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La atención también es una forma de amor

Aprender a mirar en la era del ruido

"En una sociedad que compite por conquistar nuestra mirada, prestar atención se convierte en un acto de libertad"

Reclamo
Reclamo
Llucià Pou Sabaté
08 oct 2026 - 11:50

Vivimos en una época en la que todos parecen reclamar nuestra atención. Las pantallas nos llaman, las noticias se suceden, las redes sociales compiten por unos segundos de nuestra mirada y los mensajes se acumulan antes de que hayamos podido asimilar los anteriores. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, quizá nunca nos había resultado tan difícil detenernos para comprender lo que sucede, escuchar de verdad o estar plenamente presentes ante otra persona.

El problema no es solo la abundancia de estímulos, sino el modo en que esa abundancia transforma nuestra manera de mirar. Nos acostumbramos a pasar rápidamente de una imagen a otra, de una opinión a otra, de una emoción a la siguiente. Reaccionamos antes de comprender, juzgamos antes de conocer y, a veces, confundimos estar informados con haber entendido. La atención, que debería permitirnos entrar en contacto con la realidad, se convierte así en un recurso disputado, fragmentado y fácilmente manipulable.

Por eso resulta especialmente sugerente el tema elegido para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2027: «Una nueva mirada: prestar atención en la era del clickbait». El Dicasterio para la Comunicación del Vaticano advierte de que la economía de la atención no solo transforma nuestras capacidades cognitivas, sino también la profundidad de la comunicación interpersonal. Frente a la cultura de la reacción inmediata, propone una conversión de la mirada: acercarnos a los demás con atención y amor, en lugar de reducirlos a etiquetas o juzgarlos precipitadamente. Comunicar no debería consistir en capturar la atención ni venderla, sino en custodiarla como un bien precioso para las relaciones.

Clickbaiting
Clickbaiting

Esta propuesta tiene una profundidad que va mucho más allá de una recomendación sobre el uso de las tecnologías. Nos invita a preguntarnos qué hacemos con nuestra mirada y, sobre todo, qué hacemos con la mirada que los demás nos confían. Porque prestar atención no es un acto neutral. Cuando escuchamos a alguien sin interrumpirlo, cuando dejamos a un lado nuestros prejuicios o cuando somos capaces de reconocer su sufrimiento sin convertirlo inmediatamente en un problema que debemos resolver, estamos ofreciendo algo de nosotros mismos. La atención se convierte entonces en una forma de generosidad.

Simone Weil comprendió esta dimensión de la atención con una hondura singular. Para ella, atender no consiste simplemente en concentrar la mente, sino en suspender por un momento la tendencia del yo a ocuparlo todo. La atención verdadera requiere una cierta disponibilidad interior: dejar espacio para que la realidad se manifieste sin imponerle de antemano nuestros esquemas. En este sentido, atender es también aprender a no apropiarnos del otro, a no reducirlo a lo que esperamos de él ni a lo que nos resulta útil.

La atención necesita tiempo, silencio y cierta resistencia a la prisa

Byung-Chul Han, desde otro horizonte, ha descrito cómo la sociedad contemporánea favorece la dispersión, la aceleración y la exposición permanente. La exigencia de producir, comunicar y mostrarnos sin descanso puede debilitarnos para la contemplación y para el encuentro. Cuando todo reclama una respuesta inmediata, perdemos la posibilidad de demorarnos en aquello que merece ser comprendido. La atención necesita tiempo, silencio y cierta resistencia a la prisa. No todo lo importante se deja captar en un instante, ni todo lo verdadero provoca una reacción espectacular.

Hay, además, una diferencia decisiva entre mirar y reconocer. Podemos ver a muchas personas a lo largo del día y, sin embargo, no encontrarnos realmente con ninguna. A menudo miramos a los demás a través de los envoltorios que les hemos colocado: su profesión, su ideología, su aspecto, sus errores, su papel en nuestra vida o las expectativas que depositamos en ellos. Esa mirada puede estar llena de conceptos y, al mismo tiempo, ser incapaz de descubrir a la persona concreta que tenemos delante.

Una mirada más limpia no significa renunciar al discernimiento ni fingir que todo nos parece bien. Significa no confundir a nadie con una sola dimensión de su existencia. El otro siempre es más que la imagen que nos hemos formado de él. Por eso, escuchar de verdad exige una cierta humildad: aceptar que no conocemos del todo a quien tenemos delante y que quizá su palabra pueda ampliar o corregir nuestra comprensión.

El mensaje de la Jornada introduce aquí una perspectiva específicamente cristiana. Propone aprender a mirar como Cristo, que ve a las personas, las llama por su nombre y se deja conmover por ellas. En los Evangelios encontramos una y otra vez esa manera de mirar: Jesús no se limita a identificar categorías sociales o morales, sino que se acerca a personas concretas, escucha sus preguntas, percibe sus heridas y abre posibilidades donde otros solo ven límites. Su mirada no es indiferente ni posesiva. Reconoce la dignidad de cada persona y hace posible que esta se descubra también como alguien amado.

Comunicación responsable
Comunicación responsable
Comunicar con responsabilidad supone respetar la libertad y la inteligencia del otro, ofrecer información sin manipular sus emociones y evitar convertir el sufrimiento ajeno en un espectáculo

Esta forma de mirar tiene consecuencias para nuestra manera de comunicar. En la era del clickbait, el titular exagerado, la imagen provocadora y el mensaje diseñado para suscitar indignación pueden conseguir que alguien se detenga, pero no necesariamente que comprenda. Captar la atención no equivale a establecer una relación. Una comunicación que busca únicamente provocar una reacción puede terminar instrumentalizando a quien la recibe. En cambio, comunicar con responsabilidad supone respetar la libertad y la inteligencia del otro, ofrecer información sin manipular sus emociones y evitar convertir el sufrimiento ajeno en un espectáculo.

Podemos introducir otra forma de comunicación: preguntar antes de concluir, verificar antes de compartir, escuchar antes de responder y reconocer la complejidad de las situaciones humanas

La cuestión no afecta únicamente a periodistas, instituciones o creadores de contenidos. También está presente en nuestras conversaciones cotidianas, en los grupos de mensajería, en las discusiones familiares y en la forma en que hablamos de quienes no están presentes. Podemos difundir rumores, repetir juicios apresurados o contribuir a una atmósfera de sospecha sin detenernos a pensar en sus consecuencias. Pero también podemos introducir otra forma de comunicación: preguntar antes de concluir, verificar antes de compartir, escuchar antes de responder y reconocer la complejidad de las situaciones humanas.

Quizá por eso la higiene de la atención sea una tarea personal y colectiva. No basta con reducir el tiempo que pasamos ante las pantallas, aunque a veces sea necesario. Se trata también de recuperar la capacidad de elegir hacia dónde dirigimos nuestra mirada y de reconocer qué hábitos la empobrecen. Un instante de silencio, una conversación sin interrupciones, la lectura reposada o la contemplación de la naturaleza pueden ayudarnos a salir de la dispersión. Pero estas prácticas alcanzan su sentido más profundo cuando nos hacen más disponibles para los demás.

La atención es, en definitiva, una forma de libertad. Allí donde todo está diseñado para provocar nuestra reacción, detenernos y elegir cómo responder constituye un acto de autonomía. Y cuando esa libertad se orienta hacia el otro, se transforma en amor. No un amor entendido como emoción pasajera o como deseo de poseer, sino como la disposición a reconocer la realidad y la dignidad de alguien distinto de nosotros.

Atención
Atención

En una sociedad que compite por conquistar nuestra mirada, prestar atención se convierte en un acto de libertad. Pero cuando esa atención se dirige al otro con respeto, sin prejuicios y sin buscar obtener nada a cambio, deja de ser únicamente una capacidad que debemos proteger: se transforma en una forma de amor. Tal vez esa sea la nueva mirada que necesitamos: no la de quien busca algo que consumir, juzgar o compartir, sino la de quien está dispuesto a encontrarse con alguien.

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