Un año sin Francisco, el pontificado que acercó el cuerpo del Papa a la gente sencilla

La herencia de Francisco, oro en paño para una Iglesia sinodal y en salida

Primavera de Francisco
Primavera de Francisco

Un año sin Francisco. Parece mentira escribirlo y, sin embargo, el calendario no engaña. Llevamos doce meses sin aquel Papa que cambió el tono, el cuerpo y la agenda del catolicismo contemporáneo. ¡Y cuánto le echamos de menos! Sin por ello hacer de menos a León XIV, su continuador sin continuismo, llamado a llevar más lejos la primavera que él abrió.

De Juan XXIII-Francisco a Pablo VI-León XIV se dibuja una misma línea, que va de la reforma a la consolidación. Pero, en esa línea, Francisco fue, en muchos sentidos, único e irrepetible. Como decimos, su pontificado puso en marcha la gran primavera de la Iglesia sinodal. No llegó para cerrar debates doctrinales, sino para abrir procesos.

Papa Francisco
Papa Francisco | Agustín de la Torre

Mientras otros soñaban con documentos definitivos, él repetía que “el tiempo es superior al espacio” y empujaba a caminar, a discernir, a escuchar. Por eso no se limitó a ajustar estructuras; cambió la manera de entender el poder, la autoridad y la propia figura del Papa. Ser Papa ya nunca será lo mismo, después de Bergoglio.

Tenía un estilo de comunicación transgresor, casi desarmante, capaz de generar imágenes que ya forman parte de la memoria colectiva creyente de este siglo: Lampedusa y “¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!”; el beso a los pies de los líderes enfrentados de Sudán del Sur; las llamadas telefónicas nocturnas al párroco en Gaza; el hospital de campaña, la Iglesia en salida, las periferias; aquella advertencia durísima sobre la “tercera guerra mundial a pedazos”; el “todos, todos, todos” repetido hasta la saciedad. Y, por supuesto, sus broncas a la Curia romana, su denuncia frontal del clericalismo y de los chismes que corroen la vida eclesial.

Su parresía profética, unida a una autoridad moral reconocida incluso fuera de la Iglesia, le permitió denunciar como pocos las guerras, los crímenes de “un capitalismo que mata” y, en los últimos años, el genocidio de Gaza.

No hablaba en clave técnica ni académica. Hablaba desde el corazón y desde su propia experiencia vital, con palabras sencillas que todo el mundo entendía, trenzadas de imágenes y metáforas que se clavaban en la conciencia. Tenía el don del lenguaje o la capacidad de decir en una frase lo que otros no logran explicar en cien páginas.

Papa Francisco
Papa Francisco | Agustín de la Torre

Francisco no se limitaba a hablar; actuaba, vivía y, por eso, utilizaba el cuerpo y abrazaba. Abrazaba de verdad, con efusividad, sobre todo a enfermos, ancianos, pobres y niños.

Acercó el cuerpo del Papa a la gente sencilla, que ya no era solo una figura distante en el balcón de San Pedro, sino un pastor que se dejaba tocar, empujar, rodear, estrujar, detener por cualquier persona. Hasta por la asiática que, una noche en San Pedro, casi le tira y, para reprenderla, Francisco le dio un enojado manotazo.

Su lenguaje corporal decía tanto como sus discursos. Nadie olvidará aquella foto, junto a Trump, con cara de muy pocos amigos, convertida en una homilía muda sobre el poder y la soberbia. Según sonriese más o menos en la foto oficial, sabíamos que comulgaba más o menos con sus invitados. O según los colocase en las recepciones a su lado o al otro lado de la mesa.

Tenía carácter, carisma, ironía, y le encantaba contar chistes y que se los contasen. Hasta se reía de sí mismo. Por ejemplo, cuando contaba el chiste de un argentino: "¿Vos sabés cómo se suicida un argentino? Se sube arriba de su ego y de allí se tira abajo".

Siempre huyó de los símbolos del poder -vestimentas, ropajes, protocolos- y colocó el papado al nivel de la gente más humilde, a la que le gustaban sus zapatones desgastados, su cartera negra que llevaba él mismo y su decisión de vivir en Santa Marta, no en los palacios apostólicos.

Era su forma de dar trigo sin predicar, su manera de decir que la reforma empieza por la persona y la casa del Papa. Hasta sus viajes y sus nombramientos cardenalicios fueron, a menudo, potentes gestos simbólicos, para visibilizar realidades o personas olvidadas, como Mongolia o la isla de Flores.

Papa Francisco
Papa Francisco | Agustín de la Torre

Su amigo, el jesuita Antonio Spadaro, se ha atrevido a formularlo con crudeza: “Su pontificado fue un trauma, y los traumas tienden a reprimirse, pero siguen afectándonos a un nivel más profundo”. Un trauma, sí, para una Iglesia acostumbrada a seguridades, rutinas, prudencias y distancias. Pero un trauma fecundo, de esos que no se olvidan, que remueven, que obligan a recolocar las piezas.

Por eso, lo más importante hoy no es la nostalgia, sino su herencia. Una herencia que recibimos con orgullo y amor, que cuidamos con esmero, para potenciarla, hacerla brillar y concluir los procesos que él abrió. Y pasarla a las próximas generaciones como se hace con las herencias que merecen la pena: como oro en paño.

Esa herencia se sostiene sobre varias columnas sólidas. La primera, el discernimiento como alternativa a la ideología y a la rigidez. Frente a las respuestas prefabricadas, Francisco nos enseñó a leer cada situación a la luz del Espíritu, de la realidad y de las personas concretas.

La segunda, la sinodalidad como forma de una Iglesia que escucha, que conversa, que acepta la complejidad y la pluralidad interna sin sentirse amenazada por la riqueza del poliedro.

La tercera columna es la convicción de que la reforma no es un ajuste técnico, sino una conversión. No basta con reorganizar dicasterios o cambiar estatutos: había -y hay- que cambiar mentalidades, estilos de vida y prioridades.

José Manuel Vidal, con el Papa Francisco
José Manuel Vidal, con el Papa Francisco

La cuarta, la salida del régimen de cristiandad: Dejar de soñar con una Iglesia en alianza con el trono y asumir la minoría creativa, humilde, servicial de la levadura en la masa.

Junto a todo ello, Francisco dejó claro el rechazo a un cristianismo aliado con el poder. Lo vimos en su crítica a las teologías políticas que bendicen nacionalismos excluyentes o mercados sin rostro; en su denuncia de los pactos espurios entre fe y populismos; en su defensa de un catolicismo despojado, más cercano a las bienaventuranzas que a los palacios.

Y, por último, la opción que recorre todo su magisterio: la de una Iglesia al servicio de todos, especialmente de los pobres, la “carne de Cristo”. Cada gesto con migrantes, presos, descartados, víctimas de abusos, era una catequesis viva, consciente de que ahí se juega la credibilidad del Evangelio.

Un año sin Francisco, sí. Pero con su hermoso y fecundo legado. Y con un sucesor, León XIV, que, con su propio estilo y su propia historia, está llamado a continuar y concretar esa línea de fondo. Y en eso está, como acaba de escenificar, convocando un consistorio cardenalicio a la luz de la 'Evangelii Gaudium' de Bergoglio.

A nosotros, pueblo de Dios, nos toca algo quizá más difícil: no domesticar la memoria de Francisco, no convertirlo en estampita inofensiva, sino dejar que siga siendo ese “trauma” que nos despierta, nos desinstala y nos recuerda que, en la Iglesia, lo único que merece la pena conservar es el Evangelio hecho vida.

El Papa de la primavera
El Papa de la primavera

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