"La realidad de nuestra vida no brota de las creencias, sino de las convicciones" José María Castillo: "Los daños más graves que sufre la Iglesia y el cristianismo vienen de dentro"

Colegio cardenalicio.
Colegio cardenalicio.

¿Quién manda realmente en nuestra vida? ¿Las creencias que cada cual tiene? ¿O las convicciones que determinan lo que cada cual hace? 

Nuestras creencias expresan lo que libremente aceptamos como verdadero, mientras que las convicciones dicen lo que hacemos y lo que dejamos de hacer. Cada cual hace aquello de lo que está y en lo que está convencido

Cuando creencias y convicciones van por diferentes caminos, inevitablemente ocurre lo que estamos viendo: el daño más importante que se le puede hacer a la Iglesia no es el que le hacen los que están fuera

¿Quién manda realmente en nuestra vida? ¿Las creencias que cada cual tiene? ¿O las convicciones que determinan lo que cada cual hace? 

Por supuesto, no es lo mismo hablar de lo uno (las creencias) que de lo otro (las convicciones). Como acertadamente explicó J. Habermas (que tomó esta precisión de Ch. S. Peirce), “la convicción consiste principalmente en el hecho de que está uno dispuesto reflexivamente a dejarse guiar en su actividad por la fórmula de la que está convencido” (Conocimiento e interés, Taurus, 1982, pg. 127). 

En concreto, esto nos viene a decir que nuestras creencias expresan lo que libremente aceptamos como verdadero, por ejemplo, nuestra religiosidad o nuestra espiritualidad, mientras que las convicciones dicen lo que hacemos y lo que dejamos de hacer. Por eso —valga como ejemplo— hay tantas personas que creen firmemente que fumar les hace daño, pero no se quitan del tabaco. Por la sencilla razón de que se quedan en la creencia. Y no pasan de la creencia a la convicción. Insisto: cada cual hace aquello de lo que está y en lo que está convencido.   

La Biblia en familia.
La Biblia en familia.

Por esto, ni más ni menos, según el Evangelio Juan, Jesús les decía a los dirigentes judíos: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed en estas obras” (Jn 10, 37). Las “obras” de Jesús no eran solamente los milagros que hacía, sino el conjunto de lo que fue su vida y su actividad (J. Zumstein). Una vida y una actividad que desconcertó incluso a Juan Bautista cuando estaba en la cárcel (Mt 11, 2-6). Y si desconcertó a san Juan Bautista, ¿no nos va a desconcertar a nosotros? 

Y es que cuando las “creencias” van por un camino y las “convicciones” por otro, inevitablemente ocurre lo que estamos viendo: el daño más importante que se le puede hacer al cristianismo y a la Iglesia no es el que le hacen los que están fuera, sino el que proviene de quienes estamos dentro. Pero estamos dentro en las “creencias”, al tiempo que nuestras “convicciones” son, con demasiada frecuencia, las que tiene casi todo el mundo: vivir lo mejor posible y disfrutar lo que esté a nuestro alcance en esta vida y según nuestras “creencias”. Lo que, como es lógico, tranquiliza nuestra conciencia. Y no nos damos cuenta de que la realidad de nuestra vida no brota de las creencias, sino de las convicciones que, tantas y tantas veces, son las mismas que tiene el común de los mortales.   

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