Pascua: oportunidad irrepetible de redescubrir la presencia resucitada de Dios
"Esta Pascua es nueva, por estrenar. Además, este año la Pascua terminará en una celebración especial para nuestra Iglesia: acogeremos la visita del Papa León, que llega para llamar a la fraternidad, fortalecernos en la fe, para alentar la vida de nuestras comunidades y para renovar nuestro compromiso misionero de ser rostro de Cristo misericordioso para nuestro mundo"
Es Pascua, un tiempo nuevo y renovado. La Cuaresma nos ha preparado para descubrir la llamada resucitada de Dios. Hemos dado pasos en el camino de ser discípulos que peregrinan tras el único Maestro. Una oportunidad para poner los ojos en Dios y buscarle más, descubrirle más, escucharle más e intentar reencauzar nuestra vida y la de nuestras comunidades hacia su Misterio de Vida Eterna y Resucitada, atravesando los calvarios de nuestro mundo.
Redescubrir su presencia resucitada
Entre los ruidos de nuestro tiempo, entre tantas preocupaciones y ofertas que nos despistan, nos ocupan y nos preocupan; entre la violencia en la que vivimos que nos lleva a clamar al cielo al ver tanto dolor a nuestro alrededor, se nos presenta un nuevo tiempo de Pascua donde aprendemos a celebrar lo esencial: el hoy de Dios.Tendremos la oportunidad irrepetible de redescubrir su presencia resucitada y su voz aquí, en ti, en nuestras comunidades y en medio de nuestro mundo herido y confuso, pero preñado de su presencia vivificadora y esperanzadora, que nos conecta con su misterio vivo y actuante.
Esta Pascua es nueva, por estrenar. Además, este año la Pascua terminará en una celebración especial para nuestra Iglesia: acogeremos la visita del Papa León, que llega para llamar a la fraternidad, fortalecernos en la fe, para alentar la vida de nuestras comunidades y para renovar nuestro compromiso misionero de ser rostro de Cristo misericordioso para nuestro mundo.
Un tiempo para renovar y ahondar en la experiencia bautismal, para dar nuevos pasos en el milagro que, por medio del Espíritu Santo, nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor. Una llamada a “revestirnos de Cristo” (Gal 3,27), que nos inserta en una nueva creación que transforma toda nuestra existencia y nos hace nuevos.
Volver a escuchar la voz del Padre
Necesitamos volver a escuchar la voz del Padre con asiduidad en la comunidad y en el silencio de la oración.La Palabra de Dios es alimento para orar y para profundizar en nuestra identidad. Es una voz viva querenueva la fortaleza del Bautismo al volver a escuchar esa voz. Y es que cuando nos alejamos de la Palabra, la fe se enfría, la esperanza se reduce, la caridad se vuelve frágil.
Somos llamados a contemplar las llagas del Resucitado, que la Resurrección transfigura y pone bajo la mirada de los discípulos. Llagas que no son recuerdo del fracaso, sino medicina para nuestra incredulidad, recuerdo de que el camino hacia Él sigue pasando por las heridas del mundo, que hay un vínculo profundo entre Resurrección y caridad, que el Resucitado nos abre los ojos para reconocer sus llagas hoy en los que sufren.
Cada vez que tocamos una herida humana con amor, estamos tocando las llagas gloriosas de Cristo.
Cada vez que tocamos una herida humana con amor, estamos tocando las llagas gloriosas de Cristo
En la Vigilia Pascual renovamos nuestra conversión bautismal, proclamamos la fe y revivimos el compromiso de testimoniarla con sinceridad y gozo. Una oportunidad para dejar que la fuerza de la Pascua florezca renovando nuestras comunidades, que profesan: “Verdaderamente ha resucitado”. Una profesión que supone ahondar en la primera confesión que se hace en el Bautismo. Esa fuerza es la que nos une y nos lanza a crear vínculos nuevos, comprometidos y renovados con la Resurrección.
La Resurrección es un don, pero también es una tarea. Precisa estar dispuestos a “ir a Galilea” junto a los hermanos, a creer en las palabras de los testigos… en definitiva, hacer un ejercicio de salida con otros. Un momento para ir configurando cada comunidad cristiana y, así, hacerla comunidad eclesial
Configurar la comunidad eclesial
La Resurrección es un don, pero también es una tarea. Precisa estar dispuestos a “ir a Galilea” junto a los hermanos, a creer en las palabras de los testigos… en definitiva, hacer un ejercicio de salida con otros. Un momento para ir configurando cada comunidad cristiana y, así, hacerla comunidad eclesial. La Pascua se ve cuando aparece la comunidad, cuando nuestras comunidades dejan de ser simplemente “grupos humanos” y se abren a la novedad del Espíritu por medio de la fraternidad.
La Pascua no crea asociaciones cerradas ni espacios autorreferenciales, no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos vincula a toda la Iglesia y nos integra en una misión más grande que nuestros propios proyectos. La Resurrección se hace visible cuando una comunidad se sabe parte de un Cuerpo, cuando vive en comunión con las demás y cuando asume con alegría el envío. Se necesitan comunidades que transparenten la fraternidad que Dios trae a nuestro mundo y desde la que sigue ofreciendo, como savia nueva, su presencia viva en medio de la historia.
Necesitamos comunidades que, al ritmo de toda la Iglesia, sepan señalar al Resucitado en medio de tantas dificultades y oscuridades. Comunidades que no oculten las llagas del Resucitado, sino que las reconozcan y las abracen. Comunidades que, desde la caridad, la acogida y el cuidado, se pongan en camino hacia cada sepulcro humano: hacia quienes viven descartados, hacia quienes han visto velada su dignidad, hacia aquellos cuya voz apenas es escuchada. Allí, en esa cercanía concreta, la Pascua deja de ser palabra y se convierte en gesto, en signo creíble del Resucitado.
Paz tejida por la reconciliación
Somos llamados a hacer posible que, por medio nuestro, todos escuchen la voz del Resucitado: “Paz a vosotros”. Es la paz de saber que el sepulcro está vacío porque la vida ha vencido. Es la paz de tocar las heridas y descubrir que ya no dominan. Es la paz de comprender que el perdón ha sido más fuerte que la venganza y el amor más fuerte que la muerte.
Una paz que se teje mediante la reconciliación, que se convierte en misión en medio de conflictos, violencias y polarizaciones. La paz no elimina la diferencia: busca caminos de reconciliación y de no violencia para afrontarla. La Pascua nos coloca en nuevos caminos para afrontar las violencias de nuestro mundo y las que se anclan en el interior de nuestras comunidades. Son caminos que solo se pueden entender si hemos contemplado la Cruz y la Pasión.
La paz empieza aquí. Empieza en nuestras comunidades. Empieza cuando aprendemos a dialogar, a perdonar, a cuidar la unidad
La paz empieza aquí. Empieza en nuestras comunidades. Empieza cuando aprendemos a dialogar, a perdonar, a cuidar la unidad. Si nuestro mundo necesita conocer al Resucitado, tendrá que ver en nosotros que somos capaces de anunciar y construir la paz. Porque allí donde esto se siembre, allí está actuando el Resucitado. Y entonces su palabra no será solo un saludo litúrgico, sino una realidad viva en nosotros.
¡Feliz Pascua hermanos y hermanas!
