Carta abierta a mis hermanas y hermanos católicos más conservadores tras la publicación del informe sinodal del Grupo 9
"Desde hace unos treinta años mantengo un desacuerdo público con lo que se considera la doctrina actual de la Iglesia en lo que (para ahorrar tiempo) denomino «cuestiones gais». Aunque quizá me desapruebes, o incluso me desprecies, por decir lo que digo, espero que podamos estar de acuerdo en que pago el precio por defender mis posturas. Mi desacuerdo público con lo que la autoridad eclesiástica considera una «doctrina de tercer orden» y las consecuencias prácticas de actuar según mi conciencia en relación con ese desacuerdo me han convertido, en la práctica, en una «no persona» dentro de la Iglesia que amo"
Introducción
Si alguna vez has oído hablar de mí, sabrás que desde hace unos treinta años mantengo un desacuerdo público con lo que se considera la doctrina actual de la Iglesia en lo que (para ahorrar tiempo) denomino «cuestiones gais». Aunque quizá me desapruebes, o incluso me desprecies, por decir lo que digo, espero que podamos estar de acuerdo en que pago el precio por defender mis posturas. Mi desacuerdo público con lo que la autoridad eclesiástica considera una «doctrina de tercer orden» y las consecuencias prácticas de actuar según mi conciencia en relación con ese desacuerdo me han convertido, en la práctica, en una «no persona» dentro de la Iglesia que amo. Aunque soy sacerdote y doctor en teología, durante los últimos treinta y tantos años no he podido ejercer un ministerio público en la Iglesia ni ocupar un puesto docente en una facultad católica. En 2015 fui destituido formalmente del estado clerical (sin que se me presentara acusación alguna ni se me diera explicación alguna). Posteriormente, en 2017, por una gracia especial del papa Francisco, se me confirmó en el sacerdocio y se me concedió la facultad de predicar y de absolver. Por las razones que fueran, el Santo Padre decidió que mi vocación no debía simplemente descartarse, aunque no me devolviera al ministerio público. Sospecho que esto último se debió a que habría puesto a cualquier Ordinario que accediera a incardinarme en la poco envidiable situación de tener que aceptar públicamente defenderme frente a la inevitable oleada de odio que inundaría su despacho, cuando la labor de un obispo incluye defender la doctrina vigente de la Iglesia, esté o no de acuerdo con ella personalmente.
Así pues, si consideras que la condición de «no persona» es el lugar adecuado para mí, no puedo sino estar de acuerdo. Ocupar este lugar es la forma de mi obediencia a la Iglesia, como ella me manda ejercer mi sacerdocio. No ser bienvenido para participar en la vida de una Iglesia local duele; atravieso ocasionalmente momentos de tristeza y desánimo, y anhelo que esta situación cambie. Pero esto no empaña la profunda alegría que me produce la gracia que me ha permitido ocupar este limbo canónico y vivir mi vocación. No estoy seguro de que exista alguna vía formal que me permita ejercer un ministerio público hasta que el desacuerdo en el ámbito que he mencionado deje de ser tan tenso psicológicamente para el mundo clerical como lo es actualmente.
¿Por qué empiezo así? No para quejarme, sino para mostrarles que me considero al menos tan conservador como Uds. a la hora de esperar que la enseñanza y el testimonio de la Iglesia sean a la vez verdaderos, claros y lógicos. Me he jugado mi sustento por ello. Quiero invitarles a que se solidaricen no conmigo, que no lo necesito, sino con todos aquellos que se ven obligados a mantener públicamente posturas que saben que son falsas o que se han visto obligados a defender por otras razones, y con aquellos que, desde dentro de esos mismos círculos, están intentando hacer algo al respecto.
En respuesta al informe del Sínodo del Grupo 9, algunos de Uds. han mostrado indignación ante lo que perciben como una falta de honestidad al introducir sutilmente la normalización de la homosexualidad en contra de la enseñanza constante de la Iglesia. Lo mismo parece haber llevado a algunos de Uds. a odiar al papa Francisco o a condenar la «confusión creada en las mentes de los fieles» por las señales evidentes que él dio. A algunos de Uds. les indigna que un testimonio sobre Courage, aportado por uno de los testigos seleccionados entre las numerosas contribuciones recibidas, se haya hecho público en un informe semioficial. Y ello, teniendo en cuenta que Courage es un grupo católico cuyo objetivo declarado es apoyar a aquellos católicos gais y lesbianas que buscan llevar una vida de continencia y celibato de acuerdo con la enseñanza magisterial vigente. Algunos de Uds., conociendo tan bien como yo el elevado porcentaje de hombres gais en el clero en general, y en el Vaticano en particular, optan por ver todo esto como una especie de conspiración sodomítica progresista para subvertir la doctrina de la Iglesia.
No les pido que me consideren un aliado. Les ruego que hagan algo ligeramente diferente, que es mostrar un poco de empatía hacia todos los que participan en la reflexión sobre este asunto: papas, cardenales, obispos, los teólogos y testigos que forman parte del Grupo de Estudio 9
Naturalmente, no les pido que me consideren un aliado. Les ruego que hagan algo ligeramente diferente, que es mostrar un poco de empatía hacia todos los que participan en la reflexión sobre este asunto: papas, cardenales, obispos, los teólogos y testigos que forman parte del Grupo de Estudio 9, Courage y aquellos a quienes han influido de una forma u otra, así como otros católicos en general. Aquí hay un problema real, no simplemente de ideología o de fibra moral: si de verdad aman la Iglesia que tenemos, en lugar de la que creen que deberíamos tener, por favor, ayúdenme a poner de manifiesto cuál es ese problema real, de tal manera que quede claro que no se trata de malicia, astucia, lujuria ni política de poder.
Parte 1
Por comodidad, y para no quitarles demasiado tiempo remontándonos demasiado atrás en la historia, propongo que empecemos por el periodo en torno al documento Humanae Vitae del papa Pablo VI. Como saben, el papa Pablo consideró que su misión era mantener lo que, en realidad, es la única enseñanza —o norma central— que tiene la Iglesia católica sobre la sexualidad. Se trata de que el acto sexual entre cónyuges de distinto sexo, abierto a la procreación, es algo bueno. Y que cualquier otro acto sexual es, en mayor o menor medida, una versión mala —porque defectuosa— de ese acto bueno. Esta norma ya se había elaborado en la época anterior a la muerte de Clemente de Alejandría, en el año 215 d. C., y se convirtió en la enseñanza tradicional de la Iglesia, recibiendo un respaldo más firme por parte de Tomás de Aquino en el siglo XIII. El papa Pablo se vio presionado por muchas personas, incluida la gran mayoría de los miembros de la comisión que él mismo había nombrado para estudiar el asunto, para que dejara de ser indispensable que la función amorosa o «unitiva» del acto sexual fuera acompañada de su función de engendrar hijos o «procreativa». En otras palabras: la mayoría de los miembros de la comisión, todos ellos católicos comprometidos, no creían que todo acto sexual tuviera que estar abierto a la posibilidad de procreación para ser bueno. Sin embargo, en 1968 el Papa les dijo que estaban equivocados: para evitar el pecado, todo acto sexual debe estar abierto, al menos potencialmente, a alcanzar su finalidad indispensable en la procreación.
El papa Pablo quedó, según todos los indicios, profundamente conmocionado cuando quedó claro que la gran mayoría de los fieles católicos con experiencia directa en el asunto en cuestión no aceptaban su enseñanza, y que varias conferencias episcopales hicieron todo lo posible por mitigar la consternación provocada entre los fieles, enseñándoles la importancia de la conciencia. Aunque es difícil obtener estadísticas fiables, casi sesenta años después, entre la población católica, entre el 80 % y el 90 % no acepta la enseñanza ni la pone en práctica. Tras los primeros años en los que Juan Pablo II intentó revitalizar la enseñanza del papa Pablo VI, tanto a través de sus escritos como de quienes nombró obispos, el tema ha ido perdiendo importancia gradualmente. Tanto el papa Benedicto como el papa Francisco se mostraron bastante discretos al respecto y probablemente haya muchos jóvenes católicos, incluso en culturas altamente legalistas como la del catolicismo estadounidense, que simplemente desconocen dicha enseñanza.
En la mayoría de los lugares donde el empleo depende de la aprobación de las instituciones católicas, no se intenta controlar este asunto. Los católicos heterosexuales que no están casados, o que están divorciados, rara vez, por no decir nunca, son despedidos si se descubre que mantienen una relación sentimental. Y mucho menos se plantea la cuestión de la abstención de cualquier pareja casada en el uso de métodos anticonceptivos artificiales —algo invisible para cualquiera ajeno a la pareja— como un obstáculo para acceder a un puesto de trabajo, o para que sus hijos sean bautizados, confirmados o admitidos en colegios católicos. Los sacerdotes, que escuchan muchas más confesiones de personas heterosexuales que yo, te dirán que sus penitentes casados rara vez mencionan el tema, y que ellos, los sacerdotes, son reacios a sacarlo a colación, por miedo a que eso aleje a la gente de la confesión, lo que les dificultaría acudir a la reconciliación cuando se sienten agobiados por pecados que realmente les preocupan.
También hubo intentos de revestir la obediencia a la enseñanza con un lenguaje que sonara menos aristotélico, como el que ofrecía la «Teología del Cuerpo» de Juan Pablo II
Cabe mencionar que, a raíz de la Humanae Vitae, se fundaron varios grupos para ayudar a aquellas parejas católicas que deseaban seguir la enseñanza a hacerlo. Siguiendo tal o cual método para programar sus relaciones íntimas, pudieron cumplir al pie de la letra la enseñanza, reduciendo al mínimo la posibilidad de concepción derivada del acto sexual sin impedirla por completo. También hubo intentos de revestir la obediencia a la enseñanza con un lenguaje que sonara menos aristotélico, como el que ofrecía la «Teología del Cuerpo» de Juan Pablo II. Los grupos que ponían esto en práctica tenían necesariamente mayor influencia de la que justificaba su número, ya que tanto ellos como los obispos que los apoyaban podían ganarse el favor del Papa demostrando su lealtad hacia él en un asunto que le tocaba especialmente el corazón.
Sin embargo, la gran mayoría de los fieles simplemente ha dejado de pensar en sus relaciones, sus cuerpos y sus familias utilizando las herramientas intelectuales que Pablo VI había empleado para emitir su juicio. No lo hicieron por inmoralidad, debilidad de fe, frivolidad o por ser víctimas de un secularismo desenfrenado. Lo hicieron porque el mundo lingüístico, biológico, psicológico y moral que condujo a ese juicio ya no tenía sentido para ellos. Y esto se debió en gran medida a la normalización de los asombrosos avances de la ginecología en particular, y de la medicina moderna en general, desde el descubrimiento del ovario en 1858. La determinación del papa Pablo VI en 1968 de atenerse a definiciones cuyo trasfondo del siglo III había sido la biología reproductiva propuesta por Aristóteles —la mejor de su época— no traspasó los límites de un marco de significado en desvanecimiento. Eso, junto con los cambios a largo plazo en una mentalidad cultural que había dado por sentada la propiedad masculina sobre los cuerpos femeninos, garantizó la mala acogida de la enseñanza.
Ahora bien, fíjate en lo que esto significa en la práctica: significa que la gran mayoría de los fieles católicos no acepta, ni en teoría ni en la práctica, que un acto sexual que no esté abierto a la posibilidad de procreación sea, por el mero hecho de ello, un «acto intrínsecamente malo por carecer de su finalidad indispensable». Saben que las relaciones sexuales entre parejas sin un propósito procreativo pueden ser algo perfectamente bueno. Y cuando no lo son, es muy raro que sea la falta de apertura a la procreación lo que haya menoscabado el acto: la mayoría de las veces es alguna forma de violencia emocional o física, de incompetencia o de falta de delicadeza lo que lo ha convertido en una versión defectuosa de sí mismo. Esta no aceptación del carácter obligatorio de la finalidad indispensable del acto no se castiga, de hecho, de ninguna manera, ni la obediencia o desobediencia de una pareja se hace visible de ningún modo, salvo cuando la pareja en cuestión lo expresa deliberadamente. Y la autoridad eclesiástica se ha acostumbrado por completo a esta situación. Cuando una enseñanza se queda en el papel, no se transmite entre varias generaciones de familias y no se vigila allí donde incluso las autoridades eclesiásticas conservadoras tienen el poder de hacerlo, entonces, de facto, la enseñanza es lo que hace la Iglesia, no lo que dice un documento.
Afortunadamente, y en parte porque la desobediencia en lo que respecta al «acto sexual intrínsecamente malo, privado de su finalidad indispensable» es invisible y no se controla, existe un abundante y buen discurso católico sobre el matrimonio: la preparación para el mismo, la procreación, el compañerismo, la vida compartida, la dinámica familiar, donde la «cola» de esa enseñanza no mueve al «perro» del asunto que nos ocupa. Fuera de las facultades de teología moral, estrictamente controladas, se ha desarrollado un amplio y rico discurso católico sobre lo que podríamos llamar la «vida en pareja heterosexual», porque las personas son capaces de hablar de estas cosas gracias a su experiencia, con la ayuda de novelas, películas, canciones y la psicología. Son capaces de encontrar su camino hacia la comprensión de cómo vivir el sacramento del matrimonio a través del significado adquirido a lo largo del camino y compartido con los demás mediante el testimonio dado, filtrando gradualmente aquello que no proviene de Dios y asimilando —y floreciendo a través de ello— aquello que sí proviene de Él. Aprendiendo con el paso del tiempo.
Ahora bien, aquí es donde empieza a surgir para la autoridad eclesiástica el verdadero problema al que aludí anteriormente. Porque, como es lógico, existe una pequeña minoría de católicos que nos sentimos orientados principalmente, tanto emocional como eróticamente, hacia personas de nuestro mismo sexo. Por lo tanto, merece la pena comparar cómo la autoridad eclesiástica trató de abordar nuestra situación a partir de 1968, ya que tanto en los casos de la mayoría como en los de la minoría, la autoridad eclesiástica propone exactamente a la misma doctrina. Según se dice, el padre Gustave Martelet, SJ, le comentó a Pablo VI, mientras este reflexionaba sobre qué postura adoptar al redactar la Humanae Vitae, que, si permitía que se rompiera el vínculo entre la función unitiva y la procreativa del acto sexual, privaría a la Iglesia de cualquier razón lógica para enseñar en contra de los actos homosexuales. Y ese es exactamente el caso, ya que, siguiendo la misma lógica, un acto sexual entre personas del mismo sexo constituye «un acto intrínsecamente malo porque no está abierto a su finalidad indispensable». La única diferencia entre este acto y su equivalente heterosexual es que no se interpone deliberadamente ningún obstáculo a la finalidad indispensable del acto (algún método anticonceptivo artificial): porque no es necesario. El uso del preservativo, por ejemplo, entre varones homosexuales es una opción profiláctica, nunca anticonceptiva.
Veamos, pues, un poco de historia sobre cómo esa misma enseñanza ha ido evolucionando a lo largo del tiempo en relación con este grupo concreto. En 1975, la autoridad eclesiástica quiso subrayar sus puntos de vista sobre la ética sexual en general y lo hizo en un documento que incluía la primera enseñanza pública de la Iglesia en la historia en la que se utilizaba la palabra «homosexualidad»[1] . Esto se debió a la sencilla razón de que la única enseñanza que la Iglesia había impartido sobre el tema durante los siglos anteriores se refería a los actos entre personas del mismo sexo. Literalmente, no existía ninguna enseñanza magisterial previa sobre «las personas que son así». Y, de hecho, la palabra «homosexual», el primer término semicientífico para describir a «las personas que son así», no se acuñó hasta 1869. En el documento de 1975, la autoridad eclesiástica se mostró consciente de los importantes avances médicos y psicológicos en este campo durante los veinticinco años anteriores, ya que, al reiterar su enseñanza sobre los actos que no pueden alcanzar su finalidad indispensable, habla de la «condición homosexual», advirtiendo de que algunas personas estaban tratando esto como una realidad neutra o incluso positiva. ¿Por qué esta advertencia? Porque la autoridad eclesiástica sabía que, si la «condición» fuera neutra o incluso positiva, los actos no podrían ser intrínsecamente malos, ya que la condición formaría parte del orden creado y los actos que de ella se derivaran tendrían, por lo tanto, una finalidad propia como partes buenas de la creación, una finalidad que, evidentemente, no incluiría la procreación. Así pues, se trataría entonces de actos contingentemente buenos o malos, cuya bondad dependería de circunstancias enteramente ajenas a su idoneidad para la procreación.
El intento de insistir en que éramos, de una u otra forma, personas heterosexuales defectuosas, cuya condición no podía describirse de manera neutral o incluso positiva, se topaba con una dificultad cada vez mayor
La percepción de que los gais y las lesbianas «simplemente son así», o, en mi expresión poco poética, de que somos «portadores de una variante minoritaria, no patológica y de ocurrencia regular en la condición humana», había seguido creciendo, no obstante, en toda la sociedad occidental y mucho más allá, allá donde la gente se acostumbraba a encontrarnos y a conocernos. Incluidos, por supuesto, los seminaristas y los miembros del clero que se encontraban y se conocían entre sí y a sí mismos. En otras palabras, el intento de insistir en que éramos, de una u otra forma, personas heterosexuales defectuosas, cuya condición no podía describirse de manera neutral o incluso positiva, se topaba con una dificultad cada vez mayor. Y esto condujo a un auténtico problema (teórico): si la autoridad eclesiástica llegara a admitir que «las personas gais y lesbianas simplemente son así», estaría reconociendo una categoría de seres humanos para quienes la intimidad sexual no requiere una apertura a la procreación. Por supuesto, sería absurdo permitir tal intimidad a la minoría con orientación hacia el mismo sexo, mientras se la niega a la mayoría con orientación hacia el sexo opuesto, y hacerlo hundiría de hecho la Humanae Vitae.
La única forma lógica, pues, de «salvar» la Humanae Vitae —es decir, de tratarla como una enseñanza aún válida para las personas heterosexuales, aun cuando quedara claro que su principal público destinatario no la aceptaba— era insistir en que las personas gais y lesbianas debían considerarse a sí mismas como heterosexuales defectuosos cuya condición debía definirse partiendo de su (no) relación con el acto conyugal abierto a la procreación. Esto fue lo que dio lugar a la famosa frase del documento de 1986[2], en la que se afirmaba que «si bien la tendencia homosexual no es en sí misma un pecado, es una tendencia más o menos fuerte hacia actos que son en sí mismos intrínsecamente malos y, por lo tanto, debe considerarse objetivamente desordenada».
Esta formulación presentaba varios elementos novedosos. El primero es que, al afirmar que la tendencia homosexual no es en sí misma un pecado, la autoridad eclesiástica evita la tentación neo-calvinista de considerar «la tendencia homosexual» como algo absolutamente depravado. Por lo tanto, cualquiera que afirme que «la Iglesia enseña que la homosexualidad es un pecado» está, sencillamente, equivocado. El segundo es afirmar, por primera vez en la historia, que la tendencia homosexual debe considerarse objetivamente desordenada. Esto no significa lo que «objetivamente desordenado» suele significar en el lenguaje moderno (como, por ejemplo, cuando decimos que «sabemos objetivamente, gracias a los descubrimientos de la ciencia, que la anorexia es un trastorno patológico»). Significa que la tendencia está «alejada de su verdadero objeto». Siendo el verdadero objeto un acto sexual con una pareja casada del sexo opuesto que esté abierto a la procreación. La afirmación tiene por objeto cerrar la laguna jurídica relativa a los «actos intrínsecamente malos» que se había abierto con la posibilidad de que las personas gais y lesbianas «simplemente sean así». Los autores sabían que un acto intrínsecamente malo no puede derivarse de algo que es bueno, por lo que, para mantener el acto como intrínsecamente malo (en contraposición a bueno o malo dependiendo del contexto), necesitaban redefinir aquello de lo que se deriva como algo desordenado, pero sin convertirlo por ello en radicalmente depravado.
El tercer elemento que merece la pena destacar es de carácter lógico: la formulación deja claro que la enseñanza central que se mantiene es la de la prohibición de los «actos intrínsecamente malos», al igual que para las personas heterosexuales. Pero también deja claro que esa enseñanza, en el caso de las personas gais y lesbianas, solo puede mantenerse si se considera que su tendencia está desordenada con respecto a su objeto propio. Eso es lo que afirma «debe considerarse». Formalmente hablando, la afirmación es la siguiente: «Puesto que sabemos de manera absoluta y con certeza que tal acto es siempre y en todas partes incorrecto, y puesto que sabemos que los actos intrínsecamente malos no pueden derivarse de buenas tendencias, por lo tanto debe haber algo errado en tu tendencia a realizar el acto en cuestión». Se puede ver que esto funciona como un silogismo perfectamente circular. No obstante, si la tendencia se basa de hecho en la biología y la psicología humanas reales y existentes y resulta no ser patológica, entonces habrás acabado, aunque sea sin darte cuenta, haciendo una afirmación de verdad sobre algo que es. Una afirmación basada no en la observación, sino en tu necesidad de mantener intacta una prohibición.
La única forma de hacer que la Humanae Vitae se mantuviera firme era descartar la posibilidad de que cualquier acto entre personas del mismo sexo pudiera estar adecuadamente ordenado
Se puede entender por qué los autores anglófonos del documento de 1986 (cuyo original estaba en inglés, no en latín[3] ) optaron por esa formulación. Se enfrentaban a amables obispos católicos que querían poder decir: «Sí, sabemos que Uds., los gais y las lesbianas, simplemente son así, y que Dios los ama tal y como son. Lo único que les enseñamos es que sus relaciones sexuales están prohibidas». Pero esto, como sabe cualquier pensador genuinamente católico, es una tontería propia de mentes débiles: las auténticas prohibiciones morales en el cristianismo deben corresponder a algo verdadero sobre la naturaleza de quienes las afectan; no pueden limitarse simplemente a: «Bueno, no deben hacer esto porque nosotros lo decimos, o porque Moisés dice que no deben hacerlo». El cristianismo no conoce ninguna ley moral extrínseca: de eso trataban precisamente las discusiones de san Pablo con sus hermanos judíos en torno a la Ley. No, la única forma de hacer que la Humanae Vitae se mantuviera firme era descartar la posibilidad de que cualquier acto entre personas del mismo sexo pudiera estar adecuadamente ordenado, evitando al mismo tiempo la solución proto-protestante de declarar que una forma concreta de deseo humano es intrínsecamente depravada. Una cuerda floja excepcionalmente delicada de recorrer, y cuyo recorrido incierto ha inyectado, sin quererlo, una confusión significativa en la vida de la Iglesia.
¿Qué quiero decir con esto? Pues bien, las autoridades eclesiásticas de la década de 1980 parecen haber pensado que «siempre que las personas homosexuales no “salgan del armario” ni formalicen jamás sus relaciones en la esfera pública, entonces nadie se dará cuenta realmente de sus actos[4] y no serán objeto de discriminación». Por supuesto, apenas tendrán culpa subjetiva alguna en el asunto, si es que tienen alguna, y un clero en gran medida benévolo les perdonará muy fácilmente, tal y como nos hemos estado perdonando mutuamente en este asunto durante siglos. Así pues, deberían guardar silencio, no salir del armario, y el asunto será tan privado como lo es casi toda la desobediencia conyugal heterosexual en este ámbito». Estas autoridades de mediados de la década de 1980, de hecho, juzgaron muy mal lo que estaba sucediendo a su alrededor, a saber, que las grotescas desigualdades legales que se imponían a las parejas del mismo sexo durante los años previos a los antirretrovirales en la era del sida hacían que la protección jurídica formal de sus uniones fuera urgentemente necesaria: alguna forma de garantizar los derechos de visita de los familiares más cercanos, los derechos de pensión compartidos, los derechos del cónyuge supérstite y los derechos de propiedad compartida. Y la forma más sencilla de garantizar todo ello, al igual que en las uniones heterosexuales, era —y sigue siendo— el matrimonio civil.
Lo que esto significaba era que, si echamos la vista atrás a la Humanae Vitae, con el tiempo surgió una diferencia real y visible entre grupos de personas que ignoraban alegremente la misma enseñanza de la Iglesia: la mayoría heterosexual, cuya ignorancia o indiferencia respecto a dicha enseñanza era invisible y no era objeto de control; y la minoría gay o lesbiana, cuya ignorancia o indiferencia respecto a esa misma enseñanza de la Iglesia es claramente visible en todas aquellas parejas duraderas que se muestran felices de aparecer juntas en público, y más aún si han optado por lo que su país les ha propuesto como la vía legal para garantizar sus derechos básicos como pareja.
Llegados a este punto, quiero explicarles por qué este es un asunto mucho más importante para todos nosotros, como Iglesia, de lo que podría parecer. Cuando la desobediencia habitual, aunque invisible, a exactamente la misma enseñanza no tiene ninguna consecuencia para la gran mayoría de los fieles, y sin embargo, para una minoría pequeña pero significativa de la población, esa misma desobediencia habitual es visible y, por lo tanto, susceptible de discriminación, hemos llegado a una situación de hecho que ningún cristiano católico responsable, y desde luego ningún líder católico, podría tolerar: que se permita, o incluso se fomente, que las personas juzguen negativamente a otras por hacer exactamente lo mismo que ellas mismas hacen[5] .
Si hay algo fundamental en la vida eclesial, desde las palabras de Jesús en los Evangelios hasta la correspondencia de Pablo y otras epístolas, es que juzgar a otras personas por cosas que nosotros mismos hacemos es una forma segura de permanecer bajo la ira[6] . Y, por supuesto, la mayoría de las personas heterosexuales desconocen el hecho de que, si ellas mismas ignoran la enseñanza, pero, no obstante, condenan a las personas gais y lesbianas por practicar exactamente los mismos actos prohibidos, entonces han sido empujadas hacia la ira por la autoridad eclesiástica. Esto se debe simplemente a que esas personas heterosexuales pueden muy bien suponer que los actos entre personas del mismo sexo son malos por el mero hecho de ser actos entre personas del mismo sexo (actos que, al tener un factor de «repulsión», son bastante diferentes de los suyos) y no porque sean actos sexuales que no se ajustan a su finalidad indispensable (actos que son moralmente idénticos a los suyos). Y es que la autoridad eclesiástica puede controlar —y de hecho controla— lo visible, pero se conforma con aplicar la política de «no preguntes, no digas» con lo invisible. No es de extrañar que el papa Francisco estuviera tan empeñado en intentar transmitir que las personas gais y lesbianas son iguales a las heterosexuales en lo que respecta a los pecados, y no es de extrañar que, por ejemplo, la USCCB y sus litigiosos partidarios, tras haber construido toda una estrategia jurídica en torno a la obtención de exenciones para la Iglesia de las leyes laborales justas relativas a las personas gais y lesbianas, se sintieran tan molestos. Francisco intentaba salvarlos a ellos y a todos nosotros de lo que Pablo llama «la ira».
Si la Humanae Vitae se abandonara discretamente, probablemente solo se notaría en las facultades católicas de teología moral y entre los historiadores
Esta es, pues, la razón fundamental por la que les pediría que mostrasen cierta comprensión hacia quienes, desde las instancias de autoridad, han estado tratando de abordar esta cuestión: con el paso del tiempo, la forma de pensar que llevó a mantener la validez de la Humanae Vitae ha tenido consecuencias gravemente discriminatorias. Para las personas heterosexuales, es una cola que no agita al perro: la enseñanza no ha obstaculizado toda una serie de otros avances en lo que es bueno a la hora de vivir el sacramento del matrimonio. De hecho, si la Humanae Vitae se abandonara discretamente, probablemente solo se notaría en las facultades católicas de teología moral y entre los historiadores. Para las personas gais y lesbianas, sin embargo, la cola agita tanto al perro que ya no hay perro: si solo se puede hablar de la forma básica de la vida en pareja visible en relación con la tendencia objetivamente desordenada que conduce a actos intrínsecamente malos, entonces no se puede ni imaginar ni trabajar por un bien compartido, sino solo por un mal mitigado. La reacción que muchos de Uds. tuvieron ante la aprobación de Fiducia Supplicans por parte del papa Francisco es prueba de su percepción de Uds. de que la cola, de facto, elimina cualquier posibilidad de que exista un perro.
En otras palabras, a los gais se les ha hecho pagar las consecuencias de algo a lo que los heterosexuales renunciaron hace mucho tiempo sin sufrir ninguna consecuencia. Incluso si les encanta el tipo de pensamiento que condujo a la Humanae Vitae y su ingeniosa forma de incluir a los gais y las lesbianas en la misma enseñanza, les pido que consideren que las consecuencias injustas de esta lógica, con el paso del tiempo, se han convertido de hecho en una cuestión ética y espiritual bastante grave por derecho propio, con el riesgo de acarrear graves consecuencias para quienes juzgan lo visible e ignoran lo invisible (mucho más amplio). Y que quienes intentan prestar atención a esto no son ni traidores ni herejes.
Parte II
Ahora que he intentado mostrar en primer lugar por qué la situación tal y como está es insostenible, y por qué, por lo tanto, cualquier liderazgo católico sensato tendría que intentar cambiarla, me gustaría entrar un poco más en detalle para mostrar por qué algo de lo que sugerían las señales dadas por el papa Francisco y por el Grupo de Estudio 9 no solo era inevitable, sino que, de hecho, era el camino más conservador para seguir. Y aquí voy a hablar de cómo lo que se podría llamar «la generación de 1986» ha estado afrontando todo esto. La «generación de 1986» es un término que he acuñado para describir al número muy considerable de aquellos de nosotros cuya vida adulta en la Iglesia ha estado enormemente condicionada por la necesidad oficial de mantener como válida la afirmación de que «la tendencia en sí misma debe considerarse objetivamente desordenada». Entre estas personas me incluyo, obviamente, a mí mismo, a muchos de mis amigos y colegas, a mis hermanos (en su mayoría) y hermanas de Courage y otros movimientos relacionados, así como a innumerables responsables en todos los niveles de la vida de la Iglesia.
La fuente de confusión y dificultad ha sido la brecha semántica entre la lógica a priori[7] presente en el documento de 1986 y el ámbito de significado en el que se mueve cualquier persona moderna y que podría llevarla a aplicar la enseñanza de una u otra manera. De hecho, se trata exactamente de la misma brecha de significado que se abrió entre la lógica a priori de la Humanae Vitae y la biología reproductiva vivida tal y como la experimentan las parejas heterosexuales en un mundo con una ginecología más desarrollada. Y entre los heterosexuales, el paso de una comprensión de la biología y los actos sexuales basada en lo a priori a otra basada en lo relacional acaba de producirse de forma masiva.
Sin embargo, en el caso de las personas gais y lesbianas, la brecha no se abrió entre la lógica y nuestra biología reproductiva, sino —se dieran cuenta o no de ello quienes formularon la doctrina— entre la lógica y nuestra psicología, lo que, por lo tanto, significaba nuestra propia capacidad para ponernos de pie, hablar, ser sinceros y entablar relaciones públicamente. Es decir, entró directamente en la misma esfera que la comprensión antropológica que se fue desarrollando a partir de la década de 1950, la cual había hecho cada vez más evidente que no existe ninguna patología intrínseca al hecho de ser gay o lesbiana, y que quienes son capaces de aceptarse a sí mismas, «salir del armario» y relacionarse con los demás —familia, parejas, compañeros de trabajo, entornos laborales— tal y como son, suelen ser capaces de prosperar de formas en las que quienes viven la misma realidad de manera furtiva y oculta no lo son. Esto forma parte de lo que el Grupo de Estudio 9 denominó una «realidad emergente».
Así pues, la nueva enseñanza introdujo en la esfera pública la posibilidad de que se estuviera enseñando algo que, si se trataba simplemente como un andamiaje lógico necesario para sostener otra enseñanza, sin intención de tener ninguna incidencia real en ninguna parte de la subjetividad humana, carecía de sentido; o si se trataba como una afirmación en la esfera de lo real, estaría haciendo una afirmación de verdad en un ámbito que podría estar —y que, de hecho, cada vez con mayor claridad está— sujeto a verificación empírica. De hecho, los defensores de la enseñanza han oscilado entre negar que esta haga una afirmación de verdad sobre una patología (los partidarios más rigurosos de la Ley Natural) y afirmar el tipo o tipos de patología a los que supuestamente apunta. En mi opinión, esta inestabilidad oscilante no es culpa de ninguna de las partes: es inherente al propio modo de enseñanza el hecho de que genere esta confusión.
Muy pronto, escritores católicos de prestigio ofrecían versiones católicas de las prácticas evangélicas conocidas en ocasiones como «terapia reparativa» o «terapia de conversión»
De hecho, los mismos procesos de la modernidad que habían llevado a muchas personas homosexuales a «salir del armario» (el desarrollo de una subjetividad relacional y la capacidad de narrar una historia de uno mismo en un contexto de violencia cada vez menor), también implicaban que, de forma casi inevitable, se intentaría concretar la consecuencia lógica de la «tendencia objetivamente desordenada» en forma de alguna u otra patología identificable con base en pruebas psicológicas: como mínimo, «algo identificablemente erróneo» en la forma de ser de las personas homosexuales que deberíamos desear que cambiara. Y así fue como, en las décadas de 1980 y 1990, pensadores y grupos católicos comenzaron a inspirarse en la literatura y las prácticas de grupos evangélicos como los asociados a Exodus International. Y muy pronto, escritores católicos de prestigio ofrecían versiones católicas de las prácticas evangélicas conocidas en ocasiones como «terapia reparativa» o «terapia de conversión».
Una anécdota: en el verano de 2004 me encontraba en Bogotá para asistir a una conferencia. Por aquel entonces se estaban llevando a cabo los primeros intentos de conseguir la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo a través de los poderes legislativo y judicial colombianos. Estos se enfrentaban, como era de esperar, a una fuerte resistencia eclesiástica. Fui a charlar con un representante de la sección de familia del CELAM[8] . El monseñor me recibió con mucha cortesía y le pregunté: «Dejando a un lado el tema del matrimonio, ¿qué están haciendo Uds. (en el CELAM), si es que hacen algo, para crear un espacio para los católicos LGBT dentro de la vida de la Iglesia?». Me dijo que habían intentado plantear el asunto a Roma, pero que el cardenal López Trujillo (un colombiano que había sido anteriormente presidente del CELAM y que luego había sido llevado a Roma por Juan Pablo II para encargarse de los asuntos de la familia) había dejado muy claro que no habría apertura de ningún tipo en este ámbito. El entonces presidente del CELAM, el cardenal Errázuriz (chileno), preguntó a continuación a la CDF (como se llamaba entonces): «De acuerdo, pero entonces, ¿qué nos recomendarían a nosotros que leyéramos para comprender mejor este asunto? ¿Pueden recomendarnos alguna obra que les resulte aceptable?». No hubo respuesta. Unos meses más tarde, los responsables del CELAM volvieron a escribir a la CDF. No hubo respuesta. Escribieron por tercera vez y, tras una larga pausa, recibieron una carta firmada por uno de los funcionarios de menor rango de la CDF, con una lista de los nombres de cuatro autores cuyos libros se consideraban aceptables: Joseph Nicolosi (en inglés), Gerard van den Aardweg (en neerlandés), Tony Anatrella (en francés) y Aquilino Polaino (en español). Todos estos autores promueven una u otra forma de «terapia de conversión». El monseñor estaba tan desolado como yo al compartir la noticia de que esto era, literalmente, todo lo que la CDF podía recomendar como compatible con su doctrina.
Planteo esto porque deja claro que, al menos en aquel momento, quienes se consideraban capaces de desarrollar en la práctica la enseñanza de 1986 eran todos defensores públicos de teorías psicológicas ampliamente desacreditadas, que, desde entonces, no han hecho más que verse aún más desacreditadas. No es de extrañar que, cuando en 2005 la Congregación para la Educación publicó un documento que prohibía a los hombres homosexuales ingresar en el seminario[9] , los argumentos esgrimidos se basaran en las supuestas patologías que, padecían los hombres homosexuales y que nos hacían incapaces de ejercer el sacerdocio, hasta el punto de que ni siquiera se admitía a los hombres homosexuales castos. El artículo principal que respaldaba e interpretaba esta doctrina en L’Osservatore Romano fue escrito por Tony Anatrella, uno de los autores mencionados anteriormente. El propio Anatrella cayó posteriormente en desgracia debido a su práctica de abusar sexualmente de seminaristas y otros jóvenes que le eran enviados para ser «tratados por su homosexualidad». Fueron necesarios más de diez años de heroica insistencia por parte del distinguido biblista dominico (ahora miembro de la Pontificia Comisión Bíblica) Philippe Lefèbvre OP antes de que la jerarquía francesa se atreviera finalmente a hacer frente al escándalo causado por haber cerrado los ojos y los oídos para «no ver el mal, no oír el mal». Para ellos, Anatrella había sido una forma demasiado conveniente de lidiar con el problema de los seminaristas homosexuales, y una que contaba con un respaldo ¡Oh-tan-sólido! por parte de figuras poderosas en Roma.
Para ilustrar la dificultad, en la práctica, de encontrar una estabilidad de significado tras la enseñanza de 1986, fijémonos, no en Anatrella, sino en la postura estándar de Nicolosi[10] . Esta consistía en que no existe tal cosa como una persona gay. Lo que llamamos persona gay es, de hecho, una persona intrínsecamente heterosexual que padece un grave trastorno del deseo denominado «atracción hacia el mismo sexo», y que esto podría, en principio, modificarse. Se puede ver de inmediato cómo una postura así podría resultar atractiva como interpretación de la enseñanza de 1986. El problema es que, en la práctica, coloca al «paciente» en la situación de no aceptarse a sí mismo como una persona con orientación hacia el mismo sexo, sino como alguien con algo que no funciona en su interior y que puede corregirse. Y cuando ese «algo que no funciona» no cambia, a menudo se ven abocados a odiarse a sí mismos y, al mismo tiempo, a mantener frecuentes encuentros sexuales anónimos y furtivos. A lo largo del tiempo, he conocido y escuchado testimonios de muchas personas en esta situación. Las que he conocido y a las que he escuchado han sido, obviamente, personas que habían logrado seguir adelante y aceptarse a sí mismas. Describen a quienes han dejado atrás en grupos como Courage (y hay varios grupos de este tipo) como personas tristemente obsesionadas con una (esquiva) castidad, al tiempo que creen que están siendo fieles a la Iglesia al no aceptarse a sí mismas.
La inestabilidad de la enseñanza es bastante fácil de apreciar en la práctica: sea cual sea la teoría, si la orientación hacia el mismo sexo se trata como algo que está mal en ti y que puede cambiar, entonces, cuando obstinadamente no lo hace, te ves abocada a lo que, en efecto, es un elemento de depravación radical calvinista en tu interior, un mal inmutable que no conduce a ninguna forma de plenitud. Además, te ves presa de una serie de prácticas sexuales nocivas y peligrosas, y de una profunda desesperación subyacente que se manifiesta en la necesidad constante de atacar a cualquiera que no comparta tu adicción a este dolor[11] .
En el momento en que realmente te aceptas a ti mismo y empiezas a darte cuenta de que no hay nada malo en ti, empieza a quedar claro que puedes aprender a amar y a ser amado; que las relaciones estables y una cierta sensación de plenitud se vuelven posibles; y que hay una diferencia entre el buen sexo y el mal sexo
Por otro lado, en el momento en que realmente te aceptas a ti mismo y empiezas a darte cuenta de que no hay nada malo en ti, empieza a quedar claro que puedes aprender a amar y a ser amado; que las relaciones estables y una cierta sensación de plenitud se vuelven posibles; y que hay una diferencia entre el buen sexo y el mal sexo. En otras palabras, ya no puedes estar de acuerdo con que los actos que puedas realizar sean intrínsecamente malos. Así pues, abandonas grupos con respaldo oficial como Courage y tienes que afrontar el hecho de que estás en desacuerdo con la enseñanza de la Iglesia católica en una cuestión relacionada con la veracidad. Para algunos, esto puede suponer una experiencia enormemente difícil, tan fuerte es la tentación de ser leal incluso a costa de no atreverse a ser humano.
Menciono aquí a «Courage» porque uno de los testigos citados por el Grupo de Estudio 9 declaró haber sido derivado por «Courage» hacia la «terapia de conversión», y los responsables de «Courage» reaccionaron indignados con una carta en la que negaban que hicieran tales cosas. Su negación fue obviamente poco seria: un rápido repaso a los ponentes principales de sus conferencias anuales, así como los testimonios de numerosos antiguos miembros sobre las lecturas aprobadas que se les proporcionaron, cuentan una historia diferente. Sin embargo, no quiero juzgarlos por ello, dado que eran los únicos textos aprobados por la CDF para quienes buscaban ser fieles a la enseñanza de 1986. Si se considera que la enseñanza de 1986 tiene alguna repercusión en la psicología, entonces dicha repercusión es perjudicial; si se considera que la enseñanza de 1986 no tiene ninguna repercusión en la psicología, entonces se trata de una confusa argucia circular sin sentido destinada a proteger otra enseñanza, y el hecho de que se considerara necesaria significa que la propia enseñanza que se pretende proteger queda puesta en duda. Se puede comprender por qué cualquier grupo que pretenda ser fiel a la Iglesia y a su doctrina se ve atrapado en la inestabilidad oscilante que ha sido el destino de «la generación del 86». ¿Cómo diablos puede aplicarse en la práctica de alguna manera que no sea, de hecho, ni perjudicial ni carente de sentido?
A raíz del informe del Grupo de Estudio 9, la defensa de «Courage» por parte del obispo Munilla (su más ferviente defensor en España) fue que no envían a nadie a terapias de conversión, sino que apoyan a «aquellos que buscan ayuda para una atracción hacia personas del mismo sexo no deseada». En la práctica, esta frase o bien se refiere a quienes no aceptan su orientación hacia personas del mismo sexo (en cuyo caso, a menos que se trabaje para ayudarles a aceptar su orientación, solo estás evitando la terapia de conversión de nombre) o bien significa que estás ayudando a quienes sí aceptan su orientación hacia el mismo sexo, pero han elegido libremente, por iniciativa propia (sin estar bajo la amenaza del infierno o la pérdida de su empleo eclesiástico), llevar una vida célibe, aunque tienen problemas con la lujuria del tipo que cualquier persona heterosexual, gay o lesbiana podría tener, sea cual sea su estado de vida. Si se trata de lo segundo, entonces… incluso estas personas célibes no creen, en la práctica, que su orientación en sí misma sea desordenada en lo que respecta a su objeto, sino simplemente que, en sus casos particulares, su forma de plenitud —ya sea elegida u otorgada por Dios— consistirá en ser una persona soltera que aprenderá, con suerte con ayuda genuina, a entregarse sin utilizar ni abusar de los demás, espiritual, emocional o sexualmente. No sentirán miedo ni resentimiento al trabajar honestamente junto a otras personas con su misma orientación que, a diferencia de ellas, tienen pareja y proyectos de vida compartidos. En otras palabras: ellas también se habrán salido, de facto, de la enseñanza de 1986.
Solo para que quede claro: he destacado a «Courage» únicamente porque se les menciona en el testimonio del Grupo de Estudio 9. Ellos (junto con otros grupos similares cuya lealtad a la promoción del celibato va acompañada de una desviación reconocible hacia la promoción de terapias dudosas, quizá incluso en contra de su propio criterio), son el mensajero más que el mensaje. Todos los que pertenecemos a la generación del 1986 compartimos la lucha contra la inestabilidad oscilante del significado que el pensamiento a priori no puede evitar introducir en el mundo de lo relacional, lo comunicable y lo psicológico. Y ahí es donde nos encontramos. Por eso escribo esto: para pedir a aquellos de Uds. de tendencia más conservadora que vean que lo que Francisco estaba haciendo, y lo que el Grupo de Estudio 9 está intentando hacer, es mucho más conservador de lo que algunos de Uds. les han reconocido. Para concluir, me gustaría señalar algunas áreas evidentes en las que la aplicación de lo que propone el Grupo del Sínodo tenderá a tener resultados más estables, más conservadores y más católicos.
Votos/promesas
Un porcentaje significativo de quienes profesan, o pretenden profesar, votos o promesas en diversas instituciones eclesiásticas —ya sean clericales o laicas— tienen, de hecho, una orientación homosexual. Tal y como está la doctrina actual, la Iglesia no puede ofrecerles un marco claro en el que puedan hacer tales promesas o votos. Las personas implicadas tienen que jugar a una especie de juego de «no preguntes, no digas», que luego puede utilizarse en su contra en una etapa posterior, o bien se les enseña a recurrir a complejas contorsiones verbales para describirse a sí mismas de formas que resulten convenientes para sus superiores (por ejemplo, «lidiar con la atracción hacia personas del mismo sexo», en lugar de «ser un homosexual arraigado»). Los que necesitan ser sinceros públicamente suelen quedar descartados, y sobreviven los mejores simuladores o contorsionistas. Varios graduados recientes del NAC[12] me han descrito cómo, al llegar a Roma, adoptaron la «estrategia del submarino»: esto significaba ser completamente obedientes a todo lo que se les ordenaba y no decir nunca nada que pudiera dar una pista de cómo funciona su vida íntima. De esta forma podían sobrevivir sumergiéndose, y solo salir a la superficie, empezar a revelar quiénes son realmente, tras la ordenación, cuando sus obispos tendrían que lidiar con su verdadera identidad. Pero la triste realidad es que, tras seis o siete años viviendo así, los que se quedan, en lugar de ser heroicos supervivientes, con demasiada frecuencia se convierten simplemente en mentirosos consumados: hombres de partido con una capacidad compartida para sobrevivir mintiendo. No es de extrañar que una generación anterior de este tipo de personas fuera tan hábil a la hora de encubrir los abusos sexuales.
Luego, por supuesto, están las cuestiones de validez relativas a los votos o promesas que se han hecho cuando se ha hecho creer a los candidatos que, debido a que había algo que no funcionaba en ellos, no tenían otra opción real en su vida más que el celibato. Quizá, años más tarde, por fin se den cuenta de que no era cierto, de que no son heterosexuales «defectuosos» y de que se les ha engañado para que creyeran algo falso sobre sí mismos; y, sin embargo, la instancia que recibió sus votos o promesas tiene que atenerse a la doctrina oficial. Por lo tanto, sus votos o promesas son potencialmente nulos[13], pero la única instancia que podría reconocer su nulidad está, a su vez, oficialmente sujeta a su propia falsedad. Incluso cuando los responsables del dicasterio en cuestión comprenden perfectamente que es la persona gay o lesbiana en cuestión la que dice la verdad, y no su propio sistema. Esto es, obviamente, insostenible.
Está claro que este mundo solo podrá volverse sensato, sano y no peligroso cuando se espere que los candidatos puedan ser ellos mismos con honestidad, sin temor a represalias, sea cual sea su orientación; y, si su vocación incluye el celibato, entonces se esperará de ellos una vida transparente desde el principio
Está claro que este mundo solo podrá volverse sensato, sano y no peligroso cuando se espere que los candidatos puedan ser ellos mismos con honestidad, sin temor a represalias, sea cual sea su orientación; y, si su vocación incluye el celibato, entonces se esperará de ellos una vida transparente desde el principio. Recibirán ayuda realista de otras personas de su misma orientación que hayan aprendido a través de la experiencia y sean capaces de hablar con honestidad. Esto es válido tanto para los seminaristas como para las religiosas, los laicos miembros de institutos clericales, los miembros de cofradías u otros. Solo será saludable cuando exista un lenguaje compartido de veracidad que se corresponda con lo que las personas saben que son, y no un lenguaje impuesto con efectos secundarios distorsionadores. Y sin duda esto es lo que toda persona conservadora desea: miembros profesos de grupos católicos que sean sanos y capaces tanto de vivir como de decir la verdad sin temor ni favoritismos.
Obediencia
La estructura canónica católica es jerárquica y se basa en la obediencia compartida. Sin embargo, una vez más, se crea un extraño «semi-mundo» en el que nadie puede decir con sinceridad la verdad sobre lo que sabe que es cierto —ya sea sobre sí mismo o sobre los demás— a sus superiores, por temor a que estos —que pueden estar o no comprometidos personalmente con la doctrina, pero que deben defenderla en público— decidan tomar medidas o exijan que ellos mismos actúen de una u otra forma. El resultado es precisamente ese tipo de arbitrariedad que hace imposible la veracidad genuina y, por tanto, la obediencia. De hecho, ¿cómo podría ser de otra manera cuando la «verdad apriorística» mantiene una relación tan extraña y oscilante con lo que las personas aprenden y saben que es la verdad sobre sí mismas y sobre los demás? ¿Por qué debería, y cómo podría, una persona gay o lesbiana honesta ser genuinamente obediente a alguien de quien sabe perfectamente que es un homófobo que se odia a sí mismo, alguien que ha hecho que la enseñanza de 1986 sirva para sus propias disfunciones, que es alérgico a la honestidad y recompensa a quienes siguen su juego? ¿Y cómo y por qué debería un superior u ordinario honesto, que sabe que la enseñanza de 1986 es inviable, verse obligado a defenderla en público, cuando sabe que solo distorsionará las conciencias de sus subordinados y que, a menudo, se utilizará para intentar manipularle a él, al superior o al ordinario, para que tome decisiones que sabe que son erróneas? Una vez más, para que la obediencia y el compartir la conciencia sean reales, es imprescindible un lenguaje común basado en la veracidad. Esta es otra razón más por la que las personas conservadoras deberían estar encantadas con las propuestas del Grupo 9 del Sínodo: nos animan a salir del mundo inestable de definiciones extrañas con malas consecuencias psicológicas, y a entrar en uno en el que podamos aprender, a partir de la experiencia compartida, lo que es realmente cierto. Esto puede vivirse entonces de una manera tan sencilla que el testimonio no resulte distorsionado. De hecho, de eso se trata: hacer posible un testimonio veraz.
La cola sin perro
Uno de los efectos de la «cola sin perro» —es decir, la forma en que la doctrina oficial de la Iglesia en este ámbito, hasta la publicación de Fiducia Supplicans, cerraba cualquier tipo de debate sobre cómo podrían ser las relaciones entre personas del mismo sexo que florecen, o cómo podrían ser bendecidas y celebradas— es revelar que la autoridad doctrinal de la Iglesia es patéticamente débil y no tiene nada útil que decir. En el mundo apriorístico que dio lugar a las declaraciones que hemos visto, se supone que una declaración monológica de una posición absoluta pone fin al debate. En un mundo que aprende de forma relacional e inductiva, una declaración monológica, una afirmación absoluta como la que se hizo en 1986 tiene el efecto relacional de no decir más que «Nosotros, el órgano que emite la declaración, somos incapaces de entablar un debate racional sobre este tema». Es una confesión de impotencia. Esto significa que, en la práctica, la «enseñanza» sobre cuestiones relacionadas con los homosexuales se convierte, con el tiempo, no en una enseñanza en absoluto, sino simplemente en una barrera que impide desarrollar una enseñanza, ya que esta solo podría surgir a través de la experiencia, el testimonio, el aprendizaje y el discernimiento a lo largo del tiempo. Y esa barrera contra el desarrollo de una doctrina acaba convirtiéndose en una forma de mantener al margen de la vida de la Iglesia a muchísimas personas que se sienten (y con razón) despreciadas, al tiempo que se admite a quienes aprenden a sobrevivir en un juego deshonesto.
Si eres conservador, seguramente esto te horroriza, porque ves perfectamente que conduce a un fracaso de facto de la catolicidad. Tiene mucho más sentido compartir una Iglesia con personas que quieren aportar sus dones tal y como son, que son mucho menos propensas a llevar complicadas vidas dobles y furtivas, que aquellas que están atadas a las oscilaciones inestables de significado que ofrece el statu quo. ¿Qué podría ser mejor, entonces, que un proceso de aprendizaje mediante el cual descubramos, juntos, quiénes somos y cómo encajamos en la vida de nuestra Iglesia; cuáles son las formas de plenitud que nos son propias; y cómo, y de qué maneras, ¿podrían diferir de las de la mayoría heterosexual? No se trata de una cuestión de ética sexual: se trata de una antropología teológica del aprendizaje: la complejidad de la humanidad agraciada, de la que se puede hablar, y sus procesos de aprendizaje. ¿Y qué podría ser más católico que eso?
Por supuesto, el cambio de paradigma que describió el Grupo de Estudio 9 se está produciendo, lo queramos o no. En este contexto, la cuestión de «cómo convertirnos en portadores de la verdad católica dentro de este universo de significado diferente» va a ser un tema que requerirá paciencia y delicadeza. La Gaudium et Spes, n.º 36, enseñó con autoridad que:
§ 36 …Si por autonomía de las cosas terrenales entendemos que las cosas creadas y las propias sociedades gozan de sus propias leyes y valores, que deben ser gradualmente descifrados, aprovechados y regulados por los hombres, entonces es totalmente legítimo exigir esa autonomía. Esto no solo lo exige el hombre moderno, sino que también está en armonía con la voluntad del Creador. Pues, por el mero hecho de haber sido creadas, todas las cosas están dotadas de su propia estabilidad, verdad, bondad, leyes propias y orden. El hombre debe respetarlas a medida que las descubre mediante los métodos propios de las distintas ciencias o artes. Por lo tanto, si la investigación metódica en cada rama del saber se lleva a cabo de manera genuinamente científica y de acuerdo con las normas morales, nunca entra en verdadero conflicto con la fe, pues las cuestiones terrenales y las de la fe proceden del mismo Dios…
Me alegró mucho que el papa León citara esto con esmero en Magnifica Humanitas, § 20[14] , y añadiera a continuación:
Esta afirmación muestra que la creación lleva la huella de una bondad original que nuestra visión humana debe preservar, cultivar y llevar a su plenitud. En este sentido, la Iglesia se ofrece de tal manera que ayuda a interpretar la realidad en toda su profundidad. Apoya con humilde firmeza las decisiones[15] que promueven la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades y el bien de todos.
Sospecho que esta humilde firmeza a la hora de respaldar las opciones por una vida transparente y de ayudarnos a interpretar la realidad que nos es propia nos mostrará cómo podemos salir de los callejones sin salida que nos legaron los patrones de pensamiento subyacentes a la Humanae Vitae, del mismo modo que la Gaudium et Spes, n.º 36, ya nos empujaba, hace unos 60 años, hacia una metodología más inductiva.
Gracias por acompañarme en esta reflexión.
Su hermano,
James
[2] Homosexualitatis Problema, véase el apartado 3.2
[3] Un testigo que asistió a una reunión de emergencia de los obispos canadienses para debatir el documento antes de su publicación en noviembre de 1986 me contó cómo, al tratarse de una conferencia bilingüe, habían solicitado a la CDF que les enviara la versión francesa del documento para facilitar su comprensión. Al comunicárseles que aún no existía una versión en francés, solicitaron el original en latín con el mismo fin. Se les respondió que no existía ningún original en latín, por lo que dedujeron que el documento se había elaborado en EE. UU.
[4] Un documento de la CDF de 1992 que abordaba cuestiones relacionadas con la homosexualidad y el empleo en la época de las elecciones entre Bush padre, Perot y Clinton lo deja bastante claro: «Algunas consideraciones sobre la respuesta a las propuestas legislativas relativas a la no discriminación de las personas homosexuales».
[5] Cf. Romanos 2, 1
[6] Cf. Romanos 2, 5
[7] Utilizo el término «apriorístico» en lugar de «ley natural», ya que lo que se cuestiona es una variante concreta de la lógica de la ley natural, y no la ley natural en sí misma, a la que valoro enormemente.
[8] La Conferencia Episcopal Latinoamericana, con sede en Bogotá.
[9] Instrucción sobre los criterios para el discernimiento vocacional de las personas con tendencias homosexuales con vistas a su admisión en el seminario y a las órdenes sagradas
[10] A diferencia de lo que se dijo sobre Anatrella, he conocido a varios antiguos pacientes o clientes de Nicolosi que me han contado que era un hombre amable y gentil, y que, incluso después de que le dijeran que seguían adelante con sus vidas —al no haber experimentado ningún cambio en su deseo, o al haberse enamorado y haber encontrado la felicidad—, él no se enfadó ni los juzgó.
[11] En una ciudad australiana a la que me habían invitado a dar unas charlas en 2010, el obispo local, para mi sorpresa, me recibió con mucha amabilidad. Me advirtió de que había un «cazador de herejías» antigay de ese tipo en la zona que podría intentar atacarme públicamente durante mi visita, pero que, si lo hacía, no debía preocuparme «porque sé exactamente cuál es su lugar favorito para ligar».
[12] North American College (el seminario que la USCCB mantiene en Roma para formar a sus seminaristas «de élite»)
[13] Como sería obviamente el caso en un matrimonio en el que una de las partes hubiera estado manipulando psicológicamente a la otra desde antes de que se intercambiaran los votos.
[14] Él solo cita la primera frase, pero he incluido el resto del párrafo por lo que deja claro.
[15] “choices” – opciones – en el original en inglés
