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Para el profesor Ricard Mejía Fernández, docente de Lógica y Teoría del Conocimiento en la Facultad de Filosofía del Ateneo Sant Pacià, Magnifica Humanitas es una encíclica social, histórica y valiente, que afronta la IA no desde el miedo a la técnica, sino desde la defensa radical de la dignidad humana, la fragilidad, el límite, la comunidad y el bien común. Desde su especialización filosófica en fenomenología, transhumanismo e Inteligencia Artificial insiste en que la encíclica del papa León XIV marca un hito en la reflexión sobre la IA a nivel mundial.
Mejía la considera una aportación “totalmente nueva” porque sitúa la IA en el centro de una encíclica social. La compara en importancia histórica con Rerum Novarum:así como León XIII respondió a la revolución industrial, ahora León XIV responde a la revolución digital.
Según el profesor mallorquín, Francisco hablaba de “cambio de época”, mientras que León XIV habla de revolución digital. Para él, esto es más fuerte: indica un cambio radical, disruptivo y brusco de la historia. Un momento nuevo que exige un cambio de perspectiva.
Subrayó que el Papa entiende que la IA no es un asunto secundario ni meramente técnico. La Iglesia debe entrar en este campo como espacio de evangelización, discernimiento, ética pública y defensa de la persona.
La encíclica denuncia que la técnica no es neutral y que puede convertirse en poder de dominio. La cuestión no es rechazar la tecnología, sino impedir que gobierne lo humano. En una publicación suya recoge la fórmula: “desarmar la IA” no significa renunciar a ella, sino evitar su dominio sobre la persona.
El profesor de Sant Pacià insiste en que León XIV no condena indiscriminadamente la IA ni todo transhumanismo. Su crítica va dirigida a las narrativas de fondo: las visiones reduccionistas, posthumanistas o eugenésicas que pretenden superar lo humano eliminando fragilidad, cuerpo, límite y dependencia.
Para Mejía, una IA que quiera acercarse a la inteligencia humana debe tener en cuenta el cuerpo. No se piensa desde una mente abstracta, sino desde una existencia corporal. Destaca tres dimensiones olvidadas por la IA clásica: cuerpo, situación e intenciones/necesidades humanas. Por ello propone otros nombres como razón computacional o capacidades cognitivas digitales.
En su lectura del Magnifica Humanitas resalta el capítulo cinco sobre “La cultura del poder y la civilización del amor”. Destaca como propone una gobernanza mundial de la inteligencia artificial basada en el multilateralismo, la cooperación entre Estados y la creación de marcos internacionales vinculantes que protejan la dignidad humana. Podría decirse que el Papa propone un «Pacto Internacional por la Custodia Humana de la Inteligencia Artificial», que abarque la egulación internacional de la IA, el fortalecimiento del multilateralismo, la prohibición o limitación de usos bélicos y de control social, la protección de los pueblos más vulnerables, para evitar nuevas formas de colonialismo digital y concentración del poder tecnológico y la participación de todos los pueblos en la gobernanza tecnológica.
Para Peio Sánchez, rector del Hospital de Campaña y profesor de Antropología Teológica la pregunta central de Magnifica Humanitas no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de humanidad queremos construir con ella. La respuesta cristiana propone una tecnología orientada al bien común, al cuidado de los más vulnerables y a la construcción de una auténtica civilización del amor.
Señaló estas claves complementarias:
Magnifica Humanitas presenta nuestro tiempo como un auténtico cambio de época. La revolución digital y la inteligencia artificial sitúan a la humanidad ante una elección decisiva: construir una nueva Babel basada en el poder, el control y la autosuficiencia, o edificar una nueva Jerusalén fundada en la comunión, la fraternidad y la dignidad de toda persona. El criterio fundamental es la vocación humana a la comunión con Dios y con los demás.
No aparece como un conjunto de normas cerradas, sino como una «teología de la comunión en la historia». Desde ella se reinterpretan los grandes principios sociales: bien común universal, destino universal de los bienes, incluidos los datos y tecnologías, subsidiariedad desde abajo, solidaridad y justicia social como criterios decisivos para evaluar la IA es la situación de los pobres y de las víctimas.
La encíclica denuncia un modelo cultural que identifica el progreso con el dominio técnico, la eliminación de la fragilidad y el control absoluto. Este paradigma favorece: la concentración del poder tecnológico, la exclusión automatizada, la colonización digital, la explotación de datos personales y colectivos y la subordinación de la persona a la lógica de la eficiencia. Denuncia que la tecnología deja de ser instrumento y corre el riesgo de convertirse en criterio supremo de organización social.
La transformación tecnológica genera nuevas formas de exclusión: la brecha digital el desempleo y precarización laboral, la invisibilización de quienes no tienen voz, la vigilancia masiva y control algorítmico, la dependencia digital y economía de la atención, las nuevas formas de esclavitud vinculadas a la extracción de datos y recursos. Para el Papa las víctimas aparecen como el lugar privilegiado para juzgar ética y políticamente el desarrollo tecnológico.
El núcleo de la respuesta cristiana es la Encarnación. En Jesucristo, Dios asume una carne pobre y vulnerable y confirma que toda vida humana posee una dignidad que no depende de capacidades, productividad, riqueza o utilidad social. Ninguna persona puede ser reducida a dato, algoritmo, mercancía o residuo. Los pobres y excluidos revelan el verdadero rostro de la humanidad querida por Dios.
La IA suele promover ideales de optimización y superación de los límites humanos. Frente a ello, la Cruz recuerda que la vulnerabilidad no es un defecto sino una dimensión constitutiva de la condición humana. Los cuerpos heridos, los ancianos, los enfermos, los pobres y las víctimas poseen una dignidad que ninguna tecnología puede otorgar ni quitar. La verdadera humanidad se manifiesta en la capacidad de amar, cuidar y construir fraternidad.
La encíclica propone el modelo de Nehemías y la reconstrucción de Jerusalén como alternativa a Babel. La civilización del amor supone la escucha el sufrimiento de las víctimas, la oración para el discernimiento y acción, la reconstrucción de los vínculos y la comunidad, la conversión de la diversidad en comunión, la promoción de la corresponsabilidad social. Todo ello situando a Dios en el horizonte, el hombre en el centro y la mirada en las víctimas
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Como en la parábola, no importa tanto el «no» inicial, sino el paso firme que finalmente damos hacia la viña.
El "no" que fue "si"... en la viña como colaboradores