Carta abierta de una víctima de abusos sexuales
Como víctima de abusos sexuales sufridos en el ámbito de la Iglesia católica, quiero expresar públicamente mi profundo malestar ante la forma en que se está gestionando el encuentro del Santo Padre con víctimas durante su visita a España.
Quiero dejar claro, antes de nada, que valoro positivamente que el Papa reciba a víctimas. Cualquier encuentro real de escucha, reconocimiento y reparación es importante. Y no tengo nada que reprochar a las víctimas que puedan ser recibidas. Ellas también merecen ser escuchadas, respetadas y acompañadas.
Mi crítica no va dirigida contra ninguna víctima. Mi crítica va dirigida a la forma en que la Iglesia, la Nunciatura Apostólica, la Conferencia Episcopal y quienes están organizando este encuentro están gestionando algo tan delicado: con silencio, falta de transparencia y dejando fuera a muchas víctimas sin dar explicación.
Según se está publicando, el encuentro no parece planteado como una reunión abierta y representativa del conjunto de víctimas de abusos en la Iglesia en España, sino como un encuentro organizado desde instancias eclesiales y previsiblemente limitado a víctimas vinculadas a un ámbito concreto. Si esto es así, me parece profundamente injusto.
Hace días envié a la Nunciatura Apostólica en España una solicitud formal de audiencia privada con el Santo Padre. Envié también una carta dirigida al Papa explicando mi caso, mi condición de víctima, mi recorrido y el valor reparador que tendría para mí un encuentro breve, privado y humano. Al comprobar que no había recibido respuesta, volví a escribir reiterando mi solicitud, especialmente después de conocerse que finalmente el Papa sí se reuniría con víctimas.
A día de hoy, no he recibido ni una contestación.
No pido privilegios. No pido una fotografía. No pido protagonismo. Pido algo mucho más básico: que una víctima que se dirige respetuosamente a la institución que representa a la Santa Sede en España reciba, como mínimo, una respuesta.
Me parece muy grave que, después de décadas de silencio, muchas víctimas sigamos encontrándonos con el mismo muro: correos que no se responden, solicitudes que no se explican, decisiones tomadas sin transparencia y víctimas seleccionadas sin que sepamos con qué criterios
Me parece muy grave que, después de décadas de silencio, muchas víctimas sigamos encontrándonos con el mismo muro: correos que no se responden, solicitudes que no se explican, decisiones tomadas sin transparencia y víctimas seleccionadas sin que sepamos con qué criterios.
Respeto profundamente a las asociaciones de víctimas y también a los proyectos de atención que hayan podido acompañar a algunas personas. Hay víctimas que han encontrado apoyo en asociaciones, plataformas o espacios eclesiales de escucha. Todas merecen respeto.
Pero no todas las víctimas pertenecemos a una asociación ni hemos pasado por los mismos canales. Algunas hemos hecho este camino solas, sin estructura detrás, sin portavoz, sin respaldo organizado y pagando un precio personal enorme. Haber luchado de forma independiente no nos convierte en víctimas de segunda. Nuestro dolor también existe. Nuestro proceso también es válido. Nuestra voz también debe ser escuchada.
Por eso me parece injusto que, si finalmente el Papa va a recibir a víctimas, no se tenga en cuenta también a quienes no estamos integrados en una asociación, en una plataforma concreta o en un proyecto eclesial determinado. La reparación no puede depender de pertenecer a un grupo concreto ni de encajar en una selección hecha sin transparencia.
Lo que está ocurriendo vuelve a generar una sensación muy dolorosa: que la Iglesia escucha a algunas víctimas, pero deja fuera a otras; que administra la escucha; que decide quién puede ser recibido y quién ni siquiera merece una respuesta
Lo que está ocurriendo vuelve a generar una sensación muy dolorosa: que la Iglesia escucha a algunas víctimas, pero deja fuera a otras; que administra la escucha; que decide quién puede ser recibido y quién ni siquiera merece una respuesta. Para quienes hemos sufrido abusos, silencio y abandono institucional, esto no es un simple problema de agenda. Es una nueva forma de revictimización.
La Nunciatura Apostólica no es una oficina cualquiera. Representa a la Santa Sede en España. Por eso, su silencio ante una víctima que pide ser escuchada no es un detalle menor. Es un mensaje. Y ese mensaje duele.
Si la Iglesia quiere hablar de reparación, de escucha y de verdad, debe empezar por algo tan básico como responder a las víctimas. Incluso para decir que no. Incluso para explicar que no hay posibilidad. Pero ignorar una solicitud de este tipo es una falta de respeto
Si la Iglesia quiere hablar de reparación, de escucha y de verdad, debe empezar por algo tan básico como responder a las víctimas. Incluso para decir que no. Incluso para explicar que no hay posibilidad. Pero ignorar una solicitud de este tipo es una falta de respeto hacia la persona que la presenta y hacia todas las víctimas que durante años hemos tenido que luchar para que se nos creyera, se nos escuchara y se nos reconociera.
Mi petición sigue siendo la misma: que el Santo Padre pueda escuchar también a víctimas que hemos recorrido este camino de forma independiente. No para excluir a nadie, sino precisamente para que nadie quede fuera.
Las víctimas no somos expedientes, ni cuotas, ni perfiles cómodos o incómodos. Somos personas. Y detrás de cada caso hay una vida marcada por el abuso, el silencio, la pérdida de oportunidades, el sufrimiento y la necesidad de reparación.
Si de verdad se quiere escuchar a las víctimas, hay que escucharlas en plural. A las que han pasado por asociaciones, a las que han sido atendidas por proyectos eclesiales y también a las que hemos caminado solas. A las visibles y a las invisibles. A las que tienen portavoz y a las que no
Si de verdad se quiere escuchar a las víctimas, hay que escucharlas en plural. A las que han pasado por asociaciones, a las que han sido atendidas por proyectos eclesiales y también a las que hemos caminado solas. A las visibles y a las invisibles. A las que tienen portavoz y a las que no.
Porque una Iglesia que dice querer reparar no puede empezar dejando sin respuesta a quienes todavía seguimos pidiendo ser escuchados.
Una víctima de abusos sexuales en el ámbito de la Iglesia católica
