Una casa para Maricarmen, una casa para cada ser humano: "A mí me lo hicisteis"
Lo espiritual: la casa como lugar de vida
En la tradición bíblica, la palabra casa tiene un significado mucho más profundo que vivienda.
Casa es familia.
Casa es refugio.
Casa es pertenencia.
Casa es el lugar donde una persona puede decir: «Aquí soy yo».
Por eso la Biblia está llena de personas que buscan una casa, extranjeros que buscan acogida, viudas que necesitan protección, pobres que necesitan un lugar donde vivir.
Y hay una frase de Jesús que adquiere una resonancia especial:
«En la casa de mi Padre hay muchas moradas».
Juan 14,2.
Es una imagen potentísima: Dios como casa que no expulsa a nadie.
Y aquí aparece la dimensión mística
Desde una mirada mística podríamos formular una pregunta todavía más radical:
¿Qué ocurre cuando expulsamos a alguien de su casa?
No solamente le quitamos un inmueble.
Si creemos que cada ser humano lleva en sí una presencia de Dios, expulsar al vulnerable de su lugar de vida toca también nuestra relación con lo sagrado.
Jesús lo expresa de una manera estremecedora en Mateo 25:
«Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me acogisteis…»
No dice: me ayudasteis porque os sobraba.
Dice:
«A mí me lo hicisteis».
Ahí desaparece la frontera entre espiritualidad y justicia social.
Y quizá Maricarmen nos esté enseñando algo
Una mujer de 87 años, después de ser expulsada de su casa, podría haber dicho solamente:
«Quiero recuperar mi vivienda».
Pero dice algo más:
«Quiero que los demás aprendan a luchar por la suya».
Eso es una transformación espiritual de la experiencia del sufrimiento: convertir la herida propia en cuidado de los demás.
Y eso tiene mucho de místico.
Porque la mística cristiana, en su expresión más profunda, no consiste en escapar del mundo para encontrarse con Dios.
Consiste en descubrir a Dios dentro del mundo y, especialmente, dentro de quienes sufren.
Por eso podríamos decir:
Una casa para Maricarmen.
Una casa para cada ser humano.
Y una Iglesia que no sea una casa con puertas que excluyen, sino una casa donde nadie sobre.
Esa última idea enlaza muchísimo con las reflexiones que hemos trabajado sobre «Nadie sobra»: una espiritualidad en la que Dios no expulsa, no clasifica y no deja a nadie fuera.
«Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la convertís en cueva de ladrones».
Tocando terreno sagrado, cometiendo, sacrilegio.