El cabo que lanza el Papa a España
"En ese momento había grandes universidades en Europa, pero fue Salamanca la que marcó el rumbo porque supo responder a los dos grandes retos de su tiempo"
El Congreso de los Diputados invitó a León XIV a hablar en el Parlamento y el Papa devolvió el favor, en un discurso por todos aplaudidos, haciendo una mención a la Escuela de Salamanca, es decir, a lo que supuso España en la configuración de un nuevo orden mundial. Esa alusión ha pasado prácticamente desapercibida, siendo vista, en el mejor de los casos, como un gesto de cortesía. No se ha visto su intencionalidad práctica, es decir, su carga de actualidad porque la tradición que esa Escuela puso en marcha no ha llegado hasta nosotros. Rota su continuidad, queda reducida a una anécdota del pasado.
En un momento tan confuso como el actual, importa rescatar esa tradición porque puso las bases de un nuevo orden mundial que ahora se tambalea. En ese momento había grandes universidades en Europa, pero fue Salamanca la que marcó el rumbo porque supo responder a los dos grandes retos de su tiempo. Por un lado, una cristiandad rota, divida en confesiones que se hacían la guerra. La cristiandad se había quedado sin una autoridad, por todos reconocidas, a la que acudir en caso de conflictos. Había, pues, que encontrar un nuevo principio rector. Por otro, lo que supuso el descubrimiento del Nuevo Mundo. Para hacernos idea de los problemas teóricos (teológicos y filosóficos) y prácticos (morales, políticos y jurídicos) pensemos que hasta ese momento y durante siglos, Occidente confundía lo humano con lo cristiano. Para ser humano había que seguir el catecismo.
El no cristiano, como el judío o el musulmán, eran visto como seres humanos defectuosos, culpables de su imperfección humana porque tenían a su alcance hacerse cristianos. Bueno, pues el Nuevo Mundo acaba con ese confort intelectual al aparecer un tipo de homo sapiens que no tiene idea del cristianismo (y, por tanto, no puede alguien que no quiera ser cristiano). A partir de ese momento, las preguntas se multiplican: ¿son seres humanos? ¿lo son como nosotros o inferiores? ¿son sujetos de derechos, es decir, propietarios de sus bienes y tierras? ¿cómo relacionarnos con ellos?. Nuestra superioridad cultural ¿nos da derecho a conquistarlos, a ocupar sus tierras?. La ventaja de la Universidad de Salamanca, sobre las de Bolonia o Paris, es que estaba en el epicentro de los problemas. La gente venía de ultramar y contaba cómo eran. Aquellos profesores sabían de qué hablaban.
Lo más sobresaliente de la doctrina de la Escuela de Salamanca es que pensó su tiempo sin renunciar a su tradición. Es cierto que la teología de Santo Tomás, que les inspiraba, había servido en el pasado para legitimar el viejo orden de la cristiandad que se derrumbaba, pero los Vitoria, Cano, las Casas y Suárez supieron leer esos textos de otra manera: en vez de embutir lo humano en lo cristiano, entendieron lo cristiano como una forma de amplificar lo humano; en vez de someter la política a la Iglesia, insuflaron a lo político una dimension católica, proponiendo en su Derecho de Gentes normas que convenían a todos los pueblos.
Esta lectura innovadora del cristianismo que emprendió la Escuela de Salamanca trascendió su tiempo y lugar, fecundando lo que el filósofo catalán, Joaquín Xirau, llamaba el «humanismo español», una larga tradición que ha tenido denominaciones tales como erasmismo, liberales de las Cortes de Cádiz, jansenismo, krausismo, catolicismo liberal…Lo que caracteriza a esta tradición es impulsar la autonomía de la política desde el cristianismo y no contra él. Todos estos nombres y muchos otros, como Luis Vives, estaban convencidos, contra la propia Iglesia, de que los valores políticos modernos, incluidos los de libertad, igualdad y fraternidad, estaban o podían estar inspirados en el cristianismo, por eso defendieron la igualdad con el indígena, la tolerancia en cualquier circunstancia o la libertad religiosa en las Cortes de Cádiz.
Uno de sus últimos representantes, el socialista Fernando de los Ríos, sostuvo en las Cortes Constituyentes de 1931 la idea de que la República tenía que ser aconfesional pero no laica, dando a entender con esa fina distinción que la política democrática tiene que estar inspirada espiritualmente, algo que no garantizaba el concepto de laicidad (que condena la religión a un asunto privado). Lo hizo en un discurso memorable donde hablaba como «hijo espiritual de aquellos cuya conciencia disidente fue estrangulada durante siglos». Ha sido la filósofa María Zambrano quien mejor ha expresado el espíritu de esta tradición cuando dijo, refiriéndose a España, que «sólo en los lugares donde la misma religión se hizo liberal, sólo allí arraigó fecundamente el liberalismo moral y político».
Esta tradición humanista no pudo imponerse por los hunos y los hotros. Tuvimos que importar de Francia los ideales democráticos que nos venían envueltos en otras filosofías -la de los enciclopedistas-que ignoraban las virtualidades emancipatorias del cristianismo. En la medida en que esas filosofías dan señales de profunda fatiga y agotamiento, la referencia a esta otra tradición - que es crítica de la religión cuando tiene que ser, pero que cuenta con ella- es el cabo suelto que lanza el Papa a España para que se piense y piense su tiempo con la apertura de miras que tuvo la Escuela de Salamanca.
