Sobre cargar con la cruz y caer bajo su peso

La caída de Jesús
La caída de Jesús
Mariano Delgado es catedrático emérito de Historia de la Iglesia en la Facultad de teología de Friburgo (Suiza), donde fue por dos veces Decano
13 abr 2026 - 06:01

En la Semana Santa, las calles de España han estado llenas de Nazarenos cargando cruces. La Biblia no menciona las estaciones del Viacrucis que hablan de las tres caídas de Jesús bajo el peso de la cruz. La tradición piadosa ha asociado este y otros aspectos de su Pasión con la descripción del Siervo de Dios en Isaías 53:2-5: «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron». Y Jesús, que invitó a todos los que están agobiados y cargados a acudir a él, porque es «manso y humilde de corazón» y porque su yugo es llevadero y su carga ligera (Mt 11 :8-30), iba camino del calvario como un chivo expiatorio.

Símbolos de la Semana Santa
Símbolos de la Semana Santa | 5

Jesús sabía lo que significaban la cruz y la crucifixión. Esta, la más dura de todas las penas de muerte, estaba reservada por los romanos entre los judíos de su tiempo para los rebeldes y los asesinos. Sin duda, Jesús había visto muchas crucifixiones: cómo los condenados llevaban su cruz, o el travesaño, hasta el lugar de la ejecución y cómo gemían bajo el peso; y oía sus terribles gritos en la cruz. 

Por eso recurre al motivo de la cruz para ilustrar su invitación a seguirle: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16:24). Para los exégetas bíblicos, se trata de una palabra auténtica de Jesús. La tradición la ha entendido siempre como una exhortación a soportar todas las adversidades posibles de la vida o a la «negación de sí mismo» por amor a Jesús. «Capacidad de sufrir» y «negación de sí mismo»… ese es el lenguaje ascético y no siempre comprensible en nuestros días. 

¿Qué tal si aprendiéramos de los grandes de la mística cristiana y entendiéramos por ello la virtud fundamental de la «humildad», es decir, la superación del egocentrismo, que es el comienzo del autoconocimiento de nuestra fragilidad ante Dios y, como decía Don Quijote, el conocimiento más difícil de alcanzar? Entonces podríamos entender por cargar con la cruz y negación de sí mismo pedir insistentemente al Jesús «manso y humilde de corazón» que nos ayude a quitar todo lo que se interpone entre nosotros y Él, y que nos dé todo lo que nos acerque a Él.

Tras esta decisión consciente de conformarnos al Señor, encontraremos la «cruz», el dolor de un mundo imperfecto con hambre y sed de justicia como el de nuestra propia condición humana, una y otra vez en el camino y de muchas formas; pero nos quedará también la confianza que le fue concedida al apóstol Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? … ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8:35.38-39).

Macarena de Sevilla
Macarena de Sevilla

Recordemos esto cuando contemplemos al Nazareno cargado con la cruz y cayendo bajo su peso; y cuando nos enfrentemos a esas situaciones de la vida en las que, sin buscarla, nos puede llegar la hora de declararnos por Él o negarlo ante los hombres (cf. Mt 10:32-33).

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