsablemente se fue aplazando “sine die”. La ocasión pasó y ahora solo queda lamentar negligencias, perezas y egoísmos. Nos quejamos de que la vida es corta para poder atender los requerimientos de los demás, pero el problema está en que somos malos administradores de nuestro tiempo.
Una vez más en esta mi reflexión de fin de año he podido constatar que son pocas las cosas que van dejando huella, que se podía prescindir de muchas banalidades que nos roban la paz, que nos vendría mucho mejor emplear nuestro tiempo en lo estrictamente necesario que es lo que da sentido a la vida. Después de separar toda hojarasca cuidadosamente he de preguntarme con todo seriedad ¿qué me ha dejado este año que se ha ido? El error está en que no acabamos de distinguir entre lo esencial y lo accidental. El pecado fundamental de nuestro siglo sigue siendo absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto. En este año que nos ha dejado he llorado, reído, amado, sufrido, gozado, me he enfadado, desenfazado y por todo ello y muchas cosas más he dado gracias a Dios, porque en cada situación ha estado siempre a mi lado. He cometido errores, algunos de ellos son los mismos de siempre, pero no me ha de faltar el ímpetu para seguir luchando y esta actitud en positivo la celebro como un triunfo.
En el memorándum de este 2017 he de hacer mención de algo que ha venido a levantarme el ánimo, se trata de una tarjeta navideña puramente artesanal confeccionada por el más pequeño de mis nietos, Sergiete, que con toda solemnidad me la entregó en mano como si se tratara de su última voluntad. En ella con esfuerzo puede leerse. “Feliz Navidad. Te quiero abuelo. Eres muy bueno jugando al futbol y enseñas muy bien y también tienes muy buenas ideas como la abuela”. ¡Que pocas cosas necesita uno para sentirse satisfecho, basta con la sinceridad e inocencia de un niño!...

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