Las misas del “coronavirus” Antonio Aradillas: "Las misas no se compran. Ni se venden"

Misas por encargo
Misas por encargo

Las misas no valen NADA, por la sencilla razón de que lo valen TODO. Pensar en el valor económico de las santas misas, es todo un vulgar sacrilegio

Las aquí descritas, y llevadas a la práctica en la mayoría de las diócesis de la Iglesia española, ni resultan válidas ni aproximadamente cristianas. Rondan más los linderos del negocio y de la burocracia

Manifiesto mi desacuerdo con otra de las “ocurrencias divinales” que acaba de patronear el arzobispo de Toledo ofreciendo su catedral para solemnes funerales nacionales en sufragio de las almas de los muertos, sacrificados en el altar del “Covd-19”

La oportunidad inmediata de estas reflexiones sobre tema tan delicado me la proporcionan ciertas informaciones “oficiales” procedentes de una parroquia de la Comunidad Valenciana, en las que con toda clase de detalles, cánones y procedimientos se oferta la posibilidad de aplicar santas misas encargadas por familiares y amigos en sufragio de las almas de los fieles difuntos sacrificados en el hasta ahora insaciable altar del “Covid-l9”. En las referidas informaciones se alude a las circunstancias de si las misas han de ser rezadas o cantadas, celebradas por uno o más sacerdotes, si ellas –las misas- se incluyen en el listado más “salvador” de las llamadas “misas gregorianas” y si lo son a una u otra hora, en conformidad con los gustos o necesidades, laborales o sociales, de quienes las “encargan”.

Por supuesto que similares pormenores se aportan en relación con el precio –donativo, estipendio, ofrenda, colaboración económica, limosna o “la voluntad”- a abonar (sic) al haber sido “encargadas”, con toda clase de facilidades bancarias que la técnica y el progreso ponen también a disposición de los fieles y devotos donantes.

Con determinadas disculpas para quienes todavía, y pese a todo, actúan o sugieren actuar, de aquesta manera, por haber sido así educados en la doctrina cristiana, urge referir con limpieza, liturgia, teología, pastoral y buen gusto, que el sistema de aplicación de las misas en sufragio de los fieles difuntos o por cualquier otra intención, demanda con presteza y divinidad salvíficas, otra clase de fórmulas y procedimientos. Las aquí descritas, y llevadas a la práctica en la mayoría de las diócesis de la Iglesia española, ni resultan válidas ni aproximadamente cristianas. Rondan más los linderos del negocio y de la burocracia, que los de la generosa aplicación de los méritos de Jesús, síntesis de su entrega –compartiendo el Pan de la Eucaristía- por la salvación de todos y todas, lo mismo de quienes las “encargan” (¡¡), como de quienes no pueden hacerlo, por falta de cultura “religiosa”, o por carencia absoluta de trato con las entidades de crédito o, simplemente, bancarias.

Las misas no se compran. Ni se venden. Ni, por tanto, se “encargan” (“encargar equivale a “mandar o confiar la realización de algo”, lo que no descarta algún tipo de operación matemática, con o sin descuentos), a tenor de las tasas establecidas diocesanamente o, simplemente, de la “voluntad”.

Las misas no valen NADA, por la sencilla razón de que lo valen TODO. Pensar en el valor económico de las santas misas, es todo un vulgar sacrilegio. Deducir de la generosidad de sus encargos y de sus estipendios, la disponibilidad de Jesús aún en el “negocio de la salvación eterna de las almas”, es ofensa a la Divinidad y flagrante olvido de la imagen de Jesús en el Evangelio y de su presencia y actividad en la Iglesia.

Y con ocasión de estas misas “coronavíricas”, manifiesto mi desacuerdo con otra de las “ocurrencias divinales” –“idea repentinas e inesperada”- que acaba de patronear el arzobispo de Toledo, ofreciendo su catedral -“Patrimonio de la Humanidad” por más señas- para la celebración en ella de unos solemnes funerales nacionales en sufragio de las almas de los muertos, sacrificados en el altar del “Covd-19”.

Las respuestas que a las preguntas de tantos familiares y amigos, destinatarios de la noticia, disiparían en cierto sentido, se concretarían en estas:

¿Y por qué precisamente en Toledo? ¿Por lo de su “Primacía”? –( ¿y eso qué es?) ¿Quién o quienes serían los invitados “oficiales” a tan magno y solemnísimo acontecimiento? ¿Quedarán, en su día, españoles para concentrarse en Toledo y citarse en su catedral, por “dives” –riquísima-, céntrica y gloriosa, que esta sea?

Catedral de Toledo

¿Qué lugares se les reservarán a familiares y amigos de los hermanos “coronavíricos” pertenecientes a otras Iglesias o religiones, o a ninguna de ellas? ¿Quién o quienes presidirán tales cultos? ¿Serían estos solo o fundamentalmente “religiosos”, o también civiles, dado que, al menos esta clase de virus ni entiende de política ni de religiones y ni de culturas? ¿Otro -¡otro¡- acto más con aspiraciones a espectáculo religioso dentro de la Iglesia? ¿Es que no tenemos ya suficientes?

¿Y quién pecharía con los gastos y “extras” correspondientes, en el hipotético caso de que alguien convenciera al papa Francisco de que tal funeral fuera presidido por él, en el imposible peregrinaje que efectuara a Santiago de Compostela en su ya próximo, y pendiente de un hilo, “Año Jubilar o Santo”? ¿Acaso no tuvimos bastante con la visita a Valencia del emérito Benedicto XVI?

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