(JCR).-"¡Quiero que le maten, que le maten ya!" Cuando escuché esta frase de labios de Caroline, a voz en grito, no pude menos de estremecerme. Pensé en responderle con calma que esa no es la solución, que si matamos a un criminal descendemos a su nivel, y todas las cosas que me suelen venir a la mente para defender el perdón... pero llevaba más de media hora contándome cómo un soldado había intentado violar a sus dos hijas de 14 y 16 años y preferí callarme y seguir escuchando con empatía. Caroline es una mujer de modales exquisitos que cuando necesito algo en la oficina de la ONU en Bangui siempre se ha desvivido por ayudarme. Nunca la había visto fuera de sí.
Según me contó, fue hace pocos días. Sus dos hijas habían recibido la visita de una amiga en casa y cuando se marchaba, a eso de las siete de la tarde, decidieron acompañarla hasta la calle principal para que pudiera coger un taxi. Acababa de anochecer y poco antes de llegar a la avenida algo más transitada les salió al paso uno de los milicianos de la Seleka, el movimiento rebelde que desde finales de marzo de este año son dueños y señores de la República Centroafricana y ha hundido a su capital, Bangui, en la desesperación.
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