Un cuento en tiempo de cerezas ¿Será Dios un cerezo?

(Jairo del Agua).- Aquellos aldeanos, que encontraron el solitario cerezo, se atiborraban de sus excepcionales frutos. Eran unas cerezas granates, lustrosas y enormes.

Aquellas gentes sencillas no solo disfrutaban de tan gratuito alimento, sino que aprovechaban la enorme sombra y la fortaleza del tronco para descansar.

La sorpresa surgió cuando se dieron cuenta que aquel enorme frutal florecía y fructificaba continuamente. No había razón para guardar el secreto. Había cerezas para todos los que quisieran cogerlas. Así que cada vez fueron más los lugareños que acudían a alimentarse de aquel asombroso árbol.

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