El abrazo de Dios en el Camino de Santiago: Todos somos iguales. Nadie camina solo
"Hace dieciséis años ya, comenzamos a realizar el Camino de Santiago con personas que estaban en la cárcel. La escucha atenta, el abrazo y la risa han sido claves. Lo que nos unía era la humanidad. Y es que todos merecemos oportunidades. Como dijo Romero, 'con este pueblo no cuesta ser pastor'"
Hace dieciséis años ya, comenzamos una experiencia importante y emocionante, diría yo, a la vez que evangelizadora, en la cárcel de Navalcarnero. Comenzamos a realizar el Camino de Santiago, con personas que estaban en la cárcel, con voluntarios que acudían allí a diario y con personas de la parroquia y del barrio que quisieran incorporarse. Lo comenzamos con muchas críticas por parte especialmente de la institución, porque nos decían poco menos “que era una locura “. Que era un disparate lo que planteaba y que no iba a salir bien. Lo que planteábamos era un Camino de Santiago pero como experiencia en libertad, es decir, donde no hubiera nadie que formara parte de la institución “oficial”, ni funcionarios, ni trabajadores sociales, ni educadores, ni psicólogos… sino que caminásemos juntos sin esa vigilancia habitual que tenemos en la cárcel cada día. Se había hecho la experiencia en otras cárceles, pero no así. Y confieso que nos costó mucho sudor y sufrimiento que se llegara a entender, a compartir y a aprobar.
Decían que era muy arriesgado que los chavales de la cárcel salieran así, y que era necesario una presencia institucional. Y yo en todo momento me negaba, porque veía que no era lo que nosotros pretendíamos: descubrir que los chavales, por supuesto viendo quién iba y estudiando cada persona, podían tener esa experiencia que de alguna marcara sus vidas para un futuro, porque cuando estuvieran en la calle iban a ser “dueños de su propia persona”, iban a tener que enfrentarse a lo que eran, sin nadie que les controlara.
Tengo que reconocer que la suerte, y yo creo que el mismo Dios, nos ayudó, por cómo se desarrollaron los hechos. Si venía alguien de la institución tenían que darle dietas o días de vacaciones, y la cárcel decía que no podía, que no tenían recursos para eso y que tendrían que ir de modo voluntario. Y como nadie al final quiso hacerlo así, me dijeron que se lanzaban a la propuesta, sin verlo mucho, pensando en que era un riesgo, pero que al final lo autorizaban.
De ahí que finalmente, la propuesta del “Camino de Santiago en libertad”, saliera adelante. Desde entonces, y en todos estos años, lo hemos venido haciendo, sin que hubiera ninguna dificultad, es más, diría yo, que cada año con más frutos, con más ilusiones y esperanzas, también porque todos vamos teniendo mayor esperanza y eso hace que todo ruede mejor. Así ha sido con el Camino de este año que acabamos de terminar hace unos días.
Siempre lo decimos. Cuando vamos preparando toda la experiencia siempre decimos que vamos unos de Navalcarnero, otros de la parroquia, otros voluntarios… pero cuando nos ponemos en camino y salimos en autobús de la horrenda M-30 de la cárcel, ya no hay “presos ni libres”, que dice San Pablo en la carta a los Gálatas, ya solo hay personas, seres humanos con diferentes “mochilas” a sus espaldas, con diferentes vidas, con situaciones de dolor y de alegría, que caminan juntos, en un Camino que en el fondo es Camino de vida. Y comenzamos con esa ilusión de poder compartir juntos unos días especiales de fraternidad, de risas y de mirada hacia el futuro. Podemos participar todos, sabiendo que esa es la única condición: la caída de todo tipo de etiquetas y de prejuicios. Este año además sí que venía una persona de la institución, una jurista muy vinculada a la capellanía, pero que venía desde su tiempo libre, desde su propia vida entregada también a la experiencia de compartir, en un ambiente diferente, unos días con los chavales a los que habitualmente ve, como nosotros, dentro de la cárcel.
Compartir juntos unos días especiales de fraternidad, de risas y de mirada hacia el futuro es emocionante. Para los chavales que están dentro, porque ven y descubren que son importantes, que su vida no es 'ser preso', sino que 'están presos'
La experiencia siempre nos resulta a todos muy positiva, entrañable y evangélica, a pesar de ser o no creyentes. A las personas que estamos en la calle, porque compartir en un ámbito diferente la vida con los chavales a los que habitualmente visitamos, es emocionante; a los que no conocen el mundo de la cárcel, porque descubren algo que a veces parece que tanto desde los medios de comunicación como desde la opinión pública de la calle no se ve: que en la cárcel hay seres humanos, que detrás de cada delito lo que hay es una persona como nosotros que necesita de oportunidades, después de haber cometido algún error. Y para los chavales que están dentro, porque ven y descubren que son importantes, que su vida no es “ser preso”, sino que “están presos” en este momento por su error, pero que su estado de vida es la llamada a la libertad que nos hace Dios desde que nacemos y que las personas que compartimos con ellos la experiencia nos les juzgamos, no les etiquetamos sino que nos sentimos como hermanos y hermanas, amigos y amigas que vamos caminando juntos por la vida, que ahora es el Camino de Santiago.
Para los que vamos por allí cada día es también una experiencia especial de Dios, porque descubrimos su presencia en todo el Camino. Está claro que en la experiencia participamos todos los que queremos o podemos, al margen de nuestra fe o creencia (también participan PERSONAS de religión musulmana, porque, como digo, la experiencia va dirigida a personas y no a credos particulares), pero reconozco que a mí me hace descubrir la presencia de un Dios del que a veces no hablo, del que a veces no comunico verbalmente, pero que sí siento e intento comunicar con lo que vivo y hago a diario, con todas mis dificultades y errores. Un Dios que nos da vida, que nos anima, que nos abraza, que nos quiere, que cuenta con todos nosotros. Un Dios que se nos revela cada día en cada historia de cada una de nuestras personas, un Dios al que a veces no llamamos así, pero que en Jesús se nos revela presenta en cada ser humano que vamos caminando juntos.
Con todo esto, un año más hemos realizado nuestro Camino juntos. Como siempre, allá por el mes de febrero comenzamos ya a hacer la propuesta a los chavales de Navalcarnero, para presentar los permisos pertinentes. Se explica la propuesta a cada chaval, y también se ofrece a quién desde los mismos equipos de trabajo de tratamiento de la cárcel, con quien estamos en coordinación, les pueda venir bien dentro de su proceso de reinserción. Después de esa primera propuesta, ya se pasa para que la junta de tratamiento apruebe a quien ve que puede participar, y después se pasa también a Instituciones Penitenciarias, que es la que tiene que dar el permiso definitivo. De tal forma que desde la propuesta inicial hasta los permisos finales siempre hay diferencias.
Este año concretamente, se presentaron 35 solicitudes a la junta, que aprobó a 20 chavales y luego instituciones que aprobó finalmente a 14 personas. Y luego por circunstancias, de esas 14 personas, finalmente han podido participar 11. Nunca habían sido tantos y por eso también al principio era también un reto para todos. Y, junto a ellos, todos los que queríamos compartir juntos la experiencia, sin ser diferentes, sino siendo personas. También para mí era bonito e importante, el que este año venía un cura muy amigo que estuvo en la parroquia de Tías, en Lanzarote, al que varios años sustituí, porque era llevar también a esa tierra con nosotros, y por supuesto a este hombre al que quiero y que siempre está cercano a todos. Y junto a todos, el que fue capellán durante muchos años en Navalcarnero, y que con sus 87 años también ha querido acompañarnos, desde su cercanía, cariño y apoyo, y desde su especial visión del Dios que siempre está con nosotros, al lado, acompañándonos y siendo nuestra ayuda.
Con todo esto, comenzamos nuestro Camino hacia Santiago, con la alegría de poder participar unos días de fraternidad, de encuentro, de ilusión, de esperanza y sobre todo de mirada hacia adelante. En el Camino se da siempre la circunstancia de que todos miramos hacia adelante, para atrás solo miramos cuando alguien nos necesita o cuando necesitamos parar para ver si vamos bien. Pero el Camino es sobre todo horizonte hacia adelante, es descubrir que lo pasado siempre queda atrás. Miramos hacia adelante para descubrir la belleza de la naturaleza y para evitar “caernos”, como en la propia vida, donde también es importante contemplar todo lo que cada Dios nos brinda y para evitar también poder tropezar por los diferentes obstáculos que siempre vamos teniendo.
Este año ha sido especialmente un año justo de eso, de mirar hacia adelante y de crear juntos una fraternidad y unos lazos muy especiales. La mañana comenzaba, como siempre, con el desayuno, para coger las fuerzas necesarias para caminar (como en la vida de cada día), y después de ese desayuno y el aseo correspondiente, colocar todas las cosas en la furgoneta de apoyo, la foto de rigor del día de todo el grupo, una motivación especial para comenzar el día y la marcha hacia adelante. Primero salíamos en grupo, pero luego cada uno iba siguiendo su propio ritmo, eso sí intentando estar pendientes los unos de los otros, sin dejar a nadie solo, sin dejar a nadie al margen, intentado estar todos incluidos en el mismo Camino, y por supuesto en la misma vida. Los más fuertes preocupados de los más débiles, los que tenían más fuerzas y caminaban más, preocupados de los que caminaban menos por diferentes dificultades. Sabiendo que lo importante no era llegar el primero o el último, sino llegar juntos, llegar como familia, llegar como grupo, llegar sabiendo que TODOS SOMOS IMPORTANTES.
La caminata iba transcurriendo cada día desde el compartir juntos, ir charlando por el camino, hablando de nosotros o simplemente riendo y disfrutando juntos del paisaje. No hay que hablar quizás cosas muy serias, sino que simplemente hay que compartir. Unos iban más hacia adelante, otros iban más hacía detrás, unos iban más solos seguidos unos de otros, otros iban de dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro… pero todos éramos uno.
Cuando llevábamos un rato de camino, como tres horas, nos esperaba ya la furgoneta amiga, con las dos personas que estaban encargadas de ello y que tanto nos han cuidado en todo el camino, para el receso de la mañana, parar y tomar un bocadillo que nos hacía recuperar energías. En esta parada comentábamos cómo iba siendo el camino, las dificultades o lo que nos quedaba para llegar. Y después de reparar fuerzas continuábamos la caminata hasta el destino final, también cada uno a su ritmo. Al llegar, ducha y la comida que también nos tenían preparada (ciertamente es también clave de todo el camino que hacemos juntos, la preparación de las comidas y todo lo que supone la intendencia, que nunca nos cansaremos de agradecer suficientemente. Dos personas dedicadas exclusivamente a ello, que caminan con nosotros de manera distinta, pero que lo hacen unidas a nosotros y además desde muchos meses antes preparando todo lo que es la reserva de albergues y toda la infraestructura necesaria. Son como los cámaras que no se ven, que están detrás de la pantalla, pero sin los que sería imposible llevar a cabo la experiencia), y después un rato de descanso, un momento importante del día: la asamblea o reunión general de todo el grupo.
Estas reuniones generales han sido este año muy importantes, porque ha habido un clima de apertura, de sinceridad y de compartir sentimientos muy especial. Desde compartir nuestros deseos e intereses más profundos, lo que nos pasaba en ese momento y en nuestra vida, nuestras aspiraciones y siempre nuestra mirada hacia el futuro. Muy importante fue la reflexión en torno a la esperanza y en torno al “no te rindas”, algo que a menudo nos pasa a todos. Reflexionar en torno a ese no te rindas no hizo descubrir que todos estamos llamados a seguir y que en ese no rendirse la ayuda del otro siempre es muy importante. Igual que no caminamos solos hacia Santiago tampoco caminamos solos en el camino de la vida, y es necesario pedir ayuda en cada momento que la necesitemos, sabiendo que TODOS NOS NECESITAMOS, QUE TODOS SOMOS IMPORTANTES Y QUE NADIE HAY MEJOR NI PEOR QUE NADIE.
En este rato de reflexión grupal ha sido clave la escucha atenta a lo que la otra persona nos iba expresando, una escucha que no era para luego aconsejar, como hacemos habitualmente, sino para sentir lo que decíamos: que no estamos solos. Cuando el último día hemos revisado estos encuentros todos los hemos valorado como muy positivos y como un momento especial del día.
La cena en común y el compartir cada uno desde sí y con quien quería el día, cerraba nuestra jornada, una jornada que era siempre una apertura a la vida y al futuro.
En este Camino ha sido también muy importante el ABRAZO, el reconocer que en cada abrazo que nos dábamos nos entregábamos parte de nosotros, saber que cuando por la mañana o durante el día nos fundíamos en un abrazo fraterno, se fundían nuestras vidas deseosas todas de cariño y de reconocimiento mutuo. Y en cada abrazo, en cada sonrisa, en cada mirada de ternura, en cada llanto de emoción o de tristeza y dolor, también sentir el paso de Dios junto a nosotros, la misma Pascua de Jesús de Nazaret que se nos acercaba y nos abrazaba también. Para los creyentes es descubrir que el Dios de Jesús caminaba junto a nosotros, y participaba de todo lo que juntos íbamos viviendo y participando. No es una frase hecha, era sentir al Dios Padre-Madre preocupado por cada uno de sus hijos y de sus hijas, un Dios que se ha hecho presente durante el camino en todas nuestras historias de vida, en todas nuestras risas, y en todas las mochilas que todos hemos llevado y que hemos compartido juntos.
Yo no entiendo a otro Dios, no es el Dios que está arriba despreocupado de todos nosotros, sino que es el Dios “de abajo” que camina a nuestro lado, y que nos comprende cuando nos comprendemos juntos. Para otros, será la humanidad fraterna la que nos ha unido, y no importa, porque donde “tú dices Dios yo digo libertad, justicia y amor”, que decía el Santo de Brasil, Pedro Casaldáliga. Podemos llamarlo de muchas maneras, pero es verdad que en esa humanidad muchos hemos visto y vemos la humanidad de Jesús de Nazaret, que también nos decía que nos necesitaba y que contaba con nosotros para seguir caminado en la vida, para que a pesar de nuestros errores sintiéramos que lo importante era caminar, seguir adelante, y seguir adelante no solos sino en comunidad.
Si el abrazo ha sido característica de este Camino, también lo ha sido de manera especial LA RISA, una risa que supone que podemos reírnos de todos y con todos, que supone hacer de la vida una mirada de optimismo y de alegría. A veces eran risas por lo que contábamos o por bromas que se nos iban haciendo, y siempre mirando a que el otro pudiera cambiar un momento de tristeza en un momento de alegría, aunque fuera por una mínima tontería que nos hacía estallar en algo diferente. Qué importante es saber reírse y provocar sonrisas en los otros.
Y en todo el Camino, sintiendo que esa humanidad personal y comunitaria era la que nos animaba. Que podíamos pensar de manera distinta, tener credos o religiones diferentes, pero que lo que nos unía era NUESTRA HUMANIDAD, que todos somos personas y que hay lenguajes que todos entendemos, seamos del país que seamos o de la religión que seamos. Un abrazo, una sonrisa, llanto, una mirada de cariño… es entendida por todos, y en cada uno de esos gestos, muchos descubrimos y seguimos descubriendo cada día la presencia de ese Jesús de Nazaret, del que no hablamos, pero del que sí vivimos, experimentamos y sentimos en nuestro interior.
Cada uno en el Camino, como en la vida, tiene su papel. Unos pueden ser actores principales de la obra y otros actores más secundarios, pero la obra de la vida, la obra del Camino no puede llevarse a cabo sin ninguno de los que participamos en ella. Cada uno pone su impronta, lo que sabe hacer, pero todos aportamos algo para seguir adelante. Nadie puede decir que no sirve para nada o que su papel no es importante, porque cada uno lo es desde sí mismo. Y así lo hemos comprobado un año más, desde los más tímidos a los más lanzados, desde los más risueños hasta los más apocopados, desde los más jóvenes hasta los más adultos, desde los más “machacados” por la vida hasta los más fuertes por varias razones. Todos en la misma dirección y todos aportando algo para que la marcha fuera mejor y más llevadera.
Y muy importante el estar unos pendientes de otros, el mirar al de al lado y preguntarle qué te pasa, qué necesitas o cómo estás… o, te veo triste. Desde el respeto absoluto a la persona como lo más sagrado de este mundo, sin intentar “sonsacar qué hay en cada una de nuestras mochilas”, sino desde el compartir amigable y evangélico, desde hacernos los encontradizos en el camino y en las vidas de las personas con las que íbamos caminando y compartiendo el caminar, dificultades, asperezas y también esperanzas.
Algo importante fue también, como cada año, la misa del peregrino en la catedral de Santiago, que supone, al margen una vez más de las creencias personales, el final de un Camino, de una etapa. Supone repensar lo vivido y aprender de todo lo que hemos compartido juntos, supone el terminar algo y también comenzar algo, como siempre en la vida, porque todos los proyectos que terminan siempre dan lugar a otro nuevo, diferente pero también esperanzador.
En esa Eucaristía fue también importante que uno de los chavales, que está llevando un proceso especial de cambio, pudo proclamar la primera lectura, lo hizo con nervios, pero también, como nos decía, con mucha emoción. Y me alegré mucho de que lo hiciera precisamente por eso, porque su vida ha cambiado y necesita todo el apoyo: el Dios misericordioso se ha manifestado en él. Siempre dice: “no sé cómo dar gracias por todo lo que recibo”. Confieso que cuando lo escucho se me caen las lágrimas de emoción. Desprende una ternura y un cariño muy especial. Ojalá siga hacia adelante. Además, es salvadoreño, un buen” guanaco”, con lo cual mi corazón, cada vez que lo escucho vibra aún más, y cada día se lo presento a mi Monseñor Romero para que lo siga cogiendo de la mano.
La lectura era la de Romanos 8, donde San Pablo nos dice que los sufrimientos de ahora nos llevan a una esperanza y a un futuro mejor, y todos recordamos al escucharla que es cierto, que en la vida hay muchos sufrimientos que esperamos pasen para dar lugar a algo más bonito. Eso se ha hecho especialmente carne en este salvadoreño, y al oírselo proclamar me emocioné de nuevo. Por si fuera poco, este año la camiseta que llevábamos del Camino decía: “NO A LA GUERRA”, y fue también una manera de decir a todos, desde el atrio de Santiago, que estábamos en contra de cualquier tipo de violencia, pero especialmente como siempre, la que se ejerce a los pobres y crucificados de este mundo, como diría Jon Sobrino. La lectura de romanos la vivíamos cuando estábamos caminando. Quizás sin fuerzas, queríamos llegar a la meta para descansar, y de pronto alguien nos brindaba una mano o una ayuda, igual pasa en la vida. Para los cristianos lo importante es que en ese camino de dolor que a veces sentimos, experimentamos también la fuerza de Dios, que nos quiere a todos y quiere lo mejor para todos. Que Dios no quiere ese dolor, sino que nos acompaña en él para poder compartir luego la plenitud total de la vida. “La humanidad gime con dolores de parto”, pero siempre con la fuerza de aquel que nos ama y ha puesto su confianza en nosotros.
El evangelio, que también pude proclamar, nos hablaba de la parábola de la semilla y de cómo ese Dios va sembrando en nuestra vida. En el Camino hemos comprobado también eso, que todos hemos ido sembrando y que iremos recogiendo todo lo sembrado. Dios ha puesto y pone en nuestra vida personas y situaciones que nos ayudan y de nosotros depende esa recogida; en este Camino todos hemos sembrado algo, todos hemos hecho que fuera posible ese camino de vida, y ahora juntos tenemos que recoger lo sembrado.
Un año más la palabra es Gracias. Gracias a todos y a cada uno de los que hemos participado en la experiencia, gracias por fiarnos unos de otros, gracias por compartir, por reír y por llorar juntos. Al final de la experiencia nos damos las gracias todos y cada uno de nosotros, todos nos aplaudimos, porque todos la hemos hecho posible, cada uno a su nivel. Para los creyentes un gracias especial a Dios Padre-Madre al que hemos sentido y experimentado en cada momento, y porque desde su cariño también hemos transmitido nosotros ese cariño a los demás, porque un día más nos hemos dado cuenta de que somos vehículos del amor de Dios, y que ese Dios sigue contando con nosotros.
Nuestra apuesta está hecha, todos nos merecemos oportunidades, todos necesitamos un empuje hacia adelante y que alguien se siga fiando de nosotros. Ahora empieza el camino de la vida, la nueva etapa, y es importante que, igual que en el Camino de Santiago que hemos terminado, estemos atentos a las señales que la vida y Dios nos brindan. Que estemos atentos a las mochilas de cada uno y que si necesitamos bastones y ayudas las pidamos. Pedir ayuda nos hace humanos, que es en definitiva, como ya hemos dicho muchas veces, lo que nos une a todos. Que no nos pase desapercibido el llanto, el dolor, la risa y la esperanza de los que tenemos al lado.
Cada uno volvemos ya a la vida normal, a la vida ordinaria, pero con la fuerza y la esperanza de lo vivido. El momento de dejar a los chavales en la cárcel de Navalcarnero siempre es un momento especialmente duro, porque algo se nos rompe dentro. Ya no somos los mismos que salíamos hace una semana, ahora nos conocemos, ahora hemos compartido y ahora la separación cuesta. Pero las rejas de cada uno de nosotros, las cárceles personales, los dolores y esperanzas ahora son distintos, ya no somos meros nombres, sino que detrás de cada nombre hay una historia que merece la pena y que nos une a todos. Es un momento agridulce, pero a la vez de alegría por todo lo compartido.
Y, como cura, una gran acción de gracias al Dios que cada día me permite vivir y revivir cada una de estas experiencias, al Dios que siento en cada momento cada vez que piso “la tierra Santa” de Navalcarnero, que ahora de nuevo se ha hecho presente en este buen Camino de Santiago. Gracias por poder contar conmigo y con lo que soy y puedo aportar.
Recuerdo especialmente también a mi buen amigo el papa Francisco, que tanto le gustaba le contara esta experiencia cada año, y que siempre camina con nosotros, y especialmente conmigo.
Y recuerdo también las palabras de Monseñor Romero, el santo de América, “con este pueblo no cuesta ser un buen pastor”. Dios ha pasado por nuestras vidas en estos días de caminar juntos, como también decía Ellacuría con respecto al santo de América: “Con Monseñor Romero, Dios pasó por El Salvador”. Pues en el Camino de Santiago, Dios y todo lo que Él conlleva, ha pasado por nuestras vidas, desde la humanidad entrañable de poder compartir vida, esperanza, ilusiones, fracasos y proyectos. Y puesto que se trata de caminar, QUE CAMINEMOS JUNTOS, esperanzados y abrazándonos desde Aquél que siempre nos abraza y nos quiere a todos: el buen Dios Padre-Madre que camina a nuestro lado y que se hace presente en cada uno de los que caminan cerca. Ese abrazo compartido de estos días es el abrazo de Dios, y es el abrazo de los que también nos piden que les abracemos. Que nunca neguemos ese abrazo a nadie, y que, cuando abracemos y nos abracen, sintamos algo más, no un mero achuchón sino un entrañable sentimiento de humanidad, de fraternidad y en creyente, un sentimiento de Dios.
GRACIAS, ADELANTE, Y BUEN CAMINO DE LA VIDA PARA TODOS.
Camino de Santiago 5 al 12 de julio de 2026
