Incoherencias ¡Orad, hermanos!

Rebaño
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Amor, Dios, Prójimo, Pobreza... Palabras usadas por la Iglesia al tiempo que se "entroniza" a un nuevo arzobispo primado con pompas imperiales. Esto ni es decente ni docente por clamorosa incoherencia

"El clericalismo imperó e impera todavía en la Iglesia de manera ciertamente espectacular. Destructiva, y a modo de plaga de las bíblicas de Egipto. Es mal endémico por excelencia, naturaleza y relieve"

Mientras, ¿cuántas son ya las mujeres muertas -sacrificadas- a manos de sus parejas o exparejas, en España y fuera de España?

¿Puede la Iglesia con sus adoctrinamientos y ejemplos de vida, gloriarse de su contribución y trabajo a favor de la igualdad de derechos y deberes de la mujer en relación con el hombre?

En tiempos devotos, no tan pretéritos, a una buena parte del personal cristiano se le educaba en la fe, con un libro publicado “con las debidas licencias del “Nihil obstat” e “Imprimatur”, que ostentaba el título de “Alfalfa espiritual para los borregos de Cristo”. Aseguro que ninguno de los puntos de meditación-reflexión aquí sugeridos en mi “Orad, hermanos” se cosechó en las praderas pletóricas de hierbas, pasto destinado a las ovejas, madres lactantes de corderitos idílicos.

“En el atardecer de la vida se nos examinará de amor…”. El Amor se escribe siempre con letras mayúsculas. Los ritos, las ceremonias, las peregrinaciones, las procesiones, las concentraciones por piadosas y multitudinarias que sean y estén dotadas de eslóganes y banderas a favor de unos –y, por tanto, en contra de otros-, no le aportarán argumentos convincentes para que el examen último les resulte satisfactorio a los examinados, sean cristianos o no.

Por supuesto que las letras mayúsculas que gramaticalmente reclama para sí el Amor, no están referidas solo a Dios… Su destinatario es exactamente, y por igual, el Prójimo. Dios y el Prójimo se escriben, se describen, se rezan y se viven de idéntico modo, compromiso y fidelidad con la fe que se dice profesar en cristiano…

En las prédicas, exhortaciones, Cartas Pastorales, homilías, panegíricos, sermones y tantas otras “piezas” de la “Oratoria Sagrada”, apenas si falta el de la pobreza como tema de reflexión religiosa. Esto no obstante, ejercer tal ministerio de la palabra en el suntuoso marco de una catedral como, por ejemplo, la de Toledo –“dives toletana”, por antonomasia- y con ocasión del imperial recibimiento -“toma de posesión” o “entronización”- de su nuevo arzobispo primado, al menos, “non decet” ni “docet”, es decir, ni es decente ni docente por simple, lógica y clamorosa incoherencia. En la Iglesia, tal y como, sobre todo ritualmente, es vivida, rezada y testimoniada por su jerarquía, el sacrosanto tema de la pobreza merece y reclama otro trato, recinto y pedagogía.

Siguiendo todavía en Toledo, el hecho de agradecerle pública e institucionalmente a su anterior arzobispo haber logrado que el “Día del Corpus” haya sido recuperado como fiesta religiosa y civil con todas sus consecuencias, -lo que facilitará y engrandecerá la solemnidad de la procesión del Santísimo Sacramento por sus calles y plazas-, tampoco se relaciona, ni es ejemplo y modelo de fe. Su monumental y riquísima “Custodia” en la que se expone y procesiona, jamás será ni en exclusiva ni fundamentalmente, ocasión propicia para que desfilen ornamentos y títulos “sagrados”, joyas y mantillas, “cantemos al Amor de los Amores”, representaciones civiles, militares y eclesiásticas, reliquias y relicarios, recuerdos y restos de las ya extintas Órdenes Militares, con sus distintivos y medallas para sus Caballeros y Damas…

¿Cuántas son ya las mujeres muertas -sacrificadas- a manos de sus parejas o exparejas, en España y fuera de España? ¿Puede la Iglesia con sus adoctrinamientos y ejemplos de vida, gloriarse de que su contribución y trabajo a favor de la igualdad de derechos y deberes de la mujer en relación con el hombre –varón, se incline hacia la parte más débil, que en este caso, y al paso que vanos “por los siglos de los siglos”, es y será la mujer por mujer? ¿La desaparición de cuántos cánones, normas y preceptos estrictamente disciplinares, le es demandada hoy a la Iglesia por el colectivo femenino? ¿Cuál está siendo hasta ahora la repuesta jerárquica? ¿Hacen falta aún más manifestaciones, gritos y estandartes?

El clericalismo imperó e impera todavía en la Iglesia de manera ciertamente espectacular. Destructiva, y a modo de plaga de las bíblicas de Egipto. Las consecuencias que le acarrea a la religión –clérigos y laicos- son bochornosas. La condición de “bautizados” sobrepasa con creces cualquier otra connotación, por sacramental que sea, como en el caso de los sacerdotes u obispos. El clericalismo es mal endémico por excelencia, naturaleza y relieve. Es “una enfermedad que afecta a una comunidad de manera habitual o en fechas fijas”. En nuestro caso, con el infeliz añadido de que el clericalismo es considerado semi-dogmáticamente como una virtud, y el anticlericalismo lo es nada menos que como un vicio, denostada y anatematizado…

A ver si ya, y por fin, se deciden “los” y “las” catequistas a explicarles a los “catequizandos” (otrora “borreguitos”), qué es y qué significa la misa y, entre otras cosas, si esta puede encargarse, pagarse o cobrarse, en conformidad con las tasas establecidas en los Boletines Oficiales de las respectivas diócesis, y si la fórmula de “la voluntad” resulta válida o si es engañosa…

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