Los claretianos conmemoran los 117 años de su fallecimiento Venerable Mariano Avellana, ejemplo de compromiso evangelizador heroico

Tumba del venerable Mariano Avellana
Tumba del venerable Mariano Avellana

"La familia claretiana, religiosos y laicos herederos del carisma de san Antonio María Claret, conmemora el viernes 14 de mayo 117 años del fallecimiento del Venerable Padre Mariano Avellana, paradigma de misionero"

"31 años incansables, desde que a los 29 puso pie en el Cono Sur de América desembarcando en Chile, hasta que el 14 de mayo de 1904 rindió la vida en un campamento minero del norte del país"

"Por más de 30 años la familia claretiana ha venido suplicando al Señor se digne realizar por su intercesión el milagro que como único requisito faltante se necesita para su beatificación"

"Aunque lo primordial, recalcan sus promotores, es que sus virtudes destaquen como ejemplo cuestionante para los cristianos, religiosos y laicos, y en especial su fidelidad al compromiso evangelizador sobre todo de los más pobres"

La familia claretiana, religiosos y laicos herederos del carisma de san Antonio María Claret, conmemora el viernes 14 de mayo 117 años del fallecimiento -o pascua, en términos cristianos- del Venerable P. Mariano Avellana, paradigma de misionero que, animado por un propósito de fidelidad sin límites a ese carisma del padre y mentor de su congregación, entregó la vida a llevar el amor de Dios y el auxilio cristiano a los enfermos, presos y más abandonados, en forma reconocida como heroica.

Dedicó a ello 31 años incansables, desde que a los 29 puso pie en el Cono Sur de América desembarcando en Chile, hasta que el 14 de mayo de 1904 rindió la vida en un campamento minero del norte del país mientras predicaba la última de sus misiones, que entre el pueblo sencillo lo consagraron en vida como un santo.

Sus restos mortales descansan en la Basílica del Corazón de María de Santiago de Chile, lugar que hasta la actual pandemia mundial concitaba cada 14 de mes y en especial el de mayo a numerosos devotos agradecidos que llegaban a agradecerle sanaciones y favores que atribuían a su intercesión. Sobre todo desde que en 1987 el papa Juan Pablo II reconoció sus virtudes como “heroicas” y lo declaró Venerable. Pero esta vez, como el año pasado, las puertas del templo permanecerán cerradas debido al azote de la pandemia mundial, que en Chile ha cobrado más de 30.000 vidas.

Basílica Corazón de María. Santiago de Chile

Sin embargo, los misioneros claretianos, asentados allí desde hace 151 años, decidieron conmemorar la fecha celebrando la eucaristía junto a la tumba del que consideran su futuro santo que, teniendo el respectivo proceso eclesial terminado, sólo requiere del milagro esperado por más de tres décadas para ser beatificado.

Compromiso hasta las últimas consecuencias

La figura de Mariano Avellana ha iluminado por más de un siglo a la familia claretiana como ejemplo de entrega rotunda al compromiso misionero, esencia del carisma impreso a los suyos por Claret, el santo fundador de la congregación a la que el venerable se integró a los dos años de haberse ordenado sacerdote diocesano en Huesca, tierra aragonesa donde viniera al mundo.

En 1873 era destinado a Chile, donde los claretianos habían llegado tres años antes y sería el primer país en que lograrían consolidarse fuera de su original España.

Al partir de ésta, Mariano, en una decisión propia de su carácter férreo, se había propuesto: “o santo, o muerto”. Y al pisar tierra chilena tuvo la convicción de que debería realizarlo cumpliendo la voluntad de Dios en el nuevo campo de misión adonde ella lo había traído.

P. Mariano Avellana

Buscar “el rostro” o voluntad del Señor en la propia existencia, encontrarlo en el envío redentor a los “encadenados” más sufrientes –enfermos, presos y desamparados-, asumirlo con un compromiso de entrega plena y total hasta ofrendar la vida si fuese necesario, y cumplirlo hasta las últimas consecuencias, resume el estilo con que Mariano Avellana llegó a un país desconocido y le entregó 31 años de evangelización incansable, con la “heroicidad” que le reconoció Juan Pablo II.

Así fue como se entregó con alma y vida a la misión evangelizadora y el amor a un pueblo cargado de dolores y sufrimientos. En su labor imparable recorrería unos 1.500 kilómetros a lo largo del territorio chileno, hasta superar más de 700 misiones en su mayoría de ocho a diez días de duración, sobre todo en pueblos, aldeas, villorrios, campamentos en el desierto del norte minero del país, o en parajes campesinos perdidos entre montañas. Hasta dejar en ello la vida.

En el calvario de los pobres

En sus tareas que los superiores debían frenar porque no descansaba, Mariano tuvo que enfrentar las lacras de un país con enormes problemas socioeconómicos que golpeaban en forma muy dura a gran parte de su población.

Chile se asentaba por entonces en una economía agraria secular basada en la explotación laboral, una pobreza lacerante, enormes injusticias y el abandono de la mayor parte de su población. Junto a ello, una industrialización incipiente y un precario desarrollo urbano atraían una emigración creciente desde los campos, la que en suburbios infectos multiplicaba contagios, pestes y epidemias temibles. Tal era la realidad del Chile que enfrentaron los primeros claretianos, entre ellos el P. Mariano Avellana.

Suburbios y pobreza

Bien conocieron aquellos sufridos evangelizadores cómo masas empobrecidas eran azotadas por flagelos como el cólera, las disenterías, el tifus, la viruela o la tuberculosis. La expectativa de vida entre ellas no superaba los 30 años.

Misioneros en medio de tal realidad, no fue extraño que varios se contagiaran e incluso alguno muriera asistiendo a víctimas de pestes o pandemias. El P. Mariano, por su parte, entregado a los enfermos que solían atiborrar precarios hospitales o arrinconarse en viviendas infectas, contrajo en alguno de sus arriesgados ministerios un doloroso herpes que lo atormentaría por veinte años hasta su muerte. En forma similar se le formó en una pierna una herida que en diez años, también hasta el fin de sus días, llegó a transformársele en una llaga enorme. Tal vez haya sido obra de alguna variante de la que hoy se conoce como “bacteria asesina”.

No sólo guardó silencio frente a los sufrimientos que ello le provocó. Siguió haciendo su vida normal, misionando en forma incansable, y hasta cabalgando por pueblos lejanos perdidos entre montañas.

Su otra forma de martirio

Parece indudable que si viviera hoy, Mariano Avellana no trepidaría en entregarse con el celo de entonces a los más sufrientes y necesitados, como, por cierto, cuantas víctimas pudiera del virus nefasto que se ha adueñado del mundo en la pandemia más agresiva de la historia.

Conocedores hoy de la forma heroica como vivió su compromiso misionero hasta las últimas consecuencias, su ejemplo resalta quizás como nunca frente a los sufrimientos que la pandemia actual y sus consecuencias socieoeconómicas han provocado en el mundo entero.

Por más de 30 años la familia claretiana ha venido suplicando al Señor se digne realizar por su intercesión el milagro que como único requisito faltante se necesita para su beatificación. La superioridad máxima de los misioneros claretianos ha señalado la promoción de su causa como tarea relevante de la congregación. Ello teniendo en consideración el privilegio singular de que 184 de sus miembros martirizados en el siglo XX han sido beatificados en las últimas tres décadas.

Pero no ha sido reconocida en forma similar la entrega, “heroica” según el reconocimiento papal, con que el P. Mariano Avellana hizo de la fidelidad a su compromiso misionero una suerte de martirio de cada día con no menores sufrimientos, y fue así, como sus hermanos mártires, “misionero hasta el fin”, según a ellos se les alaba.

Lograr que como ellos sea igualmente beatificado parece objetivo natural y plausible. No obstante, sus promotores señalan que no se trata simplemente de llegar a verlo en los altares. Lo primordial, recalcan, es que sus virtudes destaquen como ejemplo cuestionante para los cristianos, religiosos y laicos, y en especial su fidelidad al compromiso evangelizador sobre todo de los más pobres, sufrientes y abandonados. Por algo su oración tradicional ruega al Señor no sólo que lo glorifique sobre la tierra, sino “que sepamos imitar sus virtudes y seguir sus ejemplos”.

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