Entre la adivinación y la fe: ¿queremos conocer el futuro o aprender a vivirlo?
Hace poco me preguntaban si consultar las cartas del tarot es malo a los ojos de Dios. La pregunta me parece interesante porque, más allá del tarot, nos enfrenta a una inquietud universal: nuestro deseo de conocer lo que todavía no ha sucedido
Hay preguntas que parecen sencillas, pero que nos llevan a cuestiones profundas sobre la condición humana. Hace poco me preguntaban si consultar las cartas del tarot es malo a los ojos de Dios, si constituye una ofensa religiosa o si la condena de estas prácticas responde más bien a determinadas interpretaciones de la tradición cristiana. La pregunta me parece interesante porque, más allá del tarot, nos enfrenta a una inquietud universal: nuestro deseo de conocer lo que todavía no ha sucedido.
El ser humano tiene una relación ambivalente con el futuro. Por una parte, necesita proyectarse, anticipar acontecimientos, tomar decisiones y preparar el camino. Por otra, le inquieta profundamente lo que desconoce. La incertidumbre nos hace vulnerables y, en ocasiones, buscamos cualquier procedimiento que nos prometa una respuesta. Queremos saber si una relación funcionará, si tendremos éxito, si llegará una oportunidad o si debemos tomar determinado camino. En el fondo, muchas veces no buscamos tanto conocer el futuro como liberarnos de la angustia de no controlarlo.
En ese contexto aparecen las distintas formas de adivinación, desde las antiguas prácticas oraculares hasta el horóscopo y las cartas del tarot. Conviene empezar por una distinción elemental: no existe evidencia científica sólida de que las cartas puedan predecir acontecimientos futuros ni revelar conocimientos ocultos. Otra cuestión es su valor artístico, histórico o simbólico. Algunas barajas contienen auténticas obras de arte y reúnen imágenes, arquetipos y referencias culturales que pueden despertar reflexiones sobre la vida humana. Contemplar una imagen y meditar sobre su significado no equivale a atribuirle poderes sobrenaturales.
En el fondo, muchas veces no buscamos tanto conocer el futuro como liberarnos de la angustia de no controlarlo
La complejidad de la tradición bíblica
Desde el punto de vista bíblico, el asunto merece una lectura algo más detenida. Es verdad que encontramos prohibiciones explícitas de las prácticas adivinatorias. En Deuteronomio 18,10-12 se rechazan la adivinación, la hechicería, los agüeros y otras formas de buscar conocimientos ocultos. También Levítico 19,26 advierte contra determinadas prácticas de este tipo.
Sin embargo, la propia Biblia contiene relatos en los que se recurre a procedimientos que hoy podríamos relacionar, de manera general, con la consulta de signos o el uso de suertes. Un ejemplo significativo aparece en los Hechos de los Apóstoles. Tras la muerte de Judas Iscariote, los discípulos deben elegir a quien ocupará su lugar entre los Doce. Presentan a dos candidatos, oran y echan suertes. La elección recae sobre Matías (Hechos 1,23-26).
También encontramos referencias a los Urim y Tumim, vinculados al discernimiento de la voluntad divina en el Antiguo Testamento (Éxodo 28,30). Y hay otros episodios en los que se utilizan las suertes para resolver determinadas cuestiones.
La tradición cristiana ha mantenido una posición crítica frente a la adivinación cuando pretende acceder a conocimientos ocultos o someter el futuro a determinadas técnicas
¿Estamos ante una contradicción? No necesariamente. Para comprender estos textos hay que atender a su contexto histórico y religioso. No es lo mismo intentar obtener un conocimiento oculto para dominar el futuro que confiar una decisión a Dios mediante un procedimiento que una comunidad interpreta dentro de su relación con Él. En el caso de Matías, la oración y el discernimiento preceden a la elección. No se pretende controlar el destino, sino buscar una respuesta en una situación concreta.
La tradición cristiana ha mantenido una posición crítica frente a la adivinación cuando pretende acceder a conocimientos ocultos o someter el futuro a determinadas técnicas. El Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente en sus números 2116 y 2117, recoge esta enseñanza. Pero eso no obliga a confundir cualquier interés por los símbolos, las imágenes o las tradiciones esotéricas con una práctica adivinatoria.
El símbolo no es el poder
Aquí conviene distinguir entre el lenguaje simbólico y la atribución de poderes mágicos. Los símbolos forman parte de nuestra manera de comprender el mundo. Desde las pinturas rupestres hasta las grandes tradiciones religiosas, el ser humano ha utilizado imágenes para expresar experiencias que a veces resultan difíciles de explicar mediante conceptos.
Una cosa es utilizar esas imágenes como estímulo para la reflexión y otra creer que la carta contiene una información sobrenatural
Una carta que representa la muerte puede invitarnos a pensar en la transformación, la caducidad o el final de una etapa. Una imagen de enamorados puede suscitar una reflexión sobre el amor, la libertad o el compromiso. Pero una cosa es utilizar esas imágenes como estímulo para la reflexión y otra creer que la carta contiene una información sobrenatural sobre lo que va a sucedernos.
También es interesante la presencia de referencias hebreas y de otros elementos culturales en determinadas barajas. Sin embargo, conviene no confundir las asociaciones esotéricas desarrolladas posteriormente con el significado original de las letras y los textos bíblicos. Si queremos conocer el hebreo, lo más enriquecedor será estudiarlo directamente, acercándonos a su lengua, su historia y su tradición.
El problema, por tanto, no está necesariamente en contemplar una imagen, sino en la relación que establecemos con ella. Cuando dejamos que una carta, un horóscopo o una supuesta predicción determine nuestras decisiones, podemos terminar entregando nuestra libertad a algo que carece de fundamento demostrado.
El miedo a lo desconocido
Hay otro aspecto que me parece especialmente importante: la dimensión psicológica de estas prácticas. Algunas personas recurren a la adivinación por curiosidad, otras por entretenimiento, pero muchas lo hacen buscando seguridad ante una situación que les produce angustia. Y aquí puede aparecer una dependencia peligrosa.
Si necesito consultar las cartas antes de tomar una decisión, si una predicción negativa condiciona mi estado de ánimo o si vivo pendiente de señales que supuestamente anuncian lo que va a suceder, estoy alimentando precisamente aquello de lo que pretendía liberarme: el miedo al futuro.
No se trata de desentendernos del mañana, sino de no permitir que la preocupación por lo que todavía no existe nos impida vivir el presente
La fe cristiana propone una actitud distinta. No nos promete que conoceremos anticipadamente todos los acontecimientos ni que estaremos protegidos de cualquier contrariedad. Nos invita a vivir desde la confianza, sin convertir la incertidumbre en una amenaza permanente. Jesús lo expresa con sencillez en el Evangelio de Mateo: «A cada día le basta su propio mal» (Mt 6,34).
No se trata de desentendernos del mañana, sino de no permitir que la preocupación por lo que todavía no existe nos impida vivir el presente. La confianza no es pasividad ni ingenuidad: podemos prever, planificar, consultar a personas prudentes y tomar decisiones responsables. Lo que no necesitamos es creer que podemos eliminar toda incertidumbre mediante procedimientos mágicos.
La fe como libertad interior
Quizá debamos revisar también una forma de religiosidad que convierte estas cuestiones en motivos de miedo. A veces se transmite la impresión de que Dios está esperando que cometamos una equivocación para castigarnos, como si nuestra relación con Él dependiera de evitar escrupulosamente determinados objetos o imágenes.
Pero el mensaje cristiano apunta mucho más lejos. No se trata de vivir obsesionados por posibles contaminaciones espirituales, sino de crecer en libertad, responsabilidad y amor. La cuestión fundamental es dónde ponemos nuestra confianza y qué consecuencias tiene eso para nuestra vida.
No creo que debamos alimentar la credulidad ni tampoco recurrir a condenas indiscriminadas. Es legítimo estudiar la historia del tarot, admirar la belleza de sus ilustraciones o investigar los símbolos que aparecen en él. Otra cosa es utilizarlo como instrumento para predecir el futuro o atribuirle una autoridad que sustituya nuestra capacidad de discernimiento.
La fe no necesita competir con las cartas ni con los oráculos. Tampoco necesita tener miedo de ellos. Su propuesta es mucho más exigente: aceptar que no lo sabemos todo, que no controlamos todos los acontecimientos y que, aun así, podemos vivir con esperanza.
Tal vez la pregunta más importante no sea si podemos conocer nuestro futuro mediante una baraja, sino por qué nos cuesta tanto aceptar que no lo conocemos. Quizá el verdadero aprendizaje espiritual consista en dejar de exigir al mañana garantías que nunca podrá ofrecernos y descubrir que la vida no se construye adivinando lo que vendrá, sino respondiendo con libertad y amor a lo que cada día nos presenta.
Porque, en definitiva, la fe no es el arte de adivinar el futuro, sino la confianza necesaria para caminar hacia él sin miedo.
