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El camino de implementación del Sínodo: hacia las Asambleas 2027-2028

El Papa León XIV, en el Consistorio de cardenales
El Papa León XIV, en el Consistorio de cardenales | Vatican Media
Cardenal Mario Grech
27 jun 2026 - 17:46

Santo Padre, 

Hermanos Cardenales, 

1. La Experiencia del Espíritu en una Iglesia que camina en Sínodo 

Con alegría y gratitud tomo la palabra para compartir algunas reflexiones sobre lo que ha comenzado a desarrollarse en toda la Iglesia durante estos años del camino sinodal. Lo hago consciente de cómo este proceso nos ha permitido a todos experimentar de manera intensa la escucha de los Obispos y de las comunidades eclesiales inseparablemente unidas a ellos; de cómo la práctica de la conversación en el Espíritu se ha difundido y sigue siendo ampliamente acogida; y de cómo ha crecido el deseo de participación en todas las dimensiones de la vida de la Iglesia. A la luz de esto deseo indicar los pasos que ahora se abren ante nosotros en lo que nuestro reciente documento describe como la fase de implementación del Sínodo. 

Sin embargo, esta no es una intervención destinada a persuadir a nadie de la necesidad o fecundidad del Sínodo. Es más bien un acto modesto y humilde de fe y discernimiento, que contempla el Sínodo a través del don del temor de Dios, concedido por el Espíritu Santo. 

El Papa con Grech y Marin
El Papa con Grech y Marin

Cuando, hace algunos años, el Sínodo sobre la Sinodalidad se puso en marcha, pocos podían imaginar la amplitud de participación que suscitaría. Millones de personas, en las regiones más diversas del mundo, tomaron parte en el camino: Obispos, sacerdotes, diáconos, mujeres y hombres consagrados, laicos y laicas, jóvenes, familias y personas que viven situaciones de sufrimiento o marginación. Muchas participaron por primera vez en momentos de escucha y discernimiento eclesial. Muchas comunidades descubrieron nuevas formas de encuentro, diálogo y corresponsabilidad. 

Naturalmente, el proceso no fue uniforme. Los contextos eclesiales difieren mucho entre sí. En algunos lugares, el camino fue acogido con entusiasmo; en otros, encontró resistencias, dificultades y preguntas. Sin embargo, más allá de estas diferencias, un hecho merece ser reconocido: el Sínodo ha despertado en toda la Iglesia un deseo extendido de participación, escucha mutua y discernimiento comunitario. Ha puesto de manifiesto el anhelo de una Iglesia capaz de caminar unida, valorando los dones y responsabilidades de todos. 

Muchos fieles han descubierto que la Madre Iglesia, a la que pertenecen, es también una comunidad por la cual están llamados a ejercer la corresponsabilidad según su vocación. Muchos pastores han redescubierto que escuchar al Pueblo de Dios no debilita su ministerio, sino que lo sostiene y lo enriquece. 

El Sínodo ha sido una auténtica experiencia espiritual; de hecho, sería más exacto describirlo como una experiencia “en el Espíritu”. La categoría de una experiencia en el Espíritu nos invita ahora a adoptarla como clave para interpretar los procesos eclesiales actualmente en curso. El Espíritu de Dios, el Espíritu que es Dios junto con el Padre y el Hijo, actúa entre nosotros, en nuestras conversaciones y debates, en nuestras consultas y discernimientos. Allí hace presente la realidad viva del Señor Resucitado y de su ser la Palabra eterna del Padre. 

De izquierda a derecha, San Martín, Prevost, Grech y Beqcuart
De izquierda a derecha, San Martín, Prevost, Grech y Beqcuart | Vatican Media

Uno de los rasgos más significativos que han acompañado la experiencia sinodal de estos años ha sido la elección de la conversación en el Espíritu como método. El esfuerzo requerido a todos —en verdad, a todos— para llegar a una nueva conciencia capaz de captar la diferencia sustancial entre la conversación espiritual, entendida como ejercicio temático, y la conversación en el Espíritu, es decir, entrar en la entrega y autocomunicación del Señor Resucitado entre nosotros por la acción del Espíritu, se ha convertido en sí mismo en testimonio del clamor de fe que habita en Ecclesiae in Synodo perficiendo: deseamos encontrarnos con el Señor Resucitado; deseamos experimentar y vivir concretamente nuestra identidad de discípulos. 

Más allá del método en sí, lo que impresionó a tantos participantes fue el descubrimiento de que el discernimiento eclesial no consiste principalmente en el intercambio de opiniones, sino en una búsqueda compartida de lo que el Espíritu dice a las iglesias actualmente. 

2. La fase de implementación del Sínodo: comunicación y comunión 

Hermanos Cardenales, reunidos aquí con Pedro y en torno a él, si reflexionamos sobre el momento presente, podemos reconocer que este es verdaderamente un tiempo favorable para que toda la Iglesia experimente —respetando la diversidad de ministerios— la participación sinodal como una fuerza dinámica de comunión, orientada al misterio de la unidad y universalidad de la Iglesia. Nosotros somos su Cuerpo; somos un solo cuerpo

La fase de implementación es un acto de comunicación y comunión eclesial que permite participar en el intercambio de dones entre las Iglesias, ofreciendo la propia experiencia y permaneciendo abiertos a la de los demás. El camino sinodal ha despertado en toda la Iglesia un deseo espiritual de fraternidad y de intercambio entre las diversas Iglesias locales; ha ampliado el sentido de pertenencia al único Pueblo de Dios. 

El camino sinodal ha despertado en toda la Iglesia un deseo espiritual de fraternidad y de intercambio entre las diversas Iglesias locales; ha ampliado el sentido de pertenencia al único Pueblo de Dios

En otras palabras, estamos llamados a acompañar un proceso de recepción eclesial. Como ha sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia con todo desarrollo significativo, el Sínodo requiere ahora un tiempo de asimilación, discernimiento y maduración. Las intuiciones más fecundas no producen de inmediato todos sus efectos. Necesitan ser recibidas dentro de las culturas, las instituciones, las prácticas pastorales y las relaciones eclesiales. Necesitan ser puestas a prueba y verificadas en la vida concreta de las comunidades. 

Uno de los aspectos más hermosos del proceso sinodal es precisamente la diversidad de quienes ha involucrado y sigue implicando. Es un camino que compromete a todo el Pueblo de Dios, cada uno según su vocación, carisma y responsabilidad. 

Por lo tanto, esta participación sinodal en la unidad y universalidad de la Iglesia debe ser cuidadosamente concebida y planificada en su despliegue gradual y en su aplicación concreta. El proceso sinodal requiere ahora un marco de implementación, una experiencia viva y participativa del vínculo entre el Espíritu y la Iglesia. 

Para acompañar esta fase, la Secretaría General del Sínodo ha propuesto un camino que conduce a la Asamblea eclesial prevista para octubre de 2028. Las etapas delineadas en el documento Hacia las Asambleas 2027-2028 no constituyen una nueva consulta mundial. No se nos pide repetir el trabajo ya realizado. 

En ocasiones, la palabra “implementación” puede ser mal entendida. Se podría pensar en ella como la simple aplicación de decisiones ya tomadas o como un conjunto de tareas por realizar. No es este el sentido que queremos darle. Más bien, se nos invita a recoger los frutos de la experiencia vivida. Estamos llamados a ayudar a las Iglesias a volver sobre lo que han experimentado, reconocer los frutos que han madurado, identificar las conversiones que todavía son necesarias y a traducir gradualmente en la vida ordinaria de las comunidades las intuiciones surgidas a lo largo del camino. 

Estamos llamados a ayudar a las Iglesias a volver sobre lo que han experimentado, reconocer los frutos que han madurado, identificar las conversiones que todavía son necesarias y a traducir gradualmente en la vida ordinaria de las comunidades las intuiciones surgidas a lo largo del camino

Posteriormente, las Iglesias están invitadas a compartir estas experiencias en el gran intercambio de dones que caracteriza la vida de la Iglesia. Este aspecto merece una atención particular. Durante el Sínodo, muchas Iglesias descubrieron con mayor profundidad el valor de la escucha mutua dentro de sus propias comunidades. La fase de implementación nos invita ahora a dar un paso más: aprender a escuchar a otras Iglesias. Las Asambleas nacionales, regionales y continentales no serán principalmente reuniones de Conferencias Episcopales, organismos de coordinación o estructuras eclesiales. Más bien, en la medida de lo posible, están llamadas a ser lugares de encuentro entre las Iglesias mismas, representadas en la diversidad de sus vocaciones, ministerios y carismas. 

El itinerario propuesto pretende precisamente favorecer un diálogo auténtico entre las Iglesias. A través de las cartas que se prepararán durante las diversas Asambleas, cada Iglesia será invitada a compartir su propia experiencia, los frutos que han madurado, las intuiciones recibidas y las preguntas que permanecen abiertas. De este modo se hace posible un intercambio de dones, un intercambio que va más allá de la mera transmisión de información y se convierte en una experiencia concreta de comunión eclesial. 

El consistorio extraordinario, con el Papa
El consistorio extraordinario, con el Papa | Vatican Media

Dentro de este proceso, el ministerio del Obispo desempeña un papel insustituible. El Obispo es el primer responsable del camino sinodal en la Iglesia confiada a su cuidado. Él es responsable de favorecer el discernimiento, custodiar la comunión, alentar la participación y guiar el proceso de recepción. Junto a él trabajan muchos otros y numerosas realidades eclesiales: equipos sinodales, organismos de participación, ministros ordenados, hombres y mujeres consagrados, asociaciones, movimientos, instituciones de formación, familias, jóvenes y comunidades locales. 

3. La fase de implementación del Sínodo: el significado eclesiológico de las diversas etapas 

El itinerario propuesto se estructura en torno a etapas, criterios e instrumentos de preparación. No intentaré aquí ofrecer un resumen del itinerario mismo; esa es la finalidad del Documento. Más bien, quisiera transmitir el espíritu que subyace a la elección de los cuatro verbos que marcan sus etapas: recordar, interpretar, orientar, celebrar. 

Recordar: es elegir acompañar a todas las Iglesias locales para que experimenten un intercambio dinámico entre las Iglesias, que alimente la comunión y sostenga la misión. Significa ayudar a las Iglesias a transformar su experiencia vivida en sabiduría compartida. Esto no implica repetir la fase inicial de escucha que caracterizó la primera etapa del Sínodo. Más bien, significa recibir lo que ha sido escuchado, especialmente de quienes experimentan formas de marginación eclesial, para llegar a una sabiduría compartida, a una narración común que elija palabras de acogida a la luz de aquellas palabras del Evangelio que no excluyen a nadie. 

Interpretar: es el momento en que las experiencias locales son recibidas dentro de un horizonte más amplio: el de agrupaciones de Iglesias capaces de identificar dinámicas comunes, convergencias y tensiones, y perspectivas sobre la vida de la Iglesia en un territorio determinado en su conjunto. En esta fase, la contribución de los teólogos, de las facultades eclesiásticas y de los institutos de formación resulta especialmente valiosa. 

Este es el momento teológico, llamado a reunir la escucha de la fe y la escucha de la humanidad, de la historia y de las historias humanas, alcanzando tanto sus profundidades ocultas como sus heridas. Es una teología fiel al misterio de la Encarnación. “Nosotros tenemos el pensamiento de Cristo”, San Pablo afirma con humildad. Por tanto, estamos llamados a entrar en esas narraciones acogedoras y compartidas para discernir las preguntas y expectativas que habitan en ellas, las esperanzas que las generan y las heridas que las debilitan. En este nivel más profundo se percibe el vínculo salvífico entre la vida de la Iglesia y la historia de todos los hombres y mujeres. 

Cardenales en el Consistorio
Cardenales en el Consistorio | Vatican Media

Orientar: dentro del proceso de implementación del Sínodo, la etapa continental adquiere un papel distintivo de orientación, capaz de abrir nuevos horizontes. Ecclesia in Synodo perficiendo experimenta su vocación profética. Los horizontes del discernimiento se amplían. El discernimiento de los signos de los tiempos, el diálogo ecuménico e interreligioso y el compromiso por la justicia y la paz se convierten en medidas de la diaconía de la Iglesia. Este es el camino sinodal de transmisión de la fe. Estamos llamados a identificar prioridades, sostener los procesos más prometedores, afrontar las cuestiones que permanecen abiertas y ofrecer orientaciones capaces de dirigir el itinerario futuro. 

Celebrar: el camino recorrido se recoge finalmente en la unidad, se abre a nuevos desarrollos y se confía al discernimiento de la Iglesia en su conjunto bajo la guía del Santo Padre. La celebración no representa una conclusión meramente formal del proceso. Más bien, es el momento en que la Iglesia da gracias por el camino realizado, renueva su compromiso con la misión y confía al Señor los pasos que aún quedan por dar. 

La Asamblea Eclesial prevista para el año 2028 deberá ser precisada ulteriormente a la luz del camino que las Iglesias emprenderán en los próximos años. Sin embargo, ya desde ahora es importante aclarar que no está concebida como una nueva Asamblea sinodal

Así, la acción Eucarística y la sinodalidad quedan profundamente entrelazadas. La sinodalidad encuentra su fuente y su culmen en la celebración litúrgica y, de modo particular, en la participación plena, consciente y activa de los fieles en la asamblea eucarística. Por la acción del Espíritu, llegamos a ser lo que celebramos. El misterio de la epíclesis realiza una profunda reciprocidad entre la asamblea eucarística y el Sínodo. La asamblea eucarística es Sínodo. 

La Asamblea Eclesial prevista para el año 2028 deberá ser precisada ulteriormente a la luz del camino que las Iglesias emprenderán en los próximos años. Sin embargo, ya desde ahora es importante aclarar que no está concebida como una nueva Asamblea sinodal. 

4. ¿Qué vínculo forja el Espíritu entre nuestro Consistorio y el Sínodo? 

El Espíritu Santo es el verdadero vínculo entre la experiencia del Consistorio y la experiencia sinodal que todos nosotros, junto con todo el Pueblo de Dios, hemos vivido hasta ahora. Nuestra reunión en este Consistorio no está separada de la madura espiritualidad eclesial de la sinodalidad que se ha establecido tan ampliamente en toda la Iglesia. Pertenecemos al único Cuerpo del Señor, que es la Iglesia, y en ella compartimos, mediante el ejercicio sinodal de la comunión, una particular cercanía a Pedro y a su valioso ministerio universal. 

Hoy experimentamos la presencia del Espíritu entre nosotros como vínculo vivo entre Colegialidad y Sinodalidad: dos dimensiones operativas de la misma Comunión. El Consistorio está llamado a ser memoria viva de aquella comunión colegial que el Maestro confió a sus primeros discípulos como estilo relacional de gobierno y que encomendó a la responsabilidad, al primado y a la fe de Pedro, signo y custodio de la unidad de toda la Iglesia. 

Junto a las asambleas sinodales —que son ellas mismas memoria viva de aquella comunión fraterna y teológica que da vida a cada Iglesia local y la capacita sacramentalmente para participar en el don de la salvación—, el Consistorio está ahora llamado a ejercer un ministerio de discernimiento y testimonio. De este modo, todos somos herederos e intérpretes fieles de la eclesiología del Concilio Vaticano II: esa eclesiología del Pueblo de Dios y de la comunión que encuentra en la hierarchica communio tanto su estructura como su fuerza vital. 

Actualmente el Consistorio se sitúa dentro de ese proceso sinodal que impregna a toda la Iglesia: una Iglesia que camina en Sínodo. Nuestra colegialidad, no menos que la sinodalidad, es un espacio hospitalario capaz de acoger de nuevo la presencia del Señor en el Espíritu. 

La sinodalidad sin el ministerio de los Pastores correría el riesgo de perder su fundamento eclesial. La Colegialidad sin la escucha del Pueblo de Dios correría el riesgo de no beneficiarse plenamente de la riqueza de los dones que el Espíritu distribuye en toda la Iglesia. 

5. Nuestra confianza es que el Espíritu Santo sigue guiando a la Iglesia  

Hermanos Cardenales, en este contexto de fraternidad y colegialidad, en presencia de Pedro, deseo dirigirme a ustedes directamente. El itinerario que hemos descrito no concierne solo a la Secretaría General del Sínodo, a los equipos sinodales o a quienes están más directamente involucrados en la organización del proceso. Concierne a toda la Iglesia y, de modo particular, al ministerio que cada uno de nosotros ejerce. 

Muchos de ustedes pastorean Iglesias locales llamadas a vivir esta fase de implementación. Otros sirven a la Iglesia universal a través de los Dicasterios de la Curia Romana. Todos compartimos la responsabilidad de custodiar la comunión eclesial y de hacer avanzar la misión de la Iglesia. Por esta razón, la contribución del Colegio Cardenalicio será especialmente importante en los próximos años. 

El camino sinodal requiere nuestro apoyo, nuestro discernimiento y nuestra cercanía a las Iglesias. Estamos llamados a alentar procesos de recepción, a ayudar a superar malentendidos y temores, y a favorecer un clima de confianza y comunión. La fase de implementación requiere una sabiduría compartida

El camino sinodal requiere nuestro apoyo, nuestro discernimiento y nuestra cercanía a las Iglesias. Estamos llamados a alentar procesos de recepción, a ayudar a superar malentendidos y temores, y a favorecer un clima de confianza y comunión. La fase de implementación requiere una sabiduría compartida. 

El horizonte último sigue siendo la misión. La sinodalidad no es un fin en sí misma. Existe para que la Iglesia pueda anunciar el Evangelio con mayor eficacia y servir con mayor fidelidad a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. 

Vivimos en un mundo marcado por profundas transformaciones. Las guerras y la violencia siguen hiriendo a pueblos enteros. Las desigualdades sociales aumentan. La migración está remodelando el rostro de nuestras sociedades. Las nuevas tecnologías están cambiando la manera en que nos comunicamos, aprendemos e incluso nos comprendemos a nosotros mismos. Muchas personas buscan sentido, esperanza y relaciones auténticas. Muchas miran a la Iglesia esperando un testimonio creíble del Evangelio

. En un momento global marcado por la tragedia de una geopolítica que se ha acostumbrado —casi resignado— a la guerra y a la dominación económica, Ecclesia in Synodo perficiendo puede convertirse, para la historia de la familia humana, en un signo de los tiempos: un testimonio de un estilo de gobierno y participación configurado por la virtud evangélica de la mansedumbre

Ante estos desafíos, la sinodalidad aparece cada vez con mayor claridad como un recurso misionero. Ayuda a la Iglesia a escuchar con más atención las preguntas de la humanidad, a reconocer los signos de los tiempos, a valorar los dones de todos y a discernir juntos los pasos que deben darse. De este modo, la fase de implementación se convierte en una nueva etapa en la recepción del Concilio Vaticano II y en la renovación misionera de la Iglesia dentro de las realidades concretas de la vida eclesial. 

Esta es la responsabilidad que el Santo Padre, el Papa León XIV, nos anima a asumir juntos: no solo conservar una herencia recibida, sino hacerla fructificar en la vida de las Iglesias y en la misión confiada a la Iglesia en nuestro tiempo. 

Permítanme una reflexión final. En un momento global marcado por la tragedia de una geopolítica que se ha acostumbrado —casi resignado— a la guerra y a la dominación económica, Ecclesia in Synodo perficiendo puede convertirse, para la historia de la familia humana, en un signo de los tiempos: un testimonio de un estilo de gobierno y participación configurado por la virtud evangélica de la mansedumbre. 

La bienaventuranza de la mansedumbre es el alma espiritual del camino sinodal.

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