Lo artificial nunca estará a la altura de lo natural
"Confiemos más en la humanidad que en los aparatos; no humanicemos los aparatos ni los cosifiquemos los humanos"
La historia ha evolucionado: antes, la humanidad vivía de promesas, hoy vive de tendencias, de modos, propensiones, estilos… pero aún sigue latente la esperanza in fieri por la promesa. Paradójicamente, en un mundo compulsivo, mediático y del inmediatismo, sigue habiendo esperanza: “La esperanza no como convicción de que las cosas saldrán bien, sino como la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final” (Václav Havel).
La sociedad es artífice de las disyuntivas; se cree más a los medios virtuales que a las personas físicas. La expansión acelerada de la digitalización, de las inteligencias artificiales y robóticas, que inciden profundamente en las estructuras sociales, en los procesos de toma de decisiones y en el imaginario colectivo por la manera mediática en que arrojan información, transmite un comunicado que imitan algunos lenguajes y comportamientos, pero permanecen ajenos a la experiencia humana. Lo afirma el papa León XIV: “Las inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significa el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad” (MH 99).
El progreso se ve como una superación de los límites humanos, haciendo ver los límites no como algo constitutivo, sino como un defecto que debe eliminarse, superarse o dejar a un lado, permitiendo confianza en los riesgos de un agente sin responsabilidad social que decida sobre los procesos que afectan la vida, las relaciones, el acceso a oportunidades y los derechos de cada persona. Las inteligencias artificiales nunca podrán ayudarnos a padecer los efectos de las consecuencias de las decisiones que ellas ayudan a tomar a la humanidad.
Frente a una etapa dislocada de la sociedad, encontramos la esperanza o el miedo. El miedo nos quita la esperanza porque bloquea, nos deja estáticos, nos encoge; mientras que la esperanza, como diría Ernst Bloch, es fuerza activa, creada y creativa que transforma buscando constantemente lo que hace falta. La tecnología nos permite huir y no tener que enfrentarnos a aquello que nos da miedo y nos amenaza o supone un reto vital. Queremos, por tanto, ahorrar al humano tener que ser humano. La gran esperanza es negar a creer que la incertidumbre sea la única certeza y el apocalipsis nuestro único futuro. El ser humano tiene que ser arriesgado y responsable de sus propios actos para no ser responsable también de los actos que indica una rareza que no le incumbe porque no le pertenece; “el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (MH 118), reconociendo en la fragilidad, vulnerabilidad lugares en los que madura la relación, el cuidado y la apertura al otro.
La esperanza es antídoto para no ser vencidos de antemano por la incertidumbre y el catastrofismo
La esperanza es antídoto para no ser vencidos de antemano por la incertidumbre y el catastrofismo; es interrupción del presente antagónico y anticipación a la construcción de un futuro más humano para quienes no tienen esperanza: los sobrantes, los crucificados, los descartados, vulnerados de este tiempo, tan perplejo e indiferente a sus gritos de dolor. Una sociedad que se resguarda en los dispositivos se asombra y se conmueve frente a las publicaciones de algunos fenómenos y, enceguecida ante las realidades directas palpables que acontecen frente a sus narices, no podemos llamarla sociedad de seres humanos. Evitemos a toda costa el adiós a la humanidad.
La inteligencia artificial se ha encajado dentro de la categoría de desarrollo; el desarrollo es visto como un término polisémico porque permite localizar conceptos controvertidos o distorsionados, ya sea por la voluntad de confundir o la falta de conocimiento suficiente y, por ende, inabarcable, y resulta difícil saber cuál es la intención. La inteligencia artificial aparece como una herramienta poderosa, capaz de ofrecer beneficios reales, pero también de amplificar formas de dominio cuando se separa de una orientación ética y antropológica. El crecimiento de la potencia técnica no coincide inmediatamente con el bien: “El poder puede actuar como un acelerador del paradigma tecnocrático y, por ello, necesitan un nuevo marco espiritual, ético, político. Más poderoso no significa necesariamente mejor” (MH 93).
“Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo.” (LS 104) Hay poderes que se sublevan y no están para ejecutar un ministerio ni servicio, sino para provocar un autoritarismo, y servirse de una potestad lo diría Thomas Hobbes “el hombre es un lobo para el hombre”. Máxime en una sociedad donde busca escalafón, jerarquía perdiendo su vocación natural servicio; el peligro de la humanidad es que sea víctima de sus propias fabricaciones, si todo lo que emprende, crea, diseña y coloca el hombre para suplir funciones, acelerar procesos, sin una ética y axioma antropológico, el mismo está labrando su propia extinción, corriendo la persona el riesgo de instrumentalizarse, objetivarse, mecanizarse dando valor no su ser sino su hacer, en el sentido de producción y fabricación. Disminuyendo la dignidad del trabajo y confiando más en los artefactos que son producción de él, para una autodestrucción y limitarse en responsabilidad.
No por cuestiones religiosas o místicas, sino para salvaguardar lo constitutivo; o cuidamos lo humano o nos despedimos como humanidad. Pues el transhumanismo busca que la humanidad sea transformada de modo radical por la tecnología del futuro con el fin de evitar el envejecimiento, superar las limitaciones del entendimiento humano y la memoria, eliminar el sufrimiento humano en general, sea biológico o psicológico, y eliminar la cautividad humana en el planeta Tierra. Y otra tendencia es el posthumanismo, que rechaza la idea del antropocentrismo y busca superar la especie humana en algo más avanzado; es la inconformidad con las capacidades, cualidades y defectos, es una fuga de lo esencialmente humano desmeritando su constitutivo. Lo cierto es que, si nos extinguen, sea el prototipo que sea, más adelante se acabará la evolución. El ser humano es el que impulsa dicha evolución. Despidiendo a la humanidad, el mundo será un lugar de chécheres obsoletos y un cúmulo de basura. Confiemos más en la humanidad que en los aparatos; no humanicemos los aparatos ni los cosifiquemos los humanos.
REFERENCIAS
MH. Sigla para abreviar la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV
LS. Sigla para abreviar la encíclica Laudato si' del Papa Francisco.