Andrea Tornielli: Un viaje que revela el pontificado
La visita a África está poniendo de manifiesto el corazón misionero de León XIV y el rostro de una Iglesia que se acerca a los sufrimientos de la humanidad
(Andrea Tornielli/Vatican News).- El primer día del viaje de León a África, así como los dos siguientes, se caracterizaron, desde el punto de vista mediático, por los comentarios sobre las declaraciones del presidente Donald Trump. Una polémica que el propio Papa quiso atenuar ante el riesgo de que cada una de sus palabras durante el viaje se interpretara desde la perspectiva de las relaciones entre la Santa Sede y la Casa Blanca.
Así quedó en segundo plano, y casi olvidada, una frase particularmente significativa que el Sucesor de Pedro pronunció la mañana del lunes 13 de abril en su primer saludo a los periodistas en el vuelo que acababa de despegar y que lo llevaba a Argel: el de África «debía ser el primer viaje del pontificado». «Ya el año pasado, en el mes de mayo, había dicho que el primer viaje me gustaría hacerlo a África». Así pues, nada más ser elegido, León XIV había expresado a sus colaboradores este deseo concreto, que luego no pudo realizarse por motivos logísticos, pero que dice mucho sobre la forma en que el primer Papa nacido en Estados Unidos concibe su misión. De hecho, no hay que olvidar un dato fundamental de la biografía de Robert Francis Prevost: el hecho de ser un religioso misionero, una característica más única que rara en la historia de los últimos siglos del papado.
León fue durante muchos años misionero y párroco en Perú y luego regresó allí para ejercer como obispo, a voluntad del papa Francisco. Es a la luz de esta vocación como se puede interpretar el deseo del primer viaje a África y lo que está sucediendo estos días, con el Papa sonriente y a gusto mientras sigue los cantos rítmicos y las danzas tradicionales que acompañan las celebraciones eucarísticas; mientras se dedica a encontrarse y abrazar a los más pequeños, mientras pasa mucho tiempo estrechando manos y saludando. Pero sobre todo mientras habla de la novedad del Evangelio que se encuentra con las culturas y los pueblos, convirtiéndose en fuerza impulsora de paz y de cambio.
Así se ha visto en Bamenda, en Camerún, donde el Obispo de Roma ha acudido para apoyar la construcción de la paz y la convivencia en un contexto dramáticamente marcado por la guerra civil. O en Yaundé, cuando, dirigiéndose al mundo universitario, habló de la importancia de «formar conciencias libres y santamente inquietas» como «condición para que la fe cristiana se presente como una propuesta plenamente humana, capaz de transformar la vida de las personas y de la sociedad, de desencadenar cambios proféticos ante los dramas y las pobrezas de nuestro tiempo».
No es casualidad que León XIV haya señalado la revisión y el profundización de la exhortación apostólica de Francisco, Evangelii gaudium, como programa de trabajo para el próximo consistorio. Ese documento programático de su predecesor, del que hoy se cumple el primer aniversario de su fallecimiento, se sugiere de nuevo a la Iglesia porque pone de manifiesto en qué consiste la misión: el kerygma, es decir, el anuncio de lo esencial de la fe, el rostro de una Iglesia que sabe estar cerca de quienes sufren compartiendo los dramas de la humanidad, el compromiso con la transformación de la sociedad en un sentido más humano y más justo. Una Iglesia, como hemos leído en la exhortación Dilexi te, que reconoce el amor a los pobres como parte esencial del anuncio cristiano, porque «el contacto con quienes carecen de poder y grandeza es una forma fundamental de encuentro con el Señor de la historia».
La insistencia en la paz, en el retorno a la negociación y en el respeto del derecho internacional —intervenciones que han suscitado las reacciones de los últimos días— se inscriben en este contexto. Y contribuyen a aclarar una vez más cuál es la naturaleza del servicio de la Iglesia y, en particular, del Sucesor de Pedro, que no actúa como político, sino como pastor. Pero es inherente a su condición de pastor, lejos de toda reducción espiritualista y desencarnada, tener en el corazón la paz, la justicia, el diálogo, el encuentro, la construcción de sociedades más justas, la cercanía a quienes son perseguidos o discriminados, la cercanía a las víctimas inocentes de las guerras, la profecía de quien se preocupa por el destino de la humanidad en esta «hora dramática de la historia».
