Sí, los seminarios se cierran Réquiem por los seminarios

"De 'dramática' califican los más la noticia del cierre-clausura, por ahora definitiva, de los seminarios. Por tanto, algunas sugerencias acerca del tema, es posible que nos sean de provecho, a principios del curso que empieza"

"Quienes se formaron en estos centros, con vocación o sin ella, mantuvieron en los pueblos de su procedencia, índices notables de cultura y progreso en beneficio de muchos"

"Pero, la Iglesia es otra. La falta -carencia- de vocaciones es clamorosa. Una formación sacerdotal recibida -impartida- al margen, 'sobre' y alejada del pueblo, carece de sentido"

"Seminarios -pisos compartidos con amigos -¿y 'por qué no, amigas'?- en ámbitos universitarios, facilitarán en grado mayor y con nota de “sobresaliente”, la verdadera capacitación religiosa que hoy se demanda"

"De dramas por el cierre de seminarios, nada de nada. A Jesús lo educaron sus padres, sus familiares, amigos y amigas y, aún sin ser sacerdote, fue ejemplo de vida"

De 'dramática' califican los más la noticia del cierre-clausura, por ahora definitiva, de los seminarios, o “centros de enseñanza en el que estudian y se forman los que van a ser sacerdotes”. Algunos -los menos- desdramatizan tal descalificación con “paños calientes”, y basculantes versiones propias de la inseguridad de los tiempos en los que vivimos…

Pero el hecho es que, noviciados, casas de formación de religiosos y religiosas, parroquias, templos, e iglesias, y ahora, también seminarios, engrosan el listado de instituciones e institutos religiosos “de toda la vida”, en el escabroso e inédito contexto de estos tiempos. Por tanto, algunas sugerencias acerca del tema, es posible que nos sean de provecho, a principios del curso que empieza.

Sí, los seminarios se cierran. Si cada diócesis contaba con uno -o dos, de estos centros -seminarios “mayor“ y “menor”-, “niña de sus ojos”, de obispos y educadores, con el correspondiente “Día” o festividad a ellos dedicados y con el título histórico y canónico de “conciliares”, y proporcionados edificios y profesorado, el número de los que perduran se reduce cada curso de manera ciertamente alarmante.

Quienes se formaron en estos centros, con vocación o sin ella, porque la perdieron o porque descubrieron que jamás la tuvieron- dedicados a otras profesiones u oficios, mantuvieron en los pueblos de su procedencia, índices notables de cultura y progreso en beneficio de muchos. Gracias a la formación recibida en los seminarios, la cultura `popular se mantuvo y mantiene activa e incólume en muchas latitudes y en tan largos años…

Pero, al igual que ha acontecido y acontece en general con lo religioso y más concretamente con la Iglesia, los tiempos no son ya lo que fueran. La Iglesia es otra. Sí, es Iglesia, pero es “otra”. Esta- la que tenemos y nos tiene-, se acaba. Las estadísticas, los números y el solo y nudo -desnudo- hecho de abrir los ojos y contemplar los templos vacíos, y no por contingentes razones coronavíricas, llevan inexorablemente a cualquiera a la constatación y fehaciente muestra de ello, que es es la noticia del cierre de los seminarios.

La falta -carencia- de vocaciones es clamorosa. No hay jóvenes a quienes les convenzan el sistema, ni las enseñanzas que se imparten en estos centros, ni los “fines carreristas” que incluyen. La Iglesia-Iglesia, la del Vaticano II, la “conciliar” de verdad, “en salida”, sinodal, evangélica y evangelizadora, la de los pobres y humildes, no se halla instalada en los seminarios ni en sus programas, y aún más, en no pocos de los que todavía perduran se perciben atisbos e indicios de que no cambiarán, por muchas dosis de penitencia que alardeen ser poseedores sus responsables.

Una formación sacerdotal recibida -impartida- al margen, “sobre” y alejada del pueblo, carece de sentido. A los sacerdotes no se les puede seguir enseñando -“educando en la fe-”, como “miembros del clero” -grupo social-, diferente del resto, y “por derecho divino”, vocación, supremacía, hábitos y ornamentos sagrados, votos de obediencia ,”amén”, “lo que usted diga o quiera”, y más si se pretende documentar tal argumentación con frases descontextualizadas de los evangelios, del ejemplo de Jesús, y del testimonio de los primeros cristianos, que ni se llamaron así, sino despectivamente “nazarenos”

Aparte, alejados y aún en contra del pueblo, la formación humana y cristiana que se imparta en los seminarios aún a las llamadas “vocaciones tardías” y a las otras, por muy pulcros que sean los distintivos clericales que los “distingan”, precisan urgente y profunda revisión, a la luz del Vaticano IIy de la mano del papa Francisco..

Por tanto, está más que sobradamente justificada la a dramatización de la desaparición de los seminarios, tal y como están concebidos no pocos de ellos en la actualidad y sin propósitos de enmienda por parte de la jerarquía. Es lo que hay. Y es lo que habrá más acentuadamente de aquí en adelante. Los seminaristas -exagerando los términos- no están para seguir jugando al fútbol con la sotana puesta y dando la impresión ascética de que lo hacen así “por razones de modestia”. Ya está bien de tonterías y sandeces, como han contribuido a convertir a los sacerdotes en seres distintos y “arcangélicos”, es decir, más pecadores “por acción u omisión” de educadores titulados “directores espirituales”.

Seminarios -pisos compartidos con amigos -¿y `por qué no, amigas?- en ámbitos universitarios, facilitarán en grado mayor y con nota de “sobresaliente”, la verdadera capacitación religiosa que hoy se demanda con posibilidades sublimes de que , cuando ellos lleguen a ser jerarquía, trasplanten su domiciliación y registro municipal de los palacios episcopales a otra calle cualquiera, con su código postal correspondiente, número y letra.

De dramas por el cierre de seminarios, nada de nada. A Jesús lo educaron sus padres, sus familiares, amigos y amigas y, aún sin ser sacerdote, fue ejemplo de vida, `predicador del verdadero evangelio, sembrador de palabras-parábolas y salvador de ricos y pobres.

Primero, Religión Digital
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