Cuando creemos que los límites no nos alcanzan

"Cuando el otro desaparece de nuestro horizonte mental, la relación se vacía, la conciencia se adormece y hasta el fervor puede volverse compatible con prácticas que contradicen el Evangelio"

Deshumanización del mundo capitalista
Deshumanización del mundo capitalista
Por María Noel Firpo, psicóloga. Instagram: @psicomarianoel
20 ene 2026 - 19:49

Existen formas de poder que no se presentan como caos ni violencia abierta, sino como un orden eficaz que parece inevitable. Se expresan en sistemas articulados, discursos persuasivos y lógicas que se autojustifican. Cuando el dominio se disfraza de normalidad, deja de percibirse como violento, y eso lo vuelve más peligroso.

Este fenómeno no se limita a estructuras políticas o económicas. También atraviesa los espacios eclesiales, porque nace de nuestras dinámicas interpersonales, de lo que habita en nuestro corazón y de cómo entendemos la autoridad, la obediencia y el cuidado. Lo vemos, por ejemplo, en formas de liderazgo muy jerárquico: cuando el deseo sincero de “hacer la voluntad de Dios” se concentra excesivamente en quienes tienen autoridad, la “obediencia” puede pesar más que el discernimiento personal, y el seguimiento se confunde con adhesión acrítica a la voluntad de otro.

A nivel macro vemos cómo los sistemas se sostienen aun cuando dañan, parece imposible pararlos y nos dejan a la mayoría, a merced de la voluntad de unos pocos; a nivel micro vemos lo mismo en nuestras relaciones cotidianas. Si bien creo que se está avanzando,  en la Iglesia, este patrón puede volverse especialmente delicado porque se reviste de lenguaje “sagrado”. Cuando el poder se espiritualiza sin ser purificado, el riesgo de abuso —de conciencia, de autoridad o de confianza— se multiplica.

A veces me pregunto si hemos avanzado a nivel humano, porque esta lógica convierte la vida en mercancía: afectos, cuerpos, tiempos, promesas, que se pasan por encima, se pisotean. Cuando el otro desaparece de nuestro horizonte mental, la relación se vacía, la conciencia se adormece y hasta el fervor puede volverse compatible con prácticas que contradicen el Evangelio.

No invadimos con ejércitos, sino con presión, manipulación o silencios que aplastan; no escuchamos para comprender, sino que insistimos hasta que el otro ceda, y sino le falta fe, “desobedece”, no sigue la “voluntad de dios”. Los límites dejan de proteger el vínculo y comienzan a parecernos incómodos. ¿Qué sucede cuando confundimos libertad con ausencia de responsabilidad hacia el otro? La fuerza -de la índole que sea- sustituye al encuentro; la imagen reemplaza al cuidado; el poder ocupa el lugar de la relación.

Los abusos surgen donde se tolera el traspaso de límites. Donde se minimiza el daño, se relativiza el sufrimiento del más vulnerable o se protege más la institución que a las personas. La pregunta sería ¿qué mirada sobre el otro hemos permitido que se normalice?

La tradición cristiana nos confronta con una lógica completamente distinta —y profundamente contracultural—: la grandeza no está en imponerse, sino en hacerse cargo del otro. Jesús no conquista aplastando; crea comunión acercándose. No rompe pactos; los lleva a plenitud. Y el crecimiento espiritual pasa por aprender a amar mejor. Ese amar mejor exige límites —no para encerrarnos, sino para proteger la relación— y exige fidelidad —no como carga, sino como manera de cuidar lo que hemos construido con otros.

Quizás como cristianos nos tendríamos que preguntar:

  • ¿cuándo yo también me salto los límites porque creo que me lo merezco?
  • ¿Dónde traiciono mi palabra?
  • ¿Dónde uso al otro sin mirarlo realmente?
  • ¿Dónde justifico mi falta de fidelidad con mi propio dolor o conveniencia?Y, como comunidad: ¿qué estructuras, lenguajes o prácticas hacen más probable que los límites se diluyan?

Mientras normalicemos determinados comportamientos, o hagamos la “vista gorda”, seguiremos reproduciendo ese mismo patrón. El desafío de nuestro tiempo no es solo frenar a quienes arrasan con los límites, sino reeducar nuestro corazón para que el otro vuelva a importar, la palabra vuelva a pesar y la fidelidad a un compromiso asumido vuelva a ser posible.

“El drama de la deshumanización”
“El drama de la deshumanización”

Porque la fidelidad no es romanticismo ni ingenuidad: es la decisión madura de sostener la palabra dada, incluso cuando ya no me resulta cómoda. Es aceptar que no todo gira alrededor de mi interés inmediato. Es reconocer que hay algo más grande que mi impulso del momento: la dignidad del otro.

En el fondo, cuando me creo por encima, estoy borrando al otro como persona. Y eso es peligroso. El abuso del orden que sea, se vuelve posible precisamente cuando alguien se instala en la ilusión de ser el “ombligo del mundo”, cuando cree que todo debe girar a su alrededor y que los demás tienen que ajustarse a su voluntad. Todos corremos ese riesgo en distinta medida.

Y ¿no es ahí donde empezamos a deshumanizarnos, cuando el otro deja de ser un rostro y se convierte solo en un medio para mis fines? Es no tiene nada que ver con el Evangelio ni con lo que significa ser verdaderamente cristianos. Le tendríamos que dar una vuelta.

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