(Pedro Miguel Lamet).- Cuando en pleno cónclave, durante un debate de la Uno, me pidieron un título sobre el cambio de pontificado, ofrecí este: "Dos papas y un destino: la credibilidad de la Iglesia". También recuerdo haber deseado en una carta "un hombre con sabor a evangelio, a desprendimiento, pobreza y apertura; que no conciba la Iglesia como castillo sino como plaza de pueblo. Que no se encierre en el Vaticano sino que baje a la calle para encontrar a Dios no como una póliza de seguridad, sino como una luz que da sentido y se reparte. Pero sobre todo que traiga optimismo, que no se sienta el dueño de una propiedad, sino el pastor amigo, el padre cercano, el hermano en cuyo hombro este mundo nuestro pueda descansar. En una palabra que pueda ser llamado ‘Papa de los pobres'".
Aquello fue lanzado como una utopía casi irrealizable. A los cien días de pontificado, se puede constatar que algunos de tales deseos han cristalizado en la figura del papa Francisco. Ya en su primera aparición sus signos fueron sencillez, oración, sobriedad y cercanía, con una identidad casi explosiva a medio camino entre Asís y Loyola, la pobreza revolucionaria de Francisco y la astucia práctica de Ignacio.
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