Una entrevista a enmarcar y a proyectar en todas las iglesias de España el próximo domingo El Papa que entrevistó Évole: Tan humano...y tan cristiano

Jordi Évole, con el Papa Francisco
Jordi Évole, con el Papa Francisco

"Francisco tiene, entre otros, el don natural de comunicar. Sin costarle, sin forzar, con naturalidad, le sale espontáneo"

"Todo lo que el Papa dice suena a auténtico. Hay verdad en sus palabras"

"Su lenguaje facial y corporal acompaña a sus palabras y a sus sentimientos. En perfecta sintonía"

"Jordi Évole demostró que se puede hacer una entrevista auténtica sin ser demasiado invasivo, sin presionar"

Una entrevista de diez en fondo y forma y por parte de ambos protagonistas. Una de esas entrevistas cálidas, nada forzadas, engarzadas como las cuentas de un rosario, con sus momentos de gloria, sus misterios dolorosos, sus momentos de humor y sus silencios que hablan. Una obra maestra para enseñar a los alumnos de periodismo y poner en todas las parroquias de España. Para que los fieles se enorgullezcan del Papa que tenemos y del Evangelio que trata de encarnar y que puede seguir dando sentido a la vida.

El fondo absolutamente sobrio: una mesa y dos sillas. No hacía falta más. Lo llenaron, con creces, el entrevistador y, sobre todo, el entrevistado. El Papa llena la pantalla. Es verdad que la sotana blanca actúa como un imán en el espectador, pero, en este caso, el que la enfunda parece salirse por la pantalla.

Francisco tiene, entre otros, el don natural de comunicar. Sin costarle, sin forzar, con naturalidad, le sale espontáneo. Tiene 'ángel' y, además, comunica con lo que dice y cómo lo dice. Subrayando palabras, con silencios, con cortes rotundos en sus frases, casi todas titulares. Y, sobre todo, comunica con sus gestos, con su cara, con sus manos. Con su expresividad, con su sonrisa franca y abierta o con su cara de pena y de dolor.

Emociones que surgen a borbotones

Por ejemplo, cuando coge en sus manos el trozo de concertina y Jordi Évole le advierte de que tenga cuidado, para no cortarse, y su rostro se convierte en un poema al dolor. Y sus emociones surgen a borbotones y, quizás por primera vez en la historia, un Papa las deja transparentar, no las oculta, no las esconde. Transmite también con el corazón, que es como mejor se llega a la gente. Por eso, todo lo que dice suena a auténtico. Hay verdad en sus palabras.

Tanta verdad que se transparenta en las imágenes. Y eso que el ojo de la televisión escudriña hasta el alma y no se le escapa nada. Sobre todo en este caso, con dos personajes solos y una cámara apuntando constantemente al rostro papal. Pero, en este Papa, todo suena a verdad, porque su lenguaje facial y corporal acompaña a sus palabras y a sus sentimientos. En perfecta sintonía.

Y si el Papa lo bordó, el periodista hizo encajes. Primero para preguntarle de todo, cuando la entrevista estaba concedida para hablar casi exclusivamente de emigrantes y refugiados. Jordi Évole, sin que se notase demasiado, supo introducir en la conversación todos los temas que le interesaban. Y el Papa se dejó llevar, aunque alguna vez le hizo ver que se trataba de “volver al tema”.

Química entre los dos

Al montaje sobrio de la propia entrevista le precedió una especie de remake de 'Marcelino pan y vino', rodado en blanco y negro, que dejó boquiabiertos a muchos espectadores y rompió esquemas desde el inicio.

En la entrevista, desde el principio se notó que había química entre los dos. Y Jordi rompió el hielo tras el primer saludo con una referencia magistral a su madre, que derrite cualquier incomodidad. Y, desde entonces, fue conduciendo la entrevista con la misma naturalidad que transmitía su interlocutor.

Sin nervios, sin imponerle el personaje (o al menos, no lo dejaba traslucir), con sus típicas salidas, con la escenificación del trozo de concertina, con el que logró uno de los puntos álgidos de emoción. Jordi demostró que se puede hacer una entrevista auténtica sin ser demasiado invasivo, sin presionar, sin intentar que el entrevistado conteste lo que uno quiere y con preguntas cortas y comentarios como de pasada, que invitaban al Papa a seguir hablando o a cambiar de tema.

Puestas las óptimas condiciones en cuanto a la forma, el fondo se escenificó sólo. Brotaba a borbotones y fluía como agua mansa, que, a veces, se aceleraba en los rápidos del recorrido, al socaire de la vida preguntada y respondida. Con detalles íntimos de la vida del Papa o con respuestas apodícticas y frases redondas.

Reconociendo sus errores

Sin escabullirse, sin escaparse, sin escurrir el bulto, el Papa entró en todos los temas (excepto en el de la exhumación de Franco, en el que quiere dar todo el protagonismo a la jerarquía española) con claridad, sencillez y absoluta transparencia. Sin dárselas de nada, sin querer ocultar nada y hasta reconociendo sus propios errores (lo del machismo con faldas) o la suciedad de su propia Iglesia.

Suciedad de los abusos y de los demás vicios mundanos que también hay en su propia Curia, ante los cuales propuso coger la escoba y limpiar, limpiar y limpiar. Es decir. No ocupar espacios (“colgar a cien curas en la Plaza de San Pedro”), sino iniciar procesos, que vayan a las causas, que tengan su tiempo, pero que sanen de raíz.

A los ultras o a los católicos más conservadores no les habrán gustado algunas de las respuestas de Francisco (sobre el capitalismo financiero, por ejemplo o sobre los medios católicos, que crean muros ante la inmigración), pero como él mismo dijo: “Que lean el Evangelio”.

En definitiva, una entrevista a enmarcar y a proyectar en todas las iglesias de España el próximo domingo. ¿Se atreverán nuestros obispos, reunidos desde hoy en Asamblea Plenaria a dar esa orden en sus diócesis respectivas? ¡Me temo que no! Y será otra oportunidad perdida. Una más.

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