Javier Sánchez: "La cárcel no es solo una escuela de vida, sino es sobre todo una escuela de humanidad y de evangelio" La primera misa tras la pandemia en la cárcel de Navalcarnero

La primera misa tras la pandemia en la cárcel de Navalcarnero
La primera misa tras la pandemia en la cárcel de Navalcarnero

"Después de comulgar, fue y se puso de rodillas delante de la cruz, y la abrazo durante un rato. La imagen tardará en irse de mi retina: un crucificado estaba arrodillado delante de otro crucificado, y era tan expresiva la imagen, que parecía que ambos hablaban, que se entendían"

"Que nunca nos creamos imprescindibles ni buenos, sino necesitados de conversión, y que el abrazo misericordioso que Dios nos da cada día, nos haga abrazar siempre así a los demás, especialmente a los que nadie abraza"

Siempre digo que pensar en la cárcel y en los presos, que en ella viven, es pensar en algo deplorable, y que a todos nos suena a negativo, a un sitio abominable, donde siempre van los malos. Se nos hace difícil que en la cárcel puedan suceder hechos “buenos” y “evangélicos”, porque los que han cometido algún delito, del tipo que sea, no son capaces, pensamos, de nada bueno. Lo triste es que esto lo piense no solo la gente de la calle, sino que también lo piense la gente que celebramos asiduamente la Eucaristía, y que nos decimos cristianos, seguidores de Jesús de Nazaret. Somos dados a poner etiquetas y a partir de prejuicios, difícilmente superables en la mayoría de los casos, y nos cuesta aceptar , no sólo que todos metemos la pata habitualmente, sino lo que es más, que todos tenemos derecho a un cambio de vida, a lo que llamamos en lenguaje penitenciario, “una reinserción”. Y, desde el punto de vista cristiano, olvidamos que Dios Padre-Madre cada día nos perdona, nos abraza y nos da su misericordia, simplemente porque somos sus hijos y sus hijas, como en tantas ocasiones, Jesús de Nazaret, nos lo hace saber.

La cárcel no es solo una escuela de vida, sino es sobre todo una escuela de humanidad y de evangelio, donde la compasión y el perdón nos hace reconocer que todos somos humanos; esas dos realidades, compasión y misericordia, nos llevan a encontrarnos con la debilidad y grandeza de todo ser humano, una debilidad y grandeza que por formar parte de nuestra misma esencia, nos hace ser personas, nos hace reconocer que todos nos necesitamos y nos lleva a reconocer a un Dios que hace posible nuestra debilidad, desde la suya propia. El pasaje del Génesis, donde lo que pretendemos es “ser como dioses”, nos hace enfrentarnos a nuestra propia soberbia; pero el Dios crucificado en el Gólgota, su agonía y su entrega, nos hace reconocer nuestra propia debilidad y palparla de modo especial.

El sábado pasado, como siempre, y ahora por fin ya después de pasar la pandemia, celebramos la Eucaristía en la cárcel de Navalcarnero. Ahora como todo, la celebración es especial, primero porque tenemos que estar en el salón de actos, más grande y más separados, y segundo porque no podemos abrazarnos, que es sin duda un signo muy especial de nuestras celebraciones.

Ahora como todo, la celebración es especial, primero porque tenemos que estar en el salón de actos, más grande y más separados, y segundo porque no podemos abrazarnos, que es sin duda un signo muy especial de nuestras celebraciones

Además, tampoco puede estar presente el equipo de voluntarios que cada día lleva su cariño y su familiaridad  a cada uno de los chavales, que se encuentran cumpliendo condena. Pero aún así, a pesar de estar solo yo con ellos, la Eucaristía sigue siendo en la cárcel un momento especial de vida, de alegría, de compartir lo que somos delante de un Dios que no nos juzga, y una comunidad presa, pero que necesita de una palabra de aliento, y de vida. La lectura del evangelio  de esta semana, en el domingo XV del tiempo ordinario, nos hablaba de la parábola del sembrador, y en el fondo nos hacia reflexionar en torno a nuestra propia vida, a nuestra propia tierra, a la tierra que cada uno de nosotros ofrecemos a ese Dios que se nos brinda cada día.

Leímos también y compartimos el capítulo 8 de Romanos, donde San Pablo habla de esa nueva creación y de los dolores que necesitamos pasar en ocasiones, para llegar a algo nuevo, expresado tan bellamente con “los dolores del parto de la madre”. Cuando comentamos este pasaje de San Pablo, fueron muchos los que dijeron que habían visto así a sus mujeres, antes de dar a la luz y decían que era una imagen muy expresiva; incluso la compararon con lo que estaban pasando ellos en ese momento: quizás es necesario pasar por la cárcel, por el dolor para poder renacer a una nueva vida; les hice caer en la cuenta de que Dios no nos castiga, que Dios no quiere que estemos en la cárcel, pero quizás si tendríamos que pedirle al Padre que esa experiencia de dolor, nos hiciera renacer a algo diferente, que nos hiciera cambiar, que “fuéramos capaces de aprovechar esa experiencia nefasta, que supone estar en prisión, para hacer un cambio en nuestras vidas, que nos llevar a ser felices”. Fue un diálogo el que mantuvimos, como siempre muy fresco y muy cercano, llevamos la lectura a nuestra propia vida, y a lo que allí todos, sentíamos.

Centro Penitenciario de Navalcarnero
Centro Penitenciario de Navalcarnero

El Salmo, que rezamos entre todos y que solemos adaptarlo siempre, con el permiso de los liturgistas más ortodoxos,  nos hablaba de “ponernos en manos de Dios y esperar que nos regara, porque nuestra tierra estaba reseca y necesitaba esa agua divina”. En el eco del salmo que hacemos siempre al terminar, muchos repitieron esa frase “nos ponemos en tus manos”, y muchos también repitieron la frase que decía “tu pones en nosotros la semilla del bien, los deseos de vivir una vida útil”. Como siempre, en el silencio elocuente, de los cuarenta o cincuenta presos, repitiendo estas frases, el corazón se llena de modo especial, y se descubre en ese silencio, una especial necesidad que los chicos tienen de Dios, y de que su vida sea especialmente redimida.

En el evangelio estuvimos dialogando en torno a nuestra tierra, a la tierra que ofrecíamos a la semilla, y a la necesidad además del esfuerzo; igual que para que la semilla crezca, hace falta tiempo, cuidado, empeño, tesón, paciencia, constancia…. También hace falta que para que nuestra vida cambie tengamos paciencia, y sobre todo nos esforcemos día a día. No podemos cambiar de un día para otro, mucho más, no podemos pensar que el cambio llega sin esfuerzo, nos podemos ver el final del proceso. Pensar que el que corre la maratón tiene suerte, es no ver el esfuerzo que le ha supuesto cada día al atleta un entrenamiento. Nuestra vida puede cambiar, tiene necesidad de cambio, pero es necesario ese esfuerzo diario; dejar la droga que nos martiriza desde hace años no es cuestión de un día; restablecer las relaciones familiares que están deterioradas hace mucho tiempo no es cuestión de un momento; que mi familia se fie de mí después de muchos años haciendo malas pasadas, no es de un dia para otro. Hace falta ese esfuerzo diario para seguir, y el cambio llegara al final, pero siempre tenemos que estar en la tensión y necesidad de ese cambio. Muchos al comentar estas palabras, confesaban su debilidad, su impotencia, su pensar que era imposible ese cambio que tantas veces se habían planteado… y al escucharles pensaba que ya me gustaría escuchar en muchas de nuestras parroquias, semejantes reflexiones, de debilidad y a la vez de confianza. Siempre que comenzamos la Eucaristía, en el momento del perdón, intentamos caer en la cuenta sobre todo de nuestra debilidad, de nuestra impotencia, y a Dios le pedimos que además de que nos perdone, nos eche una mano porque nosotros solos no podemos.

Continuamos la celebración, con el momento del ofertorio, la plegaria de acción de gracias en común, el momento del Santo y la consagración, para llegar al canto y rezo del padrenuestro, sintiéndonos comunidad unida.

"Estuve preso..."
"Estuve preso..." Agencias

Al terminar la oración de la plegaria eucarística, siempre les digo que tenemos que brindar, esa oración que la liturgia llama “doxología”, es un brindis a Dios que es nuestro Padre, a Jesús que es nuestro hermano, y al Espíritu Santo, que nos hace vivir como creyentes en medio del mundo. Y, al ser un brindis siempre nos ha parecido que tiene que ser algo en común, porque nadie brinda solo. Es una oración que ha tenido mucha polémica, en los últimos tiempos, y que se ha reivindicado como “oración del sacerdote de modo exclusivo”. Nosotros en la cárcel la hacemos siempre en común. Pero además, el pan y el vino, cuerpo y sangre de Jesús, los presentan también los presos.

En ese momento de brindis, siempre digo “quien quiere brindar hoy y todos nos unimos”, y es enternecedor y emocionante ver las caras de los chavales cuando salen a presentarlo, porque se sienten especialmente importantes.

Es verdad que si algunos liturgistas y ortodoxos lo vieran, imagino dirían como han dicho en otras ocasiones, que “estaba prohibido” y que eso solo podía hacerlo el cura

Es verdad que si algunos liturgistas y ortodoxos lo vieran, imagino dirían como han dicho en otras ocasiones, que “estaba prohibido” y que eso solo podía hacerlo el cura.  Los que así piensan en el fondo se pierden la frescura y novedad del evangelio, su apego a las normas, y al rito, les impide ver la vida que posee toda celebración en torno a Jesús. 

 Pues este sábado, al pedir algún voluntario para brindar, salieron dos chavales que suelen salir siempre; uno Emilio, un señor mayor, que también suele leer siempre la primera lectura y con una condena larga, y otro, Danso, un hombre  guineano que también suele participar. Pero junto a ellos, salió también , estando sentado hacia la mitad del salón de actos, Oscar, y al verlo prometo que me llene de emoción.

Oscar es un hombre de unos cuarenta y cinco años, toxicómano desde siempre, y que cuando hace dos años falleció su madre me dijo: “Javi, se me ha ido la vieja, y eso es lo peor que me podía pasar, fíjate que yo he pasado por momentos malos en mi vida, pero este es especial, ahora me he quedad sin nada, sin la persona que de verdad siempre me quiso y estuvo conmigo”, y todo esto abrazado a mí y llorando. 

Voluntarios y presos de Navalcarnero

Pues Oscar fue el que salió  al brindis. Y salió como es él: con la camisa abierta, con el pecho y los brazos lleno de tatuajes y en los huesos, porque hace un año se le declaró un cáncer de pulmón y no sabemos lo que durará. Apenas podía andar bien, y en su delgadez se veía sin duda el dolor de tantos años de droga, de enfermedad y de dejadez. Al llegar al altar, no sabía cómo hacer, se ponía frente a mí, y le tuve que decir cómo hacerlo, para levantarlo y mirando de frente al resto de los compañeros.

 Cuando, estando a su lado, y escuchando como rezaba la oración, no pude por menos que emocionarme y se me cayeron las lágrimas. El espectáculo fue especial. Fue un rato profundo de encuentro con Dios, a través de Oscar. Lo miraba pensaba que quizás para algunos Oscar quizás no fuera digno de levantar la patena, porque sus “pintas” y hasta “su vida” no era la apropiada para levantar, nada menos, que la Eucaristía. Y en ese rato, pasaron por mi corazón, escenas de mi vida, y cosas que yo a veces hago, y me pregunte si mi vida era mas digna que la de Oscar, por qué yo sí podía hacerlo y él no. Y fue como si el Dios Padre Madre, a quien siento cerca, y el mismo Jesús, me pegaran un revolcón y me hicieran no solo pensar que Oscar era igual de digno que yo, sino que especialmente era ´él, el auténticamente llamado a realizar aquel gesto. Cuando se marchó, me pregunto si hoy no se comulgaba y le dije si Oscar, ahora enseguida comulgamos; “es que sabes que me tengo que marchar pronto a la enfermería”, me dijo, y le comente que no se preocupara que comulgaría él primero.

Al ver a Oscar en ese rato de brindis, me vino al corazón el pasaje del evangelio de San Lucas, donde Jesús es invitado por Simón, el fariseo, a comer, y estando con él llega una mujer pecadora, que “ se puso detrás de Jesús junto a sus pies, y llorando comenzó a bañar con sus lágrimas los pies de Jesús y a enjugárselos con los cabellos de la cabeza, mientras e los besaba y se los ungía con el perfume”. (Lc 7, 38-39). Y ante ese hecho el escándalo de algunos allí presentes, considerados como “buenos y dignos”.  Y luego las palabras de Jesús: “ ¿Ves a esta mujer? Cuando entre en en tu casa no me diste agua para lavarme los pies, pero ella ha bañado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste el beso de la paz, pero ésta, desde que entré no ha cesado de besar mis pies. No ungiste con aceite mi cabeza, pero ésta ha ungido mis pies con perfume. Te aseguro que si da tales muestras de amor es que se le han perdonado  sus muchos pecados; en cambio, al que se le perdona poco, mostrará poco amor” (Lc  7, 44-48). La escena en casa de Simón el fariseo, me representó la escena de Oscar presentando y brindando con la patena. ¿no era digno de hacerlo descamisado, con el cuerpo lleno de tatuajes y con una vida entregada a la droga? Quizás desde la ortodoxia más selecta, esto no pueda entenderse, pero desde el Jesús que rompe la normas y está al lado de los más dejados, cobra un sentido muy especial. Una vez más aquel muchacho me hizo agradecer a Dios el estar en esta prisión, donde cada día se nos revela el auténtico rostro del evangelio.

Prisión

Después de este rato especial de vida y de evangelio, rezamos y cantamos juntos el padrenuestro;  es verdad que ahora no podemos darnos las manos, pero si que es verdad que el canto y rezo del padrenuestro es especial, porque todos nos sentimos iguales, y es conmovedor escuchar las voces de todos los presos a pleno pulmón, llamando a Dios Padre, y por tanto reconociendo a los otros como hermanos.

 Y llegamos al momento de la comunión, de los primeros en ponerse a comulgar fue de nuevo Oscar, de nuevo descamisado; al verlo pensé de nuevo en las personas que cada día se acercaban a Jesús, como nos dice el evangelio, y que eran criticadas. Quizás en algunas de nuestras parroquias, se le habría dicho que se abrochara la camisa, o que si estaba preparado, o como dicen algunos curas que “teniéndose por buenos”, como dice también San Lucas antes de la parábola del hijo prodigo, “si estaba o no en gracia de Dios”. Es evidente que yo no le pregunte nada porque no soy quien para hacerlo, y porque si tampoco Jesús me lo pregunta a mí, no soy yo quien para preguntarle. Después de comulgar, fue y se puso de rodillas delante de la cruz, y la abrazo durante un rato. La imagen tardará en irse de mi retina: un crucificado estaba arrodillado delante de otro crucificado, y era tan expresiva la imagen, que parecía que ambos hablaban, que se entendían.

Y se entendían porque era un abrazo de machacado a machacado, de crucificado a crucificado; no era un abrazo a un trozo de escayola era un abrazo a alguien que sabes que ha pasado por lo que tu mismo has pasado. La droga y la enfermedad ahora son la cruz y el dolor de Oscar, el poder y la injusticia, son la cruz de Jesús, pero ambos crucificados están unidos por el mismo dolor y por la misma vida. Me pareció escuchar las palabras de Jesús al buen ladrón: “te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso”, sin que ese Jesús le preguntara a Oscar, como tampoco pregunto al buen ladrón, lo que había hecho. El gesto de Oscar al pie del crucificado estaba siendo una confesión auténtica delante del Dios del amor, como el de la mujer en casa de Simón. Y ante ese hecho solo cabe alabar y bendecir al Dios de la vida, que un día más se hizo presente en nuestra Eucaristía en la cárcel.

Después de un rato, Oscar se fue, no dijo nada, se fue pero nos dejó a todos un sacramento, porque nos dejó una presencia especial de Jesús, similar a su presencia en la Eucaristía. En la vida de Oscar, en su dolor y en su cruz, en su droga y en su cáncer nos hizo descubrir al Dios del Evangelio. Sin ritos, sin fórmulas litúrgicas, pero sí con vida, con un sabor especial a Evangelio y a Jesús de Nazaret.

De nuevo el crucificado se hizo palpable en la celebración de este sábado, de nuevo el crucificado nos habló, y de nuevo nos hizo palpable que solo podemos ser fieles a El si celebramos lo que El celebra cada día: la vida de cada ser humano, con sus alegrías, esperanzas, pecados y debilidades, pero a la vez con la apertura a la misericordia de un Dios que está plenamente enamorado de sus hijos, y los quiere hagan lo que hagan y sean como sean, justamente por ser sus hijos.  Ese sábado, como tantos otros, quizás no hubo las rúbricas que tiene que haber en cada celebración, pero sí hubo una presencia sacramental y especial del Dios de la vida. Celebramos no un rito, sino una comunión de vida en torno al Jesús del Evangelio.

Y eso, como dice Mateo, solo lo entienden los sencillos, no los sabios y entendidos, sino los que se dejan sorprender por el evangelio. Ojalá que siempre pudiera ser así en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia, y ojalá que nunca olvidáramos los cristianos que la dignidad es la de todos la misma, que solo Dios es bueno, y que todos nos necesitamos y somos igual de importantes. Que nunca nos creamos imprescindibles ni buenos, sino necesitados de conversión, y que el abrazo misericordioso que Dios nos da cada día, nos haga abrazar siempre así a los demás, especialmente a los que nadie abraza, Oscar y muchos más como él, que necesitan de nuestro abrazo, para hacer creíble el mensaje de Jesús. Gracias a tantos Oscar con los que cada mañana me encuentro en Navalcarnero, gracias porque en ellos se palpa el Evangelio: “Estuve en la cárcel y viniste a verme” (Mt 25, 36).

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