Andrea Grillo desmonta las nostalgias tridentinas del cardenal Sarah

Grillo rechaza de plano la imagen de Benedicto XVI como un Papa “humillado” por Francisco. “La imagen de la ‘humillación del Papa’ por parte de su sucesor es una ficción propia de una novela”, sentencia

Sarah y Grillo
Sarah y Grillo

El prestigioso teólogo y liturgista italiano Andrea Grillo responde con dureza al cardenal Robert Sarah por sus críticas a las limitaciones de la misa tridentina. En un artículo publicado el 2 de septiembre de 2026 en su blog Come se non, de la editorial Cittadella, Grillo sostiene que el relato de Sarah invierte los hechos: no es Roma quien “declara la guerra” a los fieles vinculados al rito anterior a la reforma litúrgica, sino que el uso del Vetus Ordo como alternativa al rito posconciliar se convierte, a su juicio, en una forma de confrontación con la autoridad de la Iglesia.

El cardenal Sarah durante una visita al Papa emérito
El cardenal Sarah durante una visita al Papa emérito

“La guerra del cardenal Sarah” es el título elegido por Andrea Grillo para desarmar, una por una, las tesis del purpurado guineano sobre la misa tridentina, el pontificado de Benedicto XVI y Traditionis custodes. Para el experto italiano en teología litúrgica, Sarah no defiende simplemente una sensibilidad celebrativa; reedita una lectura que convierte la liturgia anterior al Vaticano II en arma contra la reforma conciliar y enfrenta artificialmente a Benedicto, Francisco y León XIV. La discusión no gira, por tanto, en torno al gusto ritual, sino sobre quién tiene autoridad para reformar la liturgia y cómo se entiende la tradición viva de la Iglesia.

Las cuatro tesis de Sarah

Grillo reproduce cuatro afirmaciones centrales de una entrevista reciente de Sarah a EWTN Italia:

  1. El cardenal dice que “no podemos declarar la guerra a quienes participan devotamente en la misa, solo porque prefieren una forma en lugar de otra”, y califica esa actitud de “miope y totalmente ideológica, por lo tanto, nada pastoral ni cristiana”.
  2. Sarah elogia la liberalización del rito tridentino promovida por Benedicto XVI en 2007, asegurando que tuvo una “influencia positiva” e incluso una “corrección” respecto de posibles abusos en la forma ordinaria.
  3. Presenta Traditionis custodes como una humillación de Benedicto XVI. Afirma que el Papa Ratzinger deseaba una amplia difusión del rito anterior para que “el pueblo de Dios pudiera decidir por sí mismo” qué forma se ajustaba mejor a su fe, pero Francisco habría anulado ese proyecto cuando Benedicto aún vivía.
  4. Formula una regla absoluta: “El acceso a las formas rituales reconocidas y existentes desde hace siglos nunca puede ser limitado artificialmente por decretos”.

La respuesta de Grillo

La primera réplica del teólogo es frontal. “La misa tridentina, reintroducida por Lefebvre en lugar del rito aprobado tras el Concilio Vaticano II”, escribe, fue un “acto de guerra” contra la Iglesia de Roma. Su argumento es que el problema no consiste en perseguir una forma ritual antigua, sino en adoptar como norma común el rito reformado que entró en vigor en 1970, fruto del desarrollo conciliar y de la autoridad legítima de la Iglesia.

Vetus ordo
Vetus ordo

Por eso acusa a Sarah de “dar la vuelta a los hechos y convertir a los culpables en víctimas”. Para Grillo, recurrir al Vetus Ordo como una opción paralela al rito ordinario es precisamente “hacer la guerra a Roma”. No a una Roma abstracta, sino a la que recibió y aplicó el mandato de reforma litúrgica del Vaticano II.

El liturgista rechaza también la idea de que dos formas rituales contrapuestas puedan convivir indefinidamente y producir “paz”. La liberalización de Benedicto XVI, sostiene, no resolvió el conflicto, sino que “lo agravó”. La fórmula de la “forma ordinaria” y la “forma extraordinaria” alimentó, según él, una “competencia desleal entre formas rituales contrapuestas”, con consecuencias que no tardaron en revelar sus “frutos envenenados”.

Participación activa frente a clericalismo ritual

Grillo admite que en la celebración del rito posterior al Vaticano II han existido abusos. Pero cuestiona que el remedio sea una idealización de la misa preconciliar. “El NO puede ser objeto de abusos”, concede, utilizando las siglas de Novus Ordo, “pero el VO (Vetus Ordo) es un abuso en sí mismo”, porque ha sido concebido como “un rito clerical”, asociado a una apologética católica moderna que renuncia a la participación activa de todo el pueblo de Dios.

Ahí se sitúa una de las fracturas centrales del debate. Para Sarah, el rito anterior funciona como correctivo frente a banalizaciones o arbitrariedades. Para Grillo, la respuesta a los abusos no es regresar a una forma ritual que reserva el protagonismo al clero y reduce la participación de la asamblea, sino celebrar con fidelidad, profundidad y belleza la liturgia reformada por el Concilio.

El blog de Grillo lleva meses defendiendo que la cuestión litúrgica no es un asunto de preferencias estéticas. Sus recientes publicaciones analizan el “régimen paralelo” entre el rito que celebran los lefebvrianos y el rito de la Iglesia posterior al Vaticano II, y cuestionan el tradicionalismo como negación de la tradición viva.

Francisco y Benedicto XVI
Francisco y Benedicto XVI

Benedicto, Francisco y la autoridad para reformar

Grillo rechaza de plano la imagen de Benedicto XVI como un Papa “humillado” por Francisco. “La imagen de la ‘humillación del Papa’ por parte de su sucesor es una ficción propia de una novela”, sentencia.

En su lectura, Francisco no anuló arbitrariamente a su predecesor, sino que “restableció el sentido común” que habían sostenido Pablo VI y Juan Pablo II antes de la apertura de Benedicto en 2007.

La crítica más grave de Grillo es que la argumentación de Sarah recupera, sin reconocerlo, el presupuesto que condujo a Marcel Lefebvre al cisma: pensar que la reforma litúrgica no tiene autoridad para reformar el antiguo rito romano. Esa idea, advierte, es “cismática”, porque niega en la práctica que la Iglesia tenga potestad para configurar legítimamente su propia oración pública.

Frente al principio de que un rito con siglos de historia no podría ser limitado o reformado, Grillo ofrece una lectura histórica, que demuestra que la Iglesia siempre ha reformado sus instituciones y su liturgia.

El Concilio de Trento introdujo novedades decisivas, como la obligación de residencia episcopal, la forma canónica del matrimonio y los seminarios. Fueron reformas nuevas, aplicadas gradualmente y llamadas a sustituir prácticas anteriores. El Vaticano II, sostiene, obró de manera análoga, al pedir superar una forma litúrgica que consideraba inadecuada para la vida de la Iglesia contemporánea.

Pedro Aguado, obispo de Huesca y de Jaca, presidió la eucaristía
Pedro Aguado, obispo de Huesca y de Jaca, presidió la eucaristía | IeA

El trasfondo: tradición viva o nostalgia

La conclusión de Grillo es más política y eclesial que meramente ritual. Considera “grave” el intento de enfrentar a León XIV con Francisco y acusa a Sarah de repetirlo “de forma bastante grosera”, rodeado, añade, de “personajes poco recomendables”.

Frente a esa estrategia, reivindica una Roma que no se encierra en la nostalgia, sino que avanza en fidelidad al Concilio y a una tradición que permanece viva precisamente porque sabe reformarse.

En su formulación más contundente, el liturgista asegura que la batalla no la declara quien protege la reforma conciliar, sino quien pretende que una decisión legítima de la Iglesia no puede afectar a una forma ritual heredada. Para Grillo, convertir el rito tridentino en un derecho absoluto equivale a negar la autoridad eclesial y a reabrir una herida que el Concilio quiso sanar.

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