"Somos mucho más primariamente egoístas y calculadores de lo que decimos" José Ignacio Calleja: "¡Ay de los refugiados, en tiempos de coronavirus!"

Los refugiados y el coronavirus
Los refugiados y el coronavirus

"Hacer efectivos los derechos humanos de los migrantes y refugiados tiene un precio económico que la población europea no quiere pagar"

Cuando las redes prueban a las claras que hay en el mundo varias situaciones más dramáticas que la pandemia del Covid-19; cuando se repite la queja de que reaccionamos con mucha desigualdad a cada una de ellas; cuando entre todas, el sufrimiento de los refugiados de la guerra de Siria urge a nuestra humanidad europea y Grecia, por encargo de todos, los recibe a palos; cuando miles y miles de niños y mujeres tiritan de frío, abusos y carencias en campos de refugiados entre la nieve y el barro; cuando unos pocos valientes, activistas de las ONGs solidarias, claman por la suerte de todos, hostigados en su labor humanitaria; cuando esta realidad mejor o peor contada compite con el coronavirus como noticia de una catástrofe, sin que encuentre la mínima oportunidad en la conciencia pública, me pregunto, ¿por qué reaccionamos así? Y es que no me convence la misma denuncia de insolidaridad mil veces repetida sin saber por qué.

Desde luego que hay una responsabilidad de la alta política. Que si los intereses de Erdogan en Turquía frente a los Kurdos y el apoyo de Europa que reclama como vecino y miembro de la OTAN que es; que si la Rusia de Putin con Siria como bocado apetecible en el tablero de oriente medio, frente a la propia Turquía y, sobre todo, frente a los Estados Unidos de América y Arabia Saudí; que si Irán y sus sueños de dominio de potencia emergente en la región; que si la tentación para todos de hacerse con Irak y Afganistán; que si Israel como actor de primer orden en la sombra, ¡es un decir!; que si otros Estados y algunos movimientos revolucionarios con aspiraciones de serlo en la región; en fin, lo que todo el mundo puede leer con alguna paciencia.

Pero al cabo la pregunta sigue ahí, ¿por qué la opinión pública europea no reacciona desde su cultura de los derechos humanos y dice “no hay derecho, esa catástrofe humanitaria, no, así no”?

Y esto, comparado con la vorágine mediática, económica, política y social que despierta el coronavirus, ¿por qué sucede? Esta es la pregunta que no terminamos de aceptar y razonar.

El drama de los refugiados

Al decir que no terminamos de razonar la respuesta, estoy adelantando lo que pienso: no le hincamos bien el diente por el lado que más duele.

La opinión pública europea no reacciona ni de lejos en la crisis de los refugiados, ni con niños y madres de por medio, y hasta ahogados por cientos y miles, y muertos de frío y hambre otros tantos, porque una cosa son los derechos humanos proclamados y otra la responsabilidad de hacerlos efectivos para los demás y pagar el coste

.No que haya que regalar la vida fácil a nadie, pero hacer efectivos los derechos humanos de los migrantes y refugiados tiene un precio económico que la población europea no quiere pagar; ni se siente obligada a hacerlo ni se cree en disposición de intentarlo; hay mil necesidades y urgencias en la propia vida de los pueblos de Europa y, mal que bien, disposición para abordarlas, es decir, pagarlas. Porque la solidaridad siempre hay que pagarla. Es más barata que cualquier otra compra, pero hay que pagarla y eso significa restar medios de las causas propias que, cuando son urgentes, nadie va a negociarlas por ninguna otra; y cuando son subordinadas, el hecho de ser propias les confiere forma absoluta en la conciencia del grupo. El déficit es moral, pero es moral porque prima un economicismo puro y duro. Marx no estaba loco.

¿Refugiados o maltratados?
¿Refugiados o maltratados?

Más épica que realidad

Mi respuesta, tan sencilla, me hace pensar y propongo considerarlo, que el discurso de los valores solidarios de Europa, y el del alma constitutivamente compasiva del ser humano, no tienen el vigor exigente que las crisis nos plantean. La historia posterior siempre tiende a narrar con mucha épica lo que en su momento tuvo un componente de cálculo e interés muy alto. Es decir, que la solidaridad de los seres humanos, y ahora, la de los hombres y mujeres de la Europa griega, romana, cristiana e ilustrada, no es un seguro de vida buena; somos mucho más primariamente egoístas y calculadores de lo que decimos.

Algunos de entre nosotros, incluso grupos notables, hacen saltar mi tesis por los aires, por su generosidad y entrega a los más necesitados de cada crisis humanitaria, pero la mayoría no vamos a pasar del nivel de la pena, y mañana veremos qué pasa por ahí, cuando resolvamos lo nuestro. Lo nuestro es siempre otra necesidad, otra urgencia, otro servicio que nos debemos. Y no son solo los políticos quienes deciden el orden moral de las catástrofes, sino los capitales y su rentabilidad, y las poblaciones que no votarían a nadie que prometa lo que estoy diciendo.

La responsabilidad en la justicia de los derechos y deberes humanos no puede conocer como único espacio moral mi frontera y nación. Articular políticamente esto es delicado, pero verlo éticamente es tan elemental que sorprende que nos extrañemos. Probablemente, no lo sé, es lo que hacen o harían todos los pueblos en parecidas circunstancias. No lo sé. Nosotros podemos hacerlo de otro modo hoy. Lo demás es teoría.

José Ignacio Calleja

Profesor de Moral Social Cristiana

Vitoria-Gasteiz

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